Allegra Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Acaba de llamarme uno de mis clientes favoritos, y uno de los más exigentes.

Es lo que yo considero un reincidente. Como jefe es maravilloso, tiene muchísimo talento y es un hombre afable, pero sus jornadas de trabajo son interminables y muy duras, y espera que sus ayudantes breguen a destajo como él, lo cual es imposible.

Tiene un pelín de genio, aunque siempre se disculpa, y es un caballero.

Busca a alguien que se ocupe de las cuestiones tanto profesionales como personales que entraña el puesto, o sea, llamar a su sastre en Londres, hacer que el peluquero vaya a su casa a cortarle el pelo entre reunión y reunión y concertar citas con su abogado y The New York Times .

Es un compositor de música de cine que goza de gran éxito y ha ganado varios Os car.

Tiene sesenta y dos años, pero lleva el ritmo de un treintañero.

Es incansable; por lo general, sus ayudantes renuncian al cabo de seis meses.

Las agota, nunca superan el año, de modo que no será un trabajo con miras a largo plazo —explicó Carly, aunque pensaba que Allegra era lo bastante joven para durar al menos un pelín más—.

Es un torbellino, y probablemente un genio.

O te encanta o lo odias, y, como sabe lo exigente que es, paga a sus empleados muy pero que muy bien. Se llama Henry Platt.

Allegra había oído hablar de él, y le picó la curiosidad. Era el autor de las bandas sonoras de algunas de las películas más famosas de Hollywood.

—Puede verte esta tarde a las siete menos cuarto. Como tiene que estar en su estudio a las siete y media, no te entretendrá mucho. ¿Estás libre a esa hora?

Lo estaba, y la propuesta resultaba intimidatoria pero fascinante.

—¿Hay algo más que deba saber? —le preguntó Allegra.

—Que es puntual a rajatabla. Tengo la fuerte corazonada de que esto podría funcionar, ¿sabes? Bueno, por lo menos durante una temporada. A ver qué opinas una vez que lo conozcas. Puedes llamarme a mi teléfono móvil para ponerme al tanto. Estaré camino de casa, atrapada en un atasco.

Carly le dio la dirección y le deseó suerte.

Allegra salió del hotel una hora antes para no retrasarse y llegó con cinco minutos de antelación.

Henry Platt vivía en una imponente casa de Bel-Air con una brillante puerta negra provista de una aldaba de latón.

Una mujer que llevaba uniforme negro y delantal blanco abrió la puerta y la hizo pasar.

El estilo de la vivienda era muy formal y le recordó vagamente, en versión más pequeña, a la residencia de verano de Newport, si bien era cierto que se respiraba un ambiente más acogedor.

Vio de pasada una amplia sala de estar, una biblioteca flanqueada de estanterías y, fuera, un primoroso jardín.

Allegra le dio su nombre a la mujer y ella la condujo a la biblioteca, donde un hombre alto con una mata de pelo canoso estaba colocando libros en su sitio.

Iba con una impecable camisa azul claro y pantalones de vestir de color gris, y llevaba unos auriculares colgados al cuello.

En la sala había un piano de cola, encima del cual se apilaban tacos de partituras.

El hombre era apuesto, con el rostro curtido y líneas de expresión visibles, y esbozó una cálida sonrisa al verla.

—Ah, debes de ser la joven que ha venido a salvarme. Tu predecesora se fue ayer. Se va a casar y a trasladarse a Australia. Tú no estás prometida, ¿verdad?

—No, señor.

—Hoy he recibido ochenta correos electrónicos, y no tengo tiempo para responderlos.

Daba la impresión de que esperase que se quitara la chaqueta y se pusiera manos a la obra de inmediato. Por lo visto era un hombre atareado que hacía malabares con diez proyectos a la vez y confiaba en que ella hiciera el doble.

—Según Carly, acabas de mudarte aquí desde Nueva York. ¿Te manejas bien en Los Ángeles?

—Todavía no. Me he perdido dos veces viniendo. —Sonrió con timidez.

—Todo se andará. Yo también me mudé aquí desde Nueva York, hace treinta años. Acabas acostumbrándote. A mí me gusta el clima.

Era simpático, y tenía unos ojos vivaces que la observaban con atención. Parecía un hombre afable, aunque la habían advertido acerca de su mal genio.

—A mí también me gusta el clima. —Allegra le sonrió de nuevo.

Tras invitarla a sentarse, él le formuló las típicas preguntas sobre su trabajo anterior.

—¿Por qué querías ser editora?

—Me encantan los libros —dijo ella sin más.

—Igual escribes uno.

—No creo que tenga talento. Editar es más fácil.

—Nunca se sabe lo que uno es capaz de hacer hasta que lo prueba —comentó él, retándola—.

Yo antes pensaba que no podría componer, y ahora es lo único que hago.

Me formé para ser pianista de concierto.

Mi trabajo actual es mucho más gratificante.

Ven, te lo mostraré. —La condujo por una puerta a un estudio de grabación totalmente equipado y de última generación.

Era impresionante a más no poder—. Aquí paso la mayor parte del tiempo.

Trabajo veinte horas al día. Tu jornada será más corta que la mía, pero a menudo retengo a mis ayudantes más allá del horario establecido.

¿A ti te importaría quedarte hasta tarde si estoy liado?

—No, no me importaría —respondió ella, un tanto intimidada por él.

Era un hombre corpulento con una personalidad arrolladora. Se sentía impresionada por quién era, aunque él mostraba una actitud directa y abierta, sin pretender imponer.

—Realizo la mayor parte de mi trabajo aquí, en casa, y de vez en cuando voy a los estudios de grabación de los estudios de cine para los que trabajo. Tú me acompañarías.

—Parece muy interesante.