Allegra Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

Los días siguientes estuvieron repletos de reuniones, almuerzos, visitas a museos, cenas y una obra de teatro que hizo las delicias de ambos.

Allegra tenía la sensación de estar de luna de miel más que en un viaje de trabajo, pero no le dijo nada a Henry.

Consideraba inapropiado mencionarlo. Se sentía muy agasajada.

Además, había visto todos los lugares que figuraban en la lista de visitas turísticas de su jefe.

Después de haberse mostrado tan reacia a acompañarlo, ahora le daba rabia que el viaje tocara a su fin.

Había conocido otra faceta de Henry, una faceta más relajada.

Que hablara más abiertamente de su infancia y sus padres, su matrimonio y sus hijos estrechó el vínculo entre ellos.

Él ya lo sabía todo de Allegra, y, una noche, durante la cena, ella por fin le habló de Shep.

Henry la compadeció: había sufrido otro abandono innecesario.

Pero ella lo relató con calma. Habían pasado quince meses desde que Shep la abandonó, y ya se veía capaz de verbalizarlo.

Ese era el motivo por el que no había tenido interés en salir con nadie desde su llegada a Los Ángeles.

No estaba preparada, y tampoco podía afrontar otra decepción, de ahí que se hubiera volcado en el trabajo.

Henry comentó que sintió lo mismo cuando se divorció.

Mostró una profunda empatía hacia Shep y se hizo cargo de lo demoledor que había sido el revés.

El último día que pasó en Londres, Allegra se enfrentó a un dilema.

Estaba sentada en su habitación en un rato de asueto, sopesando qué hacer antes de reunirse con Henry para almorzar y ocuparse de los recados de última hora.

Se encontraba en la tesitura de si llamar o no a su madre.

La idea la había estado reconcomiendo por dentro desde su llegada.

En un principio no lo tenía en mente, pero cada día se planteó si debía hacerlo, si sería diferente, si estaría mal o sería un de­saire marcharse sin telefonearla.

Pese a que no le debía nada a su madre, en algún lugar de su corazón abrigaba la esperanza de que algo hubiera cambiado y existiera algún vínculo entre ellas para el que Isabelle no estaba preparada en su momento, y tal vez ahora sí.

Además, Allegra había madurado. Se negaba a tener miedo de un fantasma, que era lo que su madre había sido en su vida hasta entonces.

Finalmente, diciéndose que no tenía nada que perder y que su madre ya no podía hacerle daño, decidió llamarla.

Contuvo la respiración y marcó el número.

Una voz femenina respondió y le pidió a Allegra que esperara un momento.

Isabelle tardó más de la cuenta en ponerse al teléfono. Parecía titubeante y cautelosa.

—¿Ocurre algo, Allegra? —le preguntó Isabelle con frialdad.

—No, qué va. Es que estoy en Londres por trabajo, y se me ha ocurrido llamar para saludarte.

Resultaba patético que necesitase un pretexto, pero así era la relación que tenían. Isabelle pareció aliviada de inmediato. Temía que Allegra quisiera algo.

—Qué detalle por tu parte —dijo en el tono que habría empleado con un conocido cualquiera.

Allegra se había convertido en la hija que sencillamente rehusaba desaparecer por completo y aparecía cada tantos años, por casualidad, tanto si se esperaban sus noticias como si no. E Isabelle no las esperaba.

—Me voy de viaje mañana, estoy superagobiada. ¿Qué tipo de trabajo te ha traído a Londres?

—Soy la ayudante personal de un compositor. Ahora vivo en Los Ángeles. Él trabaja en el mundo del cine.

Allegra quería que pareciese importante, y Henry lo era, aunque le fastidió seguir pretendiendo impresionar a su madre, como si eso fuese a cambiar las tornas. No era el caso. Tenía presente ya que ella no era suficiente, y nunca lo había sido.

—Qué bien —contestó Isabelle con indiferencia—. Siento mucho estar tan liada hoy. Que tengas una estancia divina.

—También me marcho mañana. Nos vamos a París. Que tengas buen viaje —le dijo a su madre en un tono más frío.

El mensaje de Isabelle era claro: «Lárgate. Por el amor de Dios, desaparece de una vez por todas».

—Igualmente —dijo.

Cuando colgaron, Allegra se quedó mirando el teléfono, preguntándose por qué la había llamado, aunque en el fondo lo sabía: porque anhelaba que Isabelle la quisiera, pese a que nunca lo había hecho, seguía sin hacerlo y jamás lo haría.

Allegra se sintió como una tonta. Pero peor se habría sentido de no haberlo hecho.

De pronto, allí sentada, por fin cayó en la cuenta de que no hacía falta que la llamara nunca más.

No había nada que decir ni esperar. La niña pequeña aferrada a George, el osito de peluche, había crecido y ya no necesitaba a su madre.

Iba sonriendo cuando se reunió con Henry en el vestíbulo para salir a almorzar.

—He llamado a mi madre —dijo en voz baja una vez en el coche.

Él torció el gesto, temiendo que Allegra hubiera sufrido otro desprecio y alguna forma de rechazo.

—¿Cómo ha ido?

—Un chasco. Estaba ocupada. Yo también. Ya no la necesito —dijo con un suspiro—. Y, aunque parezca increíble, me da igual. No creo que vuelva a llamarla en la vida —añadió, mirando por la ventanilla, mientras Henry la observaba aliviado al ver que se encontraba bien.

Allegra tenía el semblante risueño y la sensación de libertad se reflejaba en su rostro. Por fin se había liberado de su madre. Definitivamente, se acabó.