Allegra Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Los remitentes de los correos de índole personal daban la impresión de ser amigos, pero no cercanos.

Todos mencionaban que no lo veían desde hacía varios meses y deducían que estaba trabajando en alguna película, de modo que se trataba de conocidos más que amigos.

Allegra sabía por Carly que Henry estaba divorciado, y se había fijado en la fotografía con un marco de plata que había en la biblioteca, en la que aparecían dos críos, un niño y una niña.

La instantánea era antigua y amarilleaba un poco; dio por sentado que eran sus hijos.

No había más fotografías de ellos en la sala, aunque sí de él con diversas celebridades y estrellas de cine. Y tenía dos Oscar a la vista.

Louise le llevó un sándwich en una bandeja a Henry, y le dijo a Allegra que, si quería, podía hacerse un sándwich en la cocina, o que ella misma se lo prepararía.

—Puedes salir si lo prefieres, pero la verdad es que no hay ningún sitio donde comer en Bel-Air, salvo en el hotel Bel-Air, que es bastante señorial. Para encontrar un restaurante no tendrás más remedio que ir a Beverly Hills —explicó él.

Allegra había reparado en ello de camino al trabajo; por lo que había visto, en Bel-Air no había ninguna zona comercial.

—Cogeré una manzana y un yogur de la cocina, si no hay inconveniente —dijo simplemente, y él asintió con la cabeza.

Henry no pudo evitar fijarse en su espléndida y esbelta figura, de modo que era evidente que no comía mucho, o quizá no pudiera permitírselo.

No conseguía adivinar de qué tipo de entorno procedía, pero era muy educada y había ido a buenos centros de enseñanza.

Sin embargo, un padre militar no significaba tener dinero, y le intrigaba que careciera de familia.

No parecía una oveja negra o una rebelde, y hacía gala de una actitud muy amable.

Terminó de comer en un santiamén, como de costumbre, y para cuando ella entró en el estudio a darle el parte una hora después, él había vuelto a su tarea. Estaba conectando unos altavoces y una gran pantalla de vídeo.

—Voy a reunirme con un guionista. Hemos colaborado en varias películas y ahora estamos trabajando en dos. Es Jordan Allen, tiene un gran talento.

Henry le pidió que hiciera diversas llamadas de su parte, para realizar reservas en varios restaurantes donde tenía previstos almuerzos de trabajo, además de otra en el Polo Lounge del hotel Beverly Hills.

Acababa de terminar el encargo cuando sonó el timbre y un joven alto, fornido y muy apuesto, con camiseta, tejanos negros y botas de motociclista, entró en el estudio y saludó a Henry con efusividad.

Tenía un aire petulante y arrogante, el pelo oscuro y alborotado, y aparentaba unos treinta y cinco años.

No se había afeitado desde hacía una semana, pero lucía un aspecto estudiado, no es que se estuviera dejando crecer la barba.

Volvió la vista hacia Allegra y se quedó mirándola largo y tendido.

Henry se lo presentó como el guionista Jordan Allen; ella fue a la cocina a buscar café para ambos, como le había pedido su jefe.

En cuanto Allegra salió de la sala, Jordan se volvió hacia Henry.

—¡Guau! ¿Dónde la has encontrado? Menudo fichaje para tu oficina. Es despampanante.

—Compórtate —le dijo Henry, bromeando—. Es mi nueva ayudante. Ha empezado hoy mismo, y como me la robes o la espantes, te mato. Ya me han dejado tirado dos ayudantes en cuatro meses, y estoy desesperado.

—Yo también. La quiero. La necesito más que tú. No he salido con una mujer como Dios manda desde hace seis meses, y tú eres adicto al trabajo. No te mereces una ayudante con semejante aspecto.

—No me había fijado —comentó Henry con decoro, y a Jordan le hizo gracia.

—De eso nada. No estás muerto ni ciego, ni eres tan viejo. Llevaba un año sin ver a una mujer tan guapa, y eso que trabajo en la industria del cine. Si no te habías fijado, es un desperdicio que esté contigo. ¿Qué edad tiene?

—Se me ha olvidado. Veintitrés o veinticuatro, más o menos. Acaba de venir de Nueva York, y te juro que, como me la quites, te birlaré a tu ayudante.

—Puedes quedártela. Trato hecho —dijo Jordan justo cuando Allegra regresaba al estudio con dos tazas de café en una bandeja.

Les dejó el café al alcance de la mano, se dirigió a su despacho y cerró la puerta.

Había una ventana a través de la cual podía ver el estudio, y ellos, verla a ella.

Se puso a revisar las respuestas que había recibido a los correos electrónicos enviados antes, ajena a los dos hombres en el estudio de grabación.

Ambos, con los auriculares puestos, se hallaban viendo fragmentos de las películas en las que trabajaban, y Henry reprodujo las piezas que había compuesto.

De tanto en tanto fruncían el ceño, escuchaban de nuevo y tomaban notas, entonces Henry probaba una versión diferente, o algunas veces a Jordan le encantaba lo primero que oía.

