Allegra Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—No los ve nunca. Yo llevo aquí dieciocho años y no los conozco. La madre deja mucho que desear. Ahora son mayores, más mayores que tú. Por lo visto la madre habló pestes de él y ellos la creyeron. Así que él no quiere verlos.

—Qué triste —dijo Allegra en un susurro.

Al recordar la fotografía amarillenta de la biblioteca, se preguntó si los echaría de menos. En aquel entonces eran muy pequeños.

—No se volvió a casar. Nunca vienen mujeres por aquí, salvo para fiestas por todo lo alto, como las de los Oscar. Se pasa la vida trabajando. Es un buen hombre —señaló Louise con patente devoción hacia él—. Es un buen jefe, una buena persona.

Que el ama de llaves lo tuviera en tan alta estima y lo admirase tanto decía mucho de él, pensó Allegra.

Se preguntó qué habría ocurrido con sus hijos.

Por lo visto, Louise se hacía una idea aproximada a raíz del conflictivo divorcio, pero algo verdaderamente terrible debió de pasar si él no los había visto en los dieciocho años que Louise llevaba trabajando allí.

Y al parecer, a diferencia de Isabelle, Henry era una persona cariñosa.

Seguro que se sentía tremendamente dolido con su exmujer si esta había provocado una ruptura permanente con sus hijos.

Esto le hizo pensar de nuevo en Shep: estaba convencida de que él no habría actuado como lo hizo de haber tenido hijos.

De todas formas, estaba tan trastornado que a lo mejor incluso en ese caso habría actuado así.

Ya no se encontraba en condiciones de tomar decisiones sensatas ni de mantener una relación.

En cierto modo, Allegra lamentaba que no hubieran sido padres.

Pero en su momento se consideraba demasiado joven y su vida en común era muy inestable con él en el ejército, y ahora el día a día se le habría hecho infinitamente más cuesta arriba teniendo un bebé al que atender cuyo padre los había abandonado.

Ella lo había sufrido en sus propias carnes; no quería eso para un niño. Mejor que no hubieran tenido ninguno.

—Allegra, ¿te encuentras bien? —Louise la sacó de su ensimismamiento.

Se había quedado absorta pensando en Shep de nuevo, a miles de kilómetros de allí por unos instantes, lo cual no le pasó por alto a Louise.

—Perdón, estoy bien. Solo estaba pensando en el trabajo.

—Parecías muy triste. Como si hubiera muerto alguien.

—Qué va, estoy bien. Es que tengo mucho que hacer. Gra­cias por el té y las galletas.

—¡Deberías comer más! —exclamó Louise en tono admonitorio y apuntándola con el dedo.

Allegra sonrió y enfiló rauda hacia su despacho al tiempo que apartaba a Shep de su cabeza una vez más.

Lo que la empleada le había contado acerca de Henry, que no veía a sus hijos, era interesante, y un atisbo de su faceta personal.

Él le había pedido que firmase el acuerdo de confidencialidad la víspera.

Tal como Carly le explicó, se trataba de un breve documento estándar, un procedimiento de lo más pertinente en el caso de un hombre de su posición, con ella trabajando en su casa y al tanto de información privada, como la que acababa de conocer.

La finalidad del acuerdo era evitar que gente codiciosa y malintencionada sacara tajada en la prensa sensacionalista, algo que podía ocurrir fácilmente.

Ella no se tomó a mal que le pidiera firmarlo.

A pesar de saltarse el almuerzo, no terminó los quehaceres de la jornada hasta pasadas las siete. Henry aún seguía en el estudio cuando fue a darle las buenas noches.

—Siento que se haya hecho tan tarde. He acabado —le dijo cuando él se quitó los auriculares.

Se había pasado el día entero encerrado en el estudio, y ella, en su despacho. Le había ido llegando a su mesa un aluvión interminable de papeleo.

—¿Tienes prisa por irte a casa? —le preguntó él, y Allegra sospechó que se aproximaba otra tanda de gestiones; era obvio que pretendía darle más trabajo.

Estaba cansada, pero se lo calló, y no había comido como Dios manda en todo el día, puesto que nunca desayunaba, solo tomaba una taza de café antes de irse a trabajar.

—No, qué va. ¿Necesita que haga algo?

Él también parecía fatigado. Tras su reunión con Jordan Allen la víspera, se había pasado el día entero bregando con la última partitura.

—¿Te gusta el pastel de carne?

Fue una pregunta tan rara que ella se echó a reír.

