Allegra Capítulo 11
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Capítulo 11

Allegra trabajó con entrega para Henry, disfrutando de cada minuto.

Las tareas que realizaba eran diversas, y llegó a conocer bien su música, cómo creaba, qué le inspiraba, la increíble disciplina que tenía.

A veces, impulsado por la energía creativa que albergaba en su interior, se pasaba la noche en vela trabajando sin descanso.

Asimismo, Allegra llegó a la conclusión de que las carencias y desgracias que había sufrido en su vida, como la pérdida del contacto con sus hijos, en cierto modo se plasmaban en la música que creaba.

Coincidía con Carly en que era un genio.

Disfrutaba mucho aprendiendo de él, y no ponía pegas al trabajo duro ni a las largas jornadas.

Pese a que Allegra no trabajaba hasta tan tarde ni en la misma medida que Henry, nunca mostraba el menor inconveniente en prolongar la jornada si él se lo pedía o le encomendaba tareas adicionales a última hora.

Consideraba un honor formar parte de su proceso creativo y hacerle la vida más fácil con la labor que llevaba a cabo.

Él comentaba que era la persona más organizada que jamás había conocido.

Tras encontrar un apartamento amueblado que le gustó en West Hollywood, se instaló allí dos semanas después de comenzar a trabajar.

Se ubicaba en un pequeño y pintoresco edificio de estilo colonial español.

Los muebles eran vintage y muy bonitos. La vivienda era coqueta y acogedora, con acceso a una piscina que rara vez tenía ocasión de usar.

En los esporádicos fines de semana en los que Henry no la requería para algo que surgía en el último minuto, disfrutaba quedándose sola en el apartamento.

La incesante actividad de su jefe era tan intensa que a veces le encantaba disponer de tiempo para sí misma sin hacer absolutamente nada, tan solo holgazanear en su apartamento.

No ocurría a menudo, de ahí que aquellos ratos fuesen tan valiosos.

Dedicaba el tiempo a leer y a veces incluso a escribir.

Henry se hallaba en continua actividad, creando sin cesar, siempre inmerso en algo nuevo, mientras ella se ocupaba de las cuestiones prácticas, así él podía concentrarse de lleno en sus obras.

Cuando Jordan se ponía a trabajar codo con codo con él, se maravillaba ante todo cuanto Allegra hacía, sin poder apartar los ojos de ella.

En el transcurso del tiempo que llevaba trabajando para Henry, este en ningún momento había dado muestras de su famosa mecha corta.

Al igual que cualquier otra persona creativa, tenía días de malhumor y sus manías, pero en general parecía ser una persona de lo más razonable, que le hacía el trabajo fácil y la trataba con amabilidad en todo momento.

Allegra telefoneaba a Pippa en Nueva York de vez en cuando y le hablaba de Henry.

Pippa se alegraba de que se hubiera labrado un nuevo porvenir en Los Ángeles.

Allegra estaba prosperando, con un trabajo que le apasionaba, colaborando con un hombre del que aprendía mucho y enriqueciendo su vida con todo lo que él le mostraba.

No se arrepentía de haberse marchado de Nueva York, ahora por fin podía volver a respirar.

Seguía sin tener noticias de Shep, y aún se preocupaba por él.

Ni siquiera estaba segura de si se enteraría en el caso de que algo le sucediera, puesto que ella ya no figuraba como su familiar más cercano y sus padres nunca se lo comunicarían, pues ignoraban que estuvieron casados. Procuraba no pensar en ello.

Los papeles con la sentencia de divorcio llegaron a finales de año.

Justo antes de Navidad. Pese a estar sobre aviso, se quedó en shock.

Fue como borrar de un plumazo un capítulo importante de su vida.

Lo había amado durante ocho años, la tercera parte de su existencia.

A lo largo de todo ese tiempo, él fue su único amigo.

Cuando recibió el documento tomó asiento y lo miró largo y tendido; le venían a la memoria todos los momentos importantes vividos con Shep.

Se preguntó si él los recordaría también, o si la habría borrado de su mente además de borrarla de su corazón.

Según dijo entonces, la abandonaba para protegerla del daño que podía causarle.

Ella, en cambio, pensaba que, de haberla amado, habría dejado el ejército e intentado buscar la ayuda que necesitaba.

Pero decidió volver a las andadas, y a estas alturas seguramente habría sufrido un daño irreparable.

Era una circunstancia trágica para ambos.

Sin embargo, con el paso del tiempo y su nueva vida en Los Ángeles, poco a poco se había ido recuperando del golpe.

Hasta que recibir la sentencia oficial la hundió de nuevo.

Cuando le llegaron los papeles del divorcio se pasó el fin de semana entero metida en la cama sin hablar con nadie.