Se trataba de una labor minuciosa e intensa, y pasaron en el estudio más de dos horas.

Jordan miró fugazmente a Allegra en unas cuantas ocasiones, sin que esta se percatase. Estaba enfrascada en su propio trabajo.

Al término de la reunión, Henry acompañó a Jordan a la puerta. Ambos parecían satisfechos con el resultado del encuentro, y una vez en la entrada, justo antes de marcharse, Jordan se volvió hacia Henry.

—Y no olvides que vamos a intercambiar las ayudantes. Te mandaré a la mía por la mañana. Ten lista a la tuya para el cambio.

Henry se rio. Jordan era un bromista y le gustaba la guasa.

Las mujeres caían rendidas a sus pies, y él sacaba el máximo partido de ello.

En la ciudad tenía fama de mujeriego. Allegra no le había prestado la más mínima atención, cosa que a Henry le hizo gracia.

Ella se tomaba en serio el trabajo, lo cual complacía a su jefe.

Si hubiera flirteado con Jordan, le habría sentado mal.

Después de que Jordan se marchara, cuando fue a su despacho, la observó de nuevo.

Sí que se había fijado en que rezumaba frescura y era joven y atractiva, pero como vestía con un estilo sobrio, profesional y nada coqueto, no había advertido lo guapa que era.

Jordan estaba en lo cierto: era despampanante.

Sin embargo, eso solo despertaba en Henry un deseo de protegerla de manera paternal, no seducirla.

Tras la reunión le entregó infinidad de cosas para pasar a ordenador, archivar, clasificar e investigar; le sorprendió que se presentara en la biblioteca a las seis en punto para decirle que había terminado lo encomendado.

Se disponía a dar por concluida la jornada.

La hora establecida era las cinco y media.

—¿Ya? Es imposible que lo hayas hecho todo tan pronto —dijo, incrédulo.

—Pues así es, señor —respondió ella tranquilamente.

—Espero que no lo hayas hecho deprisa y corriendo… —Dudaba de que le hubiera dado tiempo a todo.

—Por supuesto que no. He prestado atención a sus indicaciones, y he terminado el trabajo.

—Está claro que haces magia.

Le sonrió. Allegra había rendido bien a lo largo de toda la jornada, y resultaba agradable y fácil trabajar con ella. Se limitaba a sacar el trabajo adelante a un ritmo constante hasta finalizar las tareas encomendadas, sin dramas. No desperdiciaba el tiempo.

—Has hecho un buen trabajo, Allegra —dijo en tono serio—. Si sigues así, vamos a trabajar muy bien juntos. Gracias.

—He disfrutado mucho hoy. Ha sido muy gratificante.

Le gustaba ser capaz de cumplir con su cometido y pasar a las siguientes tareas. Henry, por su parte, mantenía un flujo constante de encargos para Allegra. No le permitía darse un respiro, tiempo para pensar en su propia vida. Era precisamente lo que ella deseaba.

—Hasta mañana —dijo él, y Allegra se fue.

Tardó una hora larga en regresar al hotel de Santa Mónica.

El tráfico era más denso, a lo que se sumó un accidente que ralentizó la circulación.

Reflexionando acerca del día, concluyó que le encantaba su nuevo empleo y que le gustaba su jefe.

Estaba muy contenta de su traslado a Los Ángeles.

No obstante, todavía pasaba momentos duros por las noches, cuando pensaba en Shep, pues lo añoraba.

Se preocupaba por él, aunque ya no fuera nada suyo, y el trabajo la mantendría ocupada.

Afincarse allí había sido una buena idea, y las cosas se habían encauzado deprisa.

Aún le resultaba inimaginable que llegara un momento en el que Shep no le viniera a la cabeza a la mínima ocasión, pero, al menos por ahora, durante el día no tendría ratos libres para pensar en él.

Era una bendición por la que se sentía agradecida.

A pesar de que jamás lo olvidaría, debía encontrar el modo de apartarlo de su mente.

Eso le costaría mucho más que cualquier tarea que Henry Platt pudiera encomendarle.

Su segundo día de trabajo fue más ajetreado si cabe que el primero.

Las idas y venidas de Henry desde el estudio fueron continuas y, cada vez que asomaba, le encomendaba otra tanda de tareas.

Ella no paró en toda la jornada, ni siquiera para comer.

Fue a la cocina a por una taza de té a las cuatro y charló unos minutos con Louise, que le tendió un plato de galletas para acompañar el té.

—Trabajas tanto como él —dijo Louise en tono de aprobación—.

No le agrada la gente perezosa. —A Allegra le hizo gracia el comentario—.

Su última ayudante se pasaba el tiempo pintándose los labios y hablando con su novio.

Fue una suerte que dejara el trabajo para casarse, pues iba a despedirla —añadió con la mayor naturalidad, y Allegra sonrió mientras se servía otra galleta.

—¿Pasa mucho tiempo con sus hijos? —preguntó en tono inocente, y la empleada torció el gesto y bajó la voz al responder.