Allegra Capítulo 10
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Capítulo 10

Allegra puso la alarma a las cinco y media de la mañana para no llegar tarde; además, quería prepararse mentalmente ante su nueva aventura.

Tenía la firme determinación de estar lo más atenta y pendiente posible a fin de aprender todo lo necesario.

Llevaba un traje pantalón y una blusa blanca que solía ponerse para trabajar en Nueva York, y se había recogido la melena pelirroja en un pulcro moño.

Tenía un aire serio y profesional. Tras la advertencia de Henry Platt la tarde anterior respecto al tráfico matutino desde Santa Mónica, se dio un margen de una hora entera para desplazarse hasta Bel-Air.

Comprobó que su jefe estaba en lo cierto.

Llegó a su casa justo dos minutos antes de las ocho y media, la hora acordada.

Lo logró por los pelos. Quería ser puntual en su primer día, sobre todo teniendo en cuenta que, según Carly, él daba importancia a la puntualidad.

Era puntilloso en lo relativo a la precisión y la fiabilidad.

Se dio cuenta de que le temblaba la mano al llamar al timbre. Le abrió la puerta la misma mujer que la víspera, esta vez vestida con un impoluto uniforme blanco, detrás de la cual había un hombre pasando la aspiradora. La vivienda ya bullía de actividad a aquella hora.

—Hola, soy Louise.

La mujer le sonrió. Aparentaba cincuenta y tantos años, y parecía agradable y hospitalaria. Fue un bonito modo de comenzar el día para Allegra, muy diferente al serio ambiente corporativo que se respiraba en la editorial de Nueva York.

—Según el señor Platt, eres una cocinera fuera de serie —le susurró Allegra, y Louise sonrió de nuevo.

—Él es fácil de contentar, siempre y cuando le sirva sus platos favoritos —comentó Louise con modestia, e hizo un ademán hacia la biblioteca.

Allegra le dio las gracias y se dirigió deprisa a la sala donde había conocido a Henry Platt el día anterior.

Sentado a su mesa, con los auriculares puestos, tocaba en silencio un teclado eléctrico que yacía sobre el tablero y se detenía para tomar notas.

Como Allegra no deseaba interrumpirlo, permaneció de pie, incómoda y sin saber qué hacer, a la espera de que reparase en su presencia.

No consideró oportuno llamarle la atención con un ademán o un ruido.

Se hallaba absorto en su tarea. Al cabo de unos minutos, al levantar la vista fugazmente tras apuntar algo, la vio.

En un primer momento pareció sorprendido, y acto seguido sonrió y se quitó los auriculares.

—Perdona, estaba preparando una cosa para la reunión que tengo más tarde con un guionista, para una película en la que estamos trabajando juntos.

Si vas al estudio, encontrarás un pequeño despacho.

Es para ti; puedes dejar tus cosas allí dentro.

Cuando vuelvas nos pondremos con los correos electrónicos.

Señaló la puerta que habían cruzado la víspera, cuando le enseñó el estudio de grabación, y ella localizó el despacho enseguida.

Había un armario, donde colgó la chaqueta y dejó el bolso.

Cogió el cuaderno y el bolígrafo que había encima de la mesa de despacho y enfiló rauda hacia la biblioteca, donde él aguardaba.

Henry Platt iba vestido en plan informal, con una camiseta negra y tejanos.

Pero sus ojos rebosaban de chispa y vitalidad.

Le indicó que tomara asiento en una silla al otro lado de su escritorio y empezó a recitar de un tirón respuestas a varios correos electrónicos.

Ella consiguió seguirle el ritmo, aunque a duras penas.

—¿Voy demasiado deprisa? —le preguntó en un momento dado.

A ella le sorprendió la variedad de asuntos que trataba: una proposición para dar un concierto en Tokio que declinó, otra para un concierto en los Países Bajos que aceptó, un discurso que accedió a pronunciar en París, reuniones en Londres en otoño con motivo de una película… La lista era larga.

—Deja aparte los de índole personal; no hay muchos y me ocuparé de ellos esta noche.

Si tienes preguntas, puedes hacer una lista y te responderé a la hora de comer.

Yo no suelo almorzar, si acaso pico algo sentado aquí mismo, a menos que haya alguien.

Tú puedes tomarte la hora de la comida cuando hagas un descanso —dijo, y ella asintió con la cabeza.

A renglón seguido, le preguntó—: Por cierto, ¿tenía razón en lo tocante al tráfico?

—Totalmente. Este fin de semana buscaré un apartamento lo más cerca de aquí que pueda permitirme —dijo Allegra.

No obstante, con el salario que iba a cobrar, sus posibilidades habían aumentado considerablemente.

Su jefe le pagaría casi el doble de lo que ella ganaba en Nueva York, y Los Ángeles no era una ciudad tan cara.

Los alquileres costaban bastante menos, por lo que había visto en los anuncios de la sección inmobiliaria del periódico, si bien desconocía aún cuáles eran los buenos barrios y cuáles convenía evitar.