—Sí, ¿por qué?

—Louise hace el mejor pastel de carne del mundo. Es mi plato favorito para cenar. Y hoy no he visto que hayas parado a comer en ningún momento. Necesito un descanso, y Louise me ha preparado pastel de carne para esta noche. ¿Te apetece quedarte a cenar? Después voy a volver al estudio.

Ella titubeó. No quería empezar con mal pie con él declinando su invitación. Además, se lo había pedido muy amablemente. Estaba cansada, con ganas de irse a casa y no alargar la jornada. Era tarde, y se había pasado allí once horas seguidas trabajando.

A pesar de ello, le dio las gracias y aceptó.

Louise puso la mesa para dos en el comedor.

A Allegra le pareció un momento refinado que le trajo a la memoria Newport de nuevo.

Además del pastel de carne, había puré de patatas y judías verdes, una comida saludable.

Llevaba semanas sin tomar nada parecido.

Vivía a base de las ensaladas y los platos preparados que compraba en un establecimiento cerca del hotel, cuando no se saltaba las comidas directamente.

Era un rato de relax para ambos después de un largo día.

Él le preguntó por su familia. Se interesó por su padre y por su servicio en el ejército.

—¿Viajabas con él por todo el mundo? —le preguntó, intrigado.

—No, trabajaba en inteligencia militar, normalmente en zonas de guerra: Irán, Afganistán, Somalia, Sudán, Panamá, Libia, Bosnia… No eran lugares a los que pudiera llevarme. Mi padre iba donde hubiera conflictos y se quedaba allí uno o dos años.

A Henry le chocó.

—Entonces ¿estabas con tu madre? —dijo, y ella negó con la cabeza.

—No, de pequeña me quedaba con mis abuelos paternos y, más adelante, cuando fallecieron, pasé siete años en un internado.

Henry pensó que había sido una vida solitaria, si bien Allegra daba la impresión de estar a gusto consigo misma. Se abstuvo de hacer el menor comentario desdeñoso sobre sus padres, lo cual era algo inusual.

—¿Fuiste feliz en el internado? —le preguntó con curiosidad.

Ella negó con la cabeza de nuevo a modo de respuesta.

—De hecho, lo detestaba. Era como una cárcel, y siempre me sentí como un bicho raro, la chica sin familia —explicó con naturalidad—.

En verano me iba de campamento a Maine. Y los demás periodos de vacaciones escolares los pasaba con mis abuelos maternos en Newport, en Rhode Island.

Tenían una casa allí, y el resto del año vivían en Nueva York.

La casa era muy confortable, pero no les hacía mucha gracia tener a una niña a su cargo.

En aquel entonces ya eran bastante mayores, aunque disfrutaban de una ajetreada vida social.

Yo me consideraba una intrusa. —Era tan abierta y honesta que resultaba desconcertante.

—¿Y dónde estaba tu madre mientras tanto?

, si no te importa que te lo pregunte. —Henry trataba de encajar las piezas del puzle de su vida, y Allegra, para su propia sorpresa, se encontraba la mar de a gusto conversando con él, tal vez porque era mucho mayor que ella y por su actitud bondadosa—.

En cierto modo, con la implicación de tus abuelos, el internado, el campamento y un padre ausente, da la impresión de que tu madre se mantuvo al margen.

—En efecto. Se marchó cuando yo tenía seis años. Se fue a Nueva York y al año siguiente se afincó en Inglaterra. De modo que mi padre tuvo que ingeniárselas para dejarme con alguien durante uno o dos años mientras estaba fuera. Entre misión y misión me visitaba en el internado.

A Henry le consternó el relato y se quedó mirándola.

—¿Se marchó sin más? ¿Por las buenas? ¿Adiós, y punto?

—Sin decir adiós. —Allegra le sonrió. Destilaba sabiduría y madurez cuando lo hacía—. Se olvidó de despedirse.

—¿Y tú nunca fuiste a visitarla?

—No me invitó. La he visto cuatro o cinco veces en los últimos dieciocho años. No le entusiasma la maternidad. Era joven cuando se casó con mi padre y un año menor que yo ahora cuando dio a luz.

Allegra, en cambio, por nada del mundo podía concebir la idea de abandonar a un niño a su edad, ni a cualquier otra edad.

—Eres una persona extraordinaria, la verdad —comentó él—. Menuda historia. Entonces ¿a quién tienes ahora? —le preguntó con delicadeza, casi temeroso de preguntar; pero era tan directo y franco como ella.