Capítulo 11 #2
—Lo sé. En realidad es absurdo. Almorcé con ella antes de irme de Nueva York.
Se mostró de lo más agradable, igual que cada vez que la veía.
Simplemente se comportaba como si yo fuese hija de otra persona, como si ni siquiera existiera.
Nunca le dio por pensar que perder a mi abuela podía afectarme, aunque no estuviéramos unidas.
Me regaló el broche de mi abuela, el del pequeño rubí en forma de corazón que me pongo a veces.
Mariette era su madre, pero daba la impresión de que ni siquiera pensara que yo era pariente suya, como si yo no fuese lo bastante buena para formar parte de su familia.
No me quería, así que jamás existí para ella.
Tampoco me odiaba; no le preocupaba lo bastante para odiarme.
En cuanto a mi padre, le traía sin cuidado estar cerca.
Venía a verme por compromiso unas cuantas horas cada año y medio o dos años.
—Qué horror de personas —comentó él, profundamente conmovido.
Allegra se había pasado la vida siendo la niña a la que nadie quería y por la que nadie velaba.
Y aunque Henry lo ignoraba, más tarde se convirtió en una mujer a la que su marido rechazó y abandonó.
En el caso de Shep, sin embargo, el motivo era algo más complicado, y ella lo entendía.
La abandonó porque la amaba. Fue debido a lo destrozado que había quedado y a que había estado en un tris de matarla en dos ocasiones, y por su temor a que se repitiera.
Carecía del menor control sobre sus terrores nocturnos o los fantasmas que se habían apoderado de él en Irak y acechaban en su interior.
Pero, en definitiva, el resultado fue que, como sus padres, le dio la espalda, la abandonó y la dejó desamparada.
Para Allegra, aún era demasiado reciente para sacarlo a relucir con alguien.
Y, en algún rincón recóndito de su interior, continuaba abrigando la esperanza de recibir noticias de él algún día.
Los papeles con la sentencia definitiva del divorcio truncaron esa esperanza y confirmaron que estaba fuera de su vida para siempre, tal como él deseaba.
—No tienes por qué ver a tu madre mientras estemos en Londres —le recordó Henry—. De todas formas, estarás demasiado ocupada.
—No quiero correr el riesgo de toparme con ella en la calle.
No quiero volver a verla nunca más, me trae demasiados recuerdos.
Cada vez que la veo, revivo el día en que se fue sin despedirse y me quedé muerta de miedo, aferrada a mi osito de peluche, esperando que mi padre me dijera qué iba a ser de mí. Verla me resulta demasiado duro.
—Pues no lo hagas —dijo él sin más—. No es la niña Allegra la que va a Londres. Es Allegra la adulta, para echarme una mano en mi trabajo.
Sin embargo, Henry no alcanzaba a concebir lo profundas que eran las heridas, ni tampoco el alcance de estas. Ser abandonada por su madre supuso un golpe mortal para una chiquilla de seis años.
—Me siento estúpida por el mero hecho de contarte estas cosas —señaló ella, avergonzada—. Lo pensaré.
El lunes se presentó en el estudio con aire resuelto. Cuando le dijo con la voz quebrada por la emoción que lo acompañaría en el viaje, daba la impresión de estar consintiendo en ir a la guillotina.
—Lamento haber armado tanto alboroto por esto.
—Me alegro de que vengas; es lo único que importa.
Debes enterrar los fantasmas del pasado.
Y yo reconozco egoístamente que para mí será estupendo y me facilitará las cosas.
Prometo protegerte —afirmó en tono solemne, y, acto seguido, ella sonrió y se dirigió a su oficina a comenzar los preparativos para el viaje.
A instancias de Henry, había tramitado el pasaporte cuando aceptó el puesto.
Jordan Allen pasó por su despacho aquella tarde. Siempre se dejaba caer por allí para charlar con ella. Según Allegra, mantenía una relación extraña con Henry, al que en parte idolatraba y en parte envidiaba.
—Entonces ¿te vas con él? —dijo con un retintín que a ella le desagradó.
Insinuaba que pretendía aprovecharse de Henry, y nada más lejos de su intención.
Jordan siempre tergiversaba las cosas—. Londres es una ciudad muy chula.
Seguro que te lleva a los mejores restaurantes y fiestas.
—Parecía celoso, a pesar de llevar una vida plena.
—Vamos a trabajar —le recordó Allegra.
—Algún hueco hará. Querrá impresionarte —dijo, y ella lo miró con acritud.
—No es ese el tipo de relación que mantenemos. Es mi jefe. —Hizo que sonara como una palabra sagrada, y él se rio.
—Cosas más raras suceden cuando un jefe se lleva a su ayudante de viaje. A mí me gustaría impresionarte si fueras a Londres conmigo.
—No digas tonterías —espetó ella. Puesto que Jordan era mucho más joven que Henry, no tuvo reparos en ponerlo en su sitio—. Esa es tu manera de ser, no la suya. —Pretendía hacerla sentir sucia y culpable en vano. Ella conocía a Jordan y su fama de mujeriego—. Henry es un caballero —le recordó.
