Allegra Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

La llevó a Rules, según él el restaurante más antiguo de Londres, y, a continuación, la despachó en un coche para que viera los lugares de interés e hiciera algunas compras en condiciones inmejorables. Aunque él iba a quedarse trabajando en el hotel, dijo que no la necesitaba.

—Y esta noche iremos a cenar al Harry’s Bar. Soy miembro del club. Deberías ponerte algo un pelín elegante.

Se quedó pasmada con la invitación. Hasta la fecha nunca la había invitado a un restaurante, y con esta eran dos invitaciones en un mismo día.

—¿Estás seguro? —dijo un tanto indecisa—. ¿No tienes amigos a los que te apetezca ver? —le preguntó.

—La verdad es que no. Me gustaría que lo pasaras bien en Londres —señaló con una sonrisa—.

Mañana por la mañana nos espera otra reunión, y luego tengo planeado mandarte al museo Tate Modern y, a continuación, a la Torre de Londres, para que veas las joyas de la Corona.

¿Te gusta el teatro? —le preguntó, y ella asintió con la cabeza—.

¿Por qué no reservas entradas para mañana por la noche?

Ya puestos, podríamos aprovechar para pasar un buen rato. —Se estaba deleitando agasajándola.

—¿No debería estar trabajando? —se extrañó ella.

—Cuando me hagas falta, te avisaré. El resto del tiempo puedes hacer turismo.

Sus propuestas eran emocionantes y generosas, y hacía hincapié en su deseo de que disfrutara de la estancia.

Después del almuerzo, el chófer dejó a Henry en el hotel y llevó a Allegra a Harrods.

Como solo había metido en la maleta un sencillo vestido negro por si acaso lo necesitaba, se compró uno de seda blanco y negro más vistoso, con chaqueta a juego, inspirado en Chanel pero a un precio más asequible, para lucirlo aquella noche.

Tenía un aspecto muy chic cuando Henry se reunió con ella en el vestíbulo a la hora acordada para ir a cenar.

—¿Qué tal el tour? —le preguntó, mirándola con orgullo.

—De maravilla.

Además de comprarse otro vestido, había reservado las entradas para el teatro, como le había pedido él.

Henry la estaba cortejando sin ser consciente de ello siquiera; se decía a sí mismo que se mostraba paternal y protector y que Allegra se merecía que la mimaran por una vez en su vida.

Deseaba lo mejor para ella y que su primer viaje a Europa fuese un exi­tazo.

A Allegra le encantó el Harry’s Bar, así como la refinada comida italiana.

El ambiente era muy elegante y de postín.

Las mujeres lucían vestidos de noche, y los hombres, trajes azul oscuro, lo mismo que Henry, con una impecable camisa blanca y corbata azul marino; por un momento se acordó de las insinuaciones de Jordan acerca del viaje, pero las borró de su mente.

Henry simplemente estaba siendo amable con ella, lo cual era de agradecer, y disfrutando de su compañía.

La diferencia de edad de treinta y ocho años que existía entre ellos no revestía importancia para ninguno de los dos.

Resultaba apropiada entre jefe y ayudante.

—Si fuera más joven, te llevaría al Annabel’s —comentó él camino del hotel—. También soy socio. Conservo mis membresías londinenses para cuando vengo aquí. No tengo ni remota idea de qué baila la gente ahora —dijo entre risas—. Tal vez mi música. —Ella se rio también.

Pasaron una velada amena y distendida, durante la cual él habló de sus estudios de música en la escuela neoyorquina Juilliard, y del año en el conservatorio de París.

Su madre fue profesora de piano, y su padre, concertino de la Ópera Metropolitana de Nueva York.

Toda su etapa de juventud se había forjado en la música, su pasión de por vida, si bien no llegó a alcanzar el verdadero éxito hasta que se afincó en Los Ángeles y se introdujo en el mundillo del cine.

Aunque seguía apasionándole la música clásica, ahora su vida era la composición.

Le entristecía que sus padres no hubieran vivido lo suficiente para ver sus logros.

Y, al igual que Allegra, Henry era hijo único.

Opinaba que sus padres habían sido maravillosos con él, pero muy exigentes en lo que respecta a su formación musical.

Abrigaban la expectativa de que fuera pianista de concierto, cosa que estuvo a punto de lograr. En Los Ángeles tomó otro rumbo.

Conoció a la que sería su esposa nada más llegar a Los Ángeles.

Ella era un alma cándida. Su relación fue un sueño que se convirtió en pesadilla.

Ella lo apoyó al principio y, una vez que él cosechó éxito, le sacó el máximo partido hasta que al final lo abandonó por un productor conocido suyo, que tenía aún más éxito.

Había llovido mucho desde entonces y Henry no dio muestras de amargura al relatarlo.

A pesar de que su rabia se había mitigado con el paso de los años, dijo que jamás la perdonaría por haberlo apartado de sus hijos.

Era la primera vez que Henry hablaba de su infancia con Allegra, que entendió su carácter disciplinado, después de años y años de formación musical, con unos padres músicos muy exigentes y largas horas de práctica cada día.

No había tenido la oportunidad de disfrutar de ninguna de las actividades propias de la niñez, ni siquiera de los amigos.

—A mí me hacía mucha ilusión jugar al béisbol, como a todos los críos.

Me sentí agobiado hasta los quince años más o menos y, a partir de entonces, yo mismo me tomé en serio la música.

Mi música lo es todo para mí. Es bueno tener disciplina en la vida —dijo—.

Como tú, Allegra. Tú también eres muy disciplinada. Hace que la vida resulte más fácil.

Para entonces ya se hallaban de vuelta en el hotel; Henry la acompañó a su habitación.

—Gracias por la cena —dijo ella en tono cariñoso—. He pasado un día increíble gracias a ti.

Él no deseaba que sufriera otro trauma en su vida. Las horas que habían pasado juntos le brindaron la oportunidad de contarle su infancia y juventud, además de su pasión por su oficio.

—Te mereces pasar buenos ratos ahora, Allegra. Muchos. Días agradables y sin complicaciones, rodeada de gente que se preocupe por ti y te proteja.

—Trabajar para ti es agradable y sin complicaciones. Eso es todo cuanto necesito.

Era la mujer más comprensiva que jamás había conocido, y había disfrutado en su compañía más de lo que se imaginaba.

Le había encantado salir con ella esa noche.

Era una joven hermosa, con su larga melena pelirroja lisa cayéndole por la espalda y aquellos grandes ojos verdes.

Aunque por lo general Allegra prescindía del maquillaje para ir a trabajar, esa noche se había maquillado un poco.

Así, sus ojos parecían aún más grandes y más verdes.

—Nos vemos en la reunión mañana por la mañana —le dijo, y cuando ella se volvió para entrar en su habitación, él enfiló el largo pasillo hacia la zona de las grandes suites.

La habitación de Allegra era más modesta, pero muy bonita. De momento todo lo relativo al viaje había sido ideal.