Allegra Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

—Algunas veces lo es, y también muy sacrificado —manifestó él. La condujo de nuevo a la biblioteca—. Carly ha mencionado que tienes excelentes referencias; no lo pongo en duda. Necesito a alguien ya. Hay que responder a todos esos correos electrónicos. ¿Cuándo puedes empezar?

—Ahora estoy libre. Me instalé aquí hace solo cinco días.

—¿Dónde vives?

—En un hotel en Santa Mónica, hasta que encuentre un apartamento. —Y, primero, un empleo, lo cual se calló.

—Eso está lejísimos. Te quedarás atrapada durante una hora en el atasco viniendo hacia aquí. Deberías mirar en West Hollywood o Beverly Hills.

—Tenía pensado ponerme a buscar piso cuando encontrase trabajo —admitió al verse presionada.

—Es una decisión sensata. ¿Puedes comenzar mañana por la mañana? ¿A las ocho y media?

—Sí —respondió.

Le había caído bien, y quería el puesto. Aunque él no le dio tiempo a pensárselo, Allegra tenía la sensación de que era el trabajo adecuado para ella, a pesar de que intuyó que a veces él podría llegar a agobiarla; parecía de esas personas que lo quieren todo para ayer.

—Pues listo, entonces. Tengo una sesión de grabación la próxima semana.

Puedes venir un rato para ver lo que hago.

Y mañana he de reunirme con un guionista.

Hoy va a ser un día ajetreado, con esos ochenta correos electrónicos a la espera de respuesta.

Se multiplican exponencialmente por la noche, así que mañana habrá más.

Espero que seas rápida, Allegra. No tendrás más remedio que serlo para mantener el ritmo.

—Sí, señor.

Él no intentó ocultar que habría una gran carga de tra­bajo, cosa que a ella no le suponía un impedimento.

—Eso es un pelín formal. Puedes llamarme Henry —dijo él.

A ella tutearlo le parecía demasiado familiar. Era un hombre de gran altura, tanto física como profesionalmente y, mientras la acompañaba a la puerta, se sintió algo intimidada por él. De la cocina llegaba un delicioso aroma.

—Louise es una cocinera fuera de serie, te preparará la cena cuando trabajes hasta tarde.

Le recordaba un poco a su padre, o al padre que le habría gustado tener, un dictador benévolo.

Por otro lado, Henry Platt tenía el aire de un militar de alto rango, como su abuelo.

A pesar de sentirse como si la hubiera arrastrado un tsunami, en la casa se respiraba un ambiente acogedor y se encontró a gusto allí.

Lo único que debía hacer era acostumbrarse a él, y al ritmo que él esperaba que llevase.

Tenía la sensación de que el trabajo no le permitiría mucho tiempo de descanso, pero parecía interesante, emocionante y dinámico.

Era justo lo que buscaba, y Carly la había informado de la remuneración.

Le resultaría muy fácil vivir con desahogo.

Él pagaba tan bien como Carly dijo. No obstante, Allegra era consciente de que sudaría tinta para ganarse el sueldo.

Parecía un trato justo: trabajo duro a cambio de una buena retribución.

Trabajar a destajo no le daba miedo; cuando él cerró la puerta se fue sonriendo hacia el coche, aparcado fuera.

¡Había conseguido un trabajo! Su nueva vida en Los Ángeles comenzaba con buen pie.

Lo único que lamentaba era no poder contárselo a Shep.

Llamó a Carly desde el coche en el trayecto de vuelta a Santa Mónica. No tendría más remedio que encontrar un piso durante el fin de semana.

—Le has gustado muchísimo —le comunicó Carly nada más descolgar—. No sé qué le has dicho, pero opina que eres fantástica. Quiere que empieces mañana por la mañana —dijo Carly en tono triunfal.

Si bien era cierto que cobraba una considerable comisión, también le gustaba juntar a las personas afines. Era como emparejar.

—Lo sé, me lo ha dicho.

—No dejes que te agobie. Aunque es puro nervio, simplemente confía en tu instinto.

Él maneja un millón de cosas a la vez, y es posible que sus indicaciones resulten confusas.

Ante la duda, pregúntale. De hecho, es muy humano y razonable.

Estoy muy contenta de que esto haya cuajado, Allegra.

Pienso que formaréis un tándem la mar de bueno.

Tú eres lista y resuelta, le cogerás el tranquillo en un periquete.

Puede que la primera semana se te haga cuesta arriba, pero te adaptarás rápidamente.

—No me da miedo trabajar duro —dijo Allegra con valentía.

—Ni a él. Mañana te pedirá que firmes un acuerdo de confidencialidad, una pura formalidad. Es una persona muy celosa de su intimidad.

—Yo también.

Coincidía con Carly en pensar que harían buenas migas. Abrigaba la esperanza de que se sintiera satisfecho con su trabajo.

—Buena suerte —le deseó Carly—. Me alegro de que hayamos encontrado algo para ti tan pronto.

Y suerte en Los Ángeles. Llámame si surge algún problema, y lo meteré en cintura —añadió, y ambas se echaron a reír, Allegra porque pensaba que sería capaz de manejarlo, y Carly porque sabía que Henry Platt la haría ir con la lengua fuera.

Sin embargo, siempre que Allegra estuviera dispuesta a emplearse a fondo, encajarían a las mil maravillas, pensaba Carly. Realizó el resto del trayecto a su casa con gesto sonriente, igual que Allegra. ¡Tenía trabajo en Los Ángeles! ¡Su nueva vida estaba despegando!