—Es un hombre, Allegra. Y mírate en el espejo: cualquier hombre con ojos en la cara te tiraría los tejos. No deja de ser humano.
Era la única faceta de la vida de Henry que Allegra desconocía.
Él nunca sacaba a colación el tema de las mujeres con ella.
No obstante, Louise había mencionado en varias ocasiones que su jefe no había mantenido una relación seria, ni siquiera esporádica, con una mujer desde hacía años.
Que debido al tremendo desengaño sufrido con su exesposa, jamás se había planteado la posibilidad de casarse de nuevo, un asunto que no incumbía a Allegra, la cual siempre se lo recordaba a Louise.
Su cometido consistía en ayudarlo, y, como mucho, eran amigos.
En el año que llevaba trabajando con él en ningún momento se le había insinuado, y estaba segura de que no iba a hacerlo ahora por el mero hecho de estar de viaje.
Ella misma había reservado dos habitaciones en el hotel Claridge, una estándar para ella y una suite, la de siempre, para él.
Henry iba a Londres como mínimo una vez al año, o incluso más a menudo si tenía un proyecto entre manos allí.
—Tiempo al tiempo. Ocurrirá el día menos pensado —dijo Jordan con su habitual arrogancia, tratando de incomodarla.
Con Jordan podría haber ocurrido, tal como daba a entender, pero Allegra sabía que con Henry no, bajo ningún concepto.
En ese aspecto el viaje no le preocupaba, y, por lo demás, se sentía mejor.
Haber hablado con Henry sin tapujos acerca de sus temores hizo que se disiparan.
Ahora se encontraba en la fase de dilucidar qué ropa llevarse, lo cual Henry consideraba una buena señal.
Consultó el pronóstico meteorológico a diario con el fin de decidirse.
Cuando finalmente llegó el día, Henry la recogió en su apartamento de camino al aeropuerto.
Salió cargada con dos maletas, cosa que le sorprendió, pero no hizo comentario alguno.
Quería evitar ponerla nerviosa. Ella pidió disculpas nada más subir al vehículo.
Por suerte, iba en la furgoneta que normalmente usaban para comprar provisiones para la casa.
—He leído dos pronósticos meteorológicos que se contradicen entre sí. Uno decía que va a hacer un calor atípico para la estación, y el otro, que el tiempo será lluvioso y frío, de modo que en la maleta llevo de todo por si las moscas —comentó, y a él le hizo gracia.
No había necesidad de preocuparse, ya que viajaban en primera clase.
Henry le había pedido a Allegra que reservase los vuelos en clase preferente por si durante el trayecto de once horas quería trabajar.
De modo que estaba preparada para hacer cuanto requiriera, o dejarlo tranquilo si tenía ganas de dormir, ver una película o escuchar música.
Allegra se puso a leer un libro después del despegue, y no hablaron hasta que sirvieron el almuerzo.
Era una comida elaborada, que él acompañó con vino.
Ella, en cambio, no: consideraba que se encontraba «de guardia» y prefería estar pendiente de él por si la necesitaba.
Después ambos vieron películas y, más tarde, durmieron durante el resto del viaje.
Aterrizarían a las seis de la mañana, hora local, con tiempo de sobra para desplazarse al hotel, ducharse, cambiarse y, espabilados tras dormir bien en el avión, prepararse para su reunión matutina.
A pesar del largo trayecto, la planificación del tiempo fue acertada.
El hotel Claridge envió un coche a recogerlos, y Allegra observó la ciudad con unos ojos como platos mientras la atravesaban, pasando por diversos monumentos famosos.
Londres era ajetreado y bullicioso, con una mezcolanza de historia y modernidad.
A petición de Henry, el conductor pasó junto al palacio de Buckingham, que entusiasmó a Allegra de inmediato.
—Tenías razón. Estoy contenta de haber venido —le susurró.
Le gustó muchísimo el hotel, elegante y anticuado, y le chifló su habitación, decorada con tejidos de chintz de llamativos estampados florales.
Era la aventura más emocionante de su vida; sonreía de oreja a oreja cuando fue a la suite de Henry para reunirse con él.
Vestida con un traje de lino negro muy chic, tenía un aire elegante y profesional, además de juventud y belleza. Henry sonrió al verla.
—Me alegro mucho de que estés aquí conmigo, Allegra —dijo.
Ella había pedido un surtido completo de café, té y pastas para la reunión.
Tras la llegada del productor y su equipo, escuchó en silencio sin hacer ningún comentario.
Estaban ansiosos por convencer a Henry para que colaborase con ellos en tres películas, y trataron de presentar la propuesta de la manera más atractiva posible.
Él no tenía claro si le apetecía pasar tanto tiempo en Londres como requerían, y prefirió no aceptar más de uno o dos de los proyectos.
Allegra disfrutó escuchando la conversación y, al término del largo encuentro, él la invitó a comer.