Lo averiguaría cuando los recorriera. Él se quedó mirándola unos instantes antes de que volviera al despacho para ponerse manos a la obra.

—¿Qué opina tu familia respecto a que te hayas mudado aquí? Dada tu trayectoria hasta la fecha, doy por sentado que todos viven en la costa este.

Había leído con atención su currículo esa mañana, antes de que ella llegara, a fin de conocerla mejor.

Allegra tenía una buena educación, eso lo había percibido de inmediato, lo mismo que Carly en la agencia de empleo.

Carly llevaba veinte años proporcionándole ayudantes y sabía qué era lo que valoraba.

A él le gustaban las jóvenes bien educadas e inteligentes, con buena presencia y finos modales.

No quería hippies, tatuajes ni mujeres que bebieran en exceso o consumieran drogas, salieran de fiesta hasta las cuatro de la madrugada y se presentaran allí con resaca y demasiado hechas polvo para rendir.

Era un artista serio con una pujante carrera y quería contar con una ayudante capaz.

Le agradó lo que leyó en el currículo de Allegra, así como las excepcionales referencias de Pippa.

Y le gustaba su aire conservador; podría acompañarlo a las reuniones.

Allegra titubeó antes de responder. No quería inspirar lástima, pero, por desgracia, la verdad era muy simple.

—No tengo familia, señor —dijo en voz baja.

—¿A nadie?

Pareció sorprendido cuando ella negó con la cabeza. Era muy joven para haber perdido a todo el mundo.

—Mi padre murió el año pasado. Era militar y lo mataron en Irak. Mis abuelos fallecieron. No tengo hermanos, y mi madre vive en Londres.

Tan joven y no le quedaba nadie a excepción de su madre.

En esas circunstancias, su decisión de trasladarse a Los Ángeles sola era aún más admirable.

Tenía algo que le decía que se trataba de una chica fuera de lo común.

La carta de referencia de Pippa, sin mencionarlo de manera explícita, también lo daba a entender.

—¿Vas a ver a tu madre a menudo? —le preguntó, y pensó que se entrometía demasiado, pero le picaba la curiosidad.

—No —respondió Allegra, mirándolo directamente a los ojos.

—¿Vendrá ella a verte aquí?

—No —respondió sin más. Su forma de decirlo lo disuadió de seguir indagando en su vida personal. Allegra dejó muy claro que no tenía familia—. No le hará falta preocuparse por mis encuentros y eventos familiares o las vacaciones. Estoy sola.

Henry se preguntó si habría ido a Los Ángeles por un hombre. No concebía ninguna otra razón para que una mujer de su edad se trasladase a una ciudad donde no conocía a nadie. Pero le incomodaba plantearle la pregunta.

—Bueno, estoy muy contento de tenerte aquí para ayudarme.

Espero que disfrutes del trabajo y que te quedes hasta que envejezcamos juntos.

—A Allegra le hizo gracia su manera de decirlo—.

Soy viejo, por supuesto, pero tengo intención de trabajar durante otros cuarenta años, o sea, que tendré ciento dos cuando me jubile, así que prepárate.

Ella tenía el gesto risueño, igual que él.

—Estoy lista. Será mejor que me ponga con los correos electrónicos.

—Fenomenal.

Henry volvió a ponerse los auriculares y reanudó la tarea mientras Allegra se dirigía a su despacho, con el ordenador ya colocado encima de la mesa.

Se quedó pensando en ella. Era una chica extraña, pero le gustaba su talante sin filtros y lo valiente que parecía, sin pecar de agresiva.

Aunque aparentaba ser una persona sensible, él alcanzaba a percibir su arrojo, y eso le gustaba.

Se preguntó cómo sería su novio; esperaba que fuera un buen tío y no le causara ningún problema.

A menudo era por el novio por lo que perdía a sus ayudantes: o rompían con él y se marchaban de Los Ángeles o se casaban, como la última.

Reconocía asimismo que les ponía el listón muy alto, porque él mismo se dejaba la piel trabajando durante largas jornadas.

Había perdido a varias ayudantes que preferían el ambiente de las puntocom de San Francisco, más relajado y juvenil, donde podían entretenerse jugando con gente de su edad a la hora de comer, presentarse en la oficina en pantalón corto y chanclas y llevarse el perro al trabajo.

A juzgar por el serio ambiente de su casa, dirigía con mano firme, pero Allegra se sentía capaz de estar a la altura de las expectativas.

Henry continuó trabajando con su teclado y tomando notas hasta la hora de comer. Cuando paró, Allegra reapareció para darle el parte.

—Ya he acabado con los correos. He respondido según me indicó. Había ciento nueve, siete de los cuales eran personales. Se los he reenviado para que pueda responder usted mismo.

—¿Seguro que has contestado a todos los demás? Qué rapidez. —Parecía sorprendido y un pelín receloso.

—Sí. Añadí un breve saludo personal deseándoles que estuvieran bien, y a continuación les dije lo que me pidió.

—Impresionante. ¿Siempre eres tan expeditiva?

—Procuro serlo. —Le sonrió.