No tenía amigos en Los Ángeles. Con Henry nunca disponía de tiempo para trabar amistades o conocer a un hombre.

Trabajar para él la absorbía por completo, si bien era cierto que le gustaba muchísimo, de modo que no ponía objeciones.

Y le encantaba su actitud protectora, como un ángel de la guarda, siempre mirando por ella, guiándola, enseñándole y aconsejándola.

Los días que la jornada se alargaba especialmente, Henry la invitaba a quedarse a cenar, y Louise les llevaba bandejas con la cena a la biblioteca o, si no estaban apurados por volver a sus tareas, la servía en la mesa del comedor.

A veces se tomaban unos sándwiches en el estudio, para que él pudiera continuar escuchando las bandas sonoras mientras ella observaba, y luego también le permitía oírlas.

Cuando él componía música para una película, primero la veía con sonido y a continuación sin él a fin de concentrarse en las expresiones faciales de los actores; más tarde escuchaba el diálogo prescindiendo de las imágenes para percibir la entonación de las voces.

Después leía el guion y tomaba notas. Y luego, finalmente, comenzaba a componer la banda sonora, que fluía.

Se enfrascaba en ello toda la noche si hacía falta, plasmando lo que sonaba en su cabeza. Era la música de su alma.

Allegra había aprendido a no interrumpirlo.

Se limitaba a permanecer allí, en un segundo plano, por si necesitaba algo o deseaba que escuchara alguna melodía.

Nunca se sentía sola mientras trabajaba; no tenía tiempo para ello.

Después de pasar un año a su lado a todas horas, poseía un instinto infalible para detectar cualquier cosa que pudiera hacerle falta, y se adelantaba a todas sus peticiones.

Llevaba un año trabajando para Henry cuando este tuvo que viajar a Inglaterra para reunirse con un productor.

Le había mencionado esa posibilidad cuando la contrató, pero era la primera vez que le pedía que lo acompañara.

Tenía previsto pasar una semana en Londres para hablar de una banda sonora que querían que compusiera, y después ir a París unos cuantos días.

Pidió a Allegra que fuera con él para echarle una mano durante el viaje.

Ella nunca había estado en Europa y se mostró renuente.

Henry insistió aduciendo que la necesitaba como ayudante allí.

Se mantuvo firme en su petición. El viaje era una simple extensión de lo que hacía Allegra en Los Ángeles, y su jefe esperaba contar con ella.

En su día, cuando la contrató, viajar figuraba en la descripción del puesto.

Ella hizo lo imposible por librarse, y esgrimió todas las excusas que se le ocurrieron, pero él se mostró inflexible.

Finalmente, Henry se dio cuenta de que estaba asustada.

—¿Por qué no quieres ir a Londres, Allegra? —le preguntó un viernes, bien entrada la noche, mientras compartían en el estudio el plato de sándwiches que Louise les había dejado preparado.

Louise se había acostumbrado a Allegra a lo largo del año, y veía con buenos ojos su dedicación. Siempre comentaba a su jefe lo afable que era Allegra, en lo cual él estaba de acuerdo.

—No lo sé. Hasta ahora nunca he viajado tan lejos.

A lo mejor se debe a la circunstancia de no haber tenido a nadie que me protegiera durante tantos años.

Cada dos por tres me veía en la tesitura de afrontar algo nuevo sola.

—Henry no había caído en eso—. A veces me asustan las situaciones nuevas o estar lejos de casa.

—Siempre se mostraba abierta y honesta con él.

—Pero esta vez no estarás sola. Yo estaré allí para protegerte. Y no te va a pasar nada malo en el viaje. Harás lo mismo que haces aquí como ayudante.

Allegra temía parecer una niñata al confesarle sus temores.

Se sentía ridícula, pero siempre se mostraba sincera con él en lo tocante a sus flaquezas o a cualquier error que hubiera cometido, algo poco habitual.

No le ocultaba sus equivocaciones. Esta era una de las entrañables virtudes que poseía, entre otras muchas.

Su honestidad era intachable. Henry se conmovió cuando confesó que estaba asustada.

Lo único que se había guardado para sus adentros era lo concerniente a Shep y al divorcio. Henry desconocía que hubiera estado casada. Para ella el tema era demasiado íntimo y doloroso, por mucho que se hubiese sincerado con él hablándole de su triste infancia.

—A lo mejor es que temo toparme con mi madre en Londres. No quiero verla, la verdad.

—No eres ninguna niña, Allegra. Ella ya no puede hacerte daño.

Hacía mucho tiempo que Henry había comprendido que el rechazo por parte de su madre era lo más devastador que jamás le había sucedido, y que Allegra se había pasado la vida intentando encontrarle una explicación.