Allegra Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

—A nadie. Mis abuelos han fallecido, y mi padre también.

O sea, que estoy sola. Mi madre sigue viviendo en Inglaterra, aunque lo cierto es que no tenemos motivos para vernos.

Renunció a mi custodia cuando abandonó a mi padre.

La vi hace siete u ocho meses, un día que quedamos para almorzar.

Somos extrañas la una para la otra. Creo que ahora las dos lo preferimos así.

No parecía abatida cuando lo dijo. A esas alturas asumía sus circunstancias con normalidad, y lo había superado.

La única persona a la que dejó al margen del relato fue Shep, pues sacarlo a colación aún le resultaba demasiado doloroso, y a fin de cuentas ya no formaba parte de su vida.

No venía al caso hablarle a Henry de él, o contarle que estaba en trámites de divorcio.

—No me explico que hayas lidiado con todo eso y que seas tan cabal como eres. A mi modo de ver, eres muy cabal.

—Eso espero —dijo ella en voz baja.

—Las relaciones familiares pueden ser complicadas.

Y algunos padres les hacen cosas terribles a sus hijos.

Yo tengo dos hijos. Pasé por un divorcio muy conflictivo hace treinta años.

Mi mujer me dejó por otro, un productor de cine con el que yo trabajaba.

Nuestros hijos eran muy pequeños, y ella malmetió contra mí.

Se volvió a casar, se trasladó a Italia y movió cielo y tierra para impedir que viera a los niños.

Cuando su matrimonio se fue al traste y conseguí retomar la relación con ellos, les había sorbido el seso.

Pensaban que yo los había abandonado; no creyeron que ella los había apartado de mí.

No los veo, y desde entonces se han negado a tener el menor contacto conmigo.

Eso me dolió en el alma durante muchísimo tiempo, pero ya he asumido la realidad: no me quieren en su vida, ni me necesitan, pero, después de tantos años, por fin me siento en paz.

Si alguna vez quisieran verme, aquí estoy.

Mi exmujer nunca les ha confesado lo que hizo para impedirme verlos durante quince años.

A veces la gente hace cosas espantosas. Al parecer, tú fuiste desafortunada con tus padres por partida doble.

¿Les guardas rencor por haberte abandonado? —preguntó, mirándola fijamente.

—No —respondió ella en voz queda—. No siento nada por mi madre. Y creo que mi padre fue carcomiéndose por dentro, a raíz de lo que hizo en todas aquellas zonas de guerra. Era como una máquina de matar sin corazón. Ese tipo de vida destruye a las personas.

Al decirlo pensó en Shep y notó una familiar punzada en el corazón. Él era su único pesar, la única herida que continuaba sin cicatrizar, aunque sabía que algún día lo haría. Si había superado la pérdida de todos los demás, superaría la suya. Estaba decidida; de ello dependía su supervivencia.

—Eres una mujer muy fuerte, Allegra. Sé de buena tinta lo que se siente al perder a la gente que quieres, a un padre o un hijo.

Es como si te cercenaran brazos y piernas y te arrancaran las entrañas.

Y luego un día te despiertas y te das cuenta de que lo has superado.

El sol vuelve a brillar, sigues vivo y respirando.

Trabajas, vives, conoces gente y te ríes.

Yo me sobrepuse gracias a mi trabajo; componer música me ayuda.

¿Alguna vez has puesto por escrito cómo te sentías cuando estabas sola?

—Ella negó con la cabeza—. Deberías planteártelo un día, te liberará.

Aunque da la impresión de que lo llevas bien.

Sentía un enorme respecto hacia ella. Ya habían terminado de cenar, y Louise, al percatarse de que estaban manteniendo una conversación seria, los había dejado a solas.

—Pienso que soy muy afortunado de que te presentaras para este puesto. Ahora tienes un jefe y un amigo en Los Ángeles —le dijo con el semblante risueño.

A ella la apenaba el distanciamiento de sus hijos, pero todo indicaba que Henry lo había superado.

Aquellos tiempos eran agua pasada. Ella había superado sus pérdidas, excepto la de Shep, pero con el tiempo también se sobrepondría.

No le quedaba otra. Henry Platt parecía un buen amigo con el que se podía contar.

Louise puso el colofón a la cena con tarta de manzana casera y helado de vainilla. Allegra sonrió a Henry cuando terminaron.

—Gracias por esta velada maravillosa, la deliciosa cena… y el trabajo.

—Gracias a ti por tener la valentía de venir a Los Ángeles. —Le devolvió la sonrisa.

—Eres valiente cuando no te queda otra elección —dijo ella con buen juicio.

Se marchó poco después. Con el intercambio de confidencias, había sido una noche increíble. Realmente pensaba que tenía un amigo. Ahora conocían sus respectivas historias.

Una vez solo, él se quedó pensando en lo que le había contado Allegra, maravillado ante la fortaleza del ser humano en las peores circunstancias posibles de pérdidas y carencias, y porque le parecía extraordinario que hubiera sobrevivido.

Era una mujer con arrojo, y estaba seguro de que había más cosas que se había callado.

Él, por su parte, también tenía secretos.

Su corazón guardaba rincones donde nadie volvería a adentrase nunca más.