Capítulo 9 #2
Carly imprimió cuatro folios y se los tendió a Allegra para que los leyera.
Una de las ofertas era el puesto de gerente de un restaurante de moda, labor que Allegra no deseaba desempeñar.
Requería trabajar hasta altas horas de la noche, y además ella carecía de experiencia.
Otra era un empleo de ayudante personal de una estrella de cine muy conocida.
Carly le advirtió que la actriz exigía flexibilidad horaria y la condición de que su ayudante estuviera disponible las veinticuatro horas, además el trabajo requería viajar.
Según la agente, se trataba de un puesto muy bien pagado pero exigente, e incluía un complemento para ropa que a Allegra le traía sin cuidado. Sus necesidades no eran excesivas.
Había una famosa pareja hollywoodense de avanzada edad que buscaba una ayudante para los dos.
Eran octogenarios y llevaban una vida muy tranquila.
A Carly le preocupaba que pudiera aburrirse, pero, como el marido estaba escribiendo su autobiografía, cabía la posibilidad de que incluyese labores de edición, cosa que a Allegra le gustó.
Por último, había un puesto de secretaria del presidente de un banco, estrictamente de nueve a cinco, sin horas adicionales.
—Todos me parecen interesantes, excepto el del restaurante —dijo Allegra.
—¿Aceptarías que te entrevistaran para los otros tres? —le preguntó Carly.
—Sí —respondió Allegra.
Había oído hablar de las tres estrellas de cine. Por otro lado, poseía los conocimientos de informática que requería el puesto de ayudante del presidente de la entidad bancaria, así que estaba cualificada.
—Me pondré en contacto con ellos para concertarlas, y te avisaré en cuanto tenga noticias —dijo Carly.
Allegra la había impresionado, aunque todavía le resultaba chocante que se hubiera trasladado a Los Ángeles sin tener el menor vínculo con la ciudad.
El mundo de la interpretación no figuraba entre sus aspiraciones, de modo que ese no era el motivo de su traslado allí.
Carly la encontró un pelín misteriosa, si bien le agradó todo lo que vio en la entrevista.
Allegra era cortés, educada, inteligente y, a simple vista, muy profesional y madura para su edad.
Carly telefoneó a Allegra a última hora; los tres clientes deseaban conocerla. La agente había fijado el encuentro con los clientes del mundo del cine para el día siguiente y con el banquero para el día después.
—Y ya veremos qué más surge.
Le envió las direcciones por correo electrónico, y la mañana siguiente, Allegra salió del hotel temprano para llegar puntual a la primera entrevista.
La actriz, que vivía en Bel-Air, era la primera.
Allegra puso el GPS para localizar la casa.
Era impresionante; una criada la condujo a la planta de arriba, a lo que resultó ser el dormitorio de la actriz.
Esta, metida en una bañera redonda en un cuarto de baño de mármol rosa que Allegra alcanzó a ver desde el dormitorio, la hizo pasar.
Allegra se encaminó hacia el baño con vacilación: la estrella estaba desnuda en la bañera.
Era una mujer hermosa, y se mostró muy agradable.
Ella se sintió cohibida al reunirse con la actriz como Dios la trajo al mundo y procuró disimularlo mientras la mujer le preguntaba por su trabajo anterior y si estaba dispuesta a trabajar los fines de semana.
Allegra trató de no mirarla al responder a las preguntas.
A continuación, la mujer se puso de pie en la bañera y le pidió que le pasara una toalla, lo cual Allegra hizo intentando fingir naturalidad.
—Perdona, tengo una reunión con un director esta mañana y se me está haciendo tarde. Siempre organizo reuniones para cuando estoy en la bañera. Odio desperdiciar el tiempo. ¿Tienes marido, hijos o novio? —preguntó, al tiempo que se liaba la toalla.
Tenía un cuerpo espectacular, que a Allegra le incomodó ver tan al desnudo.
—Ninguna de las tres cosas —respondió.
—Bien. Es que a veces llamo a horas intempestivas. Según la agencia, no te importa trabajar hasta tarde. Y viajarías conmigo, por supuesto. ¿Se te da bien arreglar el pelo?
—¿El pelo? —Allegra se quedó perpleja.
—¡Sí, el pelo! —exclamó ella, recogiéndose la cabellera rubia sobre la coronilla—.
Yo me llevo a un peluquero a los eventos mediáticos y a las galas con alfombra roja.
Para los eventos particulares, podrías peinarme tú misma.
Por cierto, qué chulo tu color de pelo. Yo siempre he querido ser pelirroja.
—Oh, gracias —dijo Allegra, sin salir de su asombro al descubrir que tendría que hacer las veces de peluquera.
Al parecer, el puesto de ayudante personal tenía más de personal que de ayudante, y ya se imaginaba atendiendo llamadas telefónicas a las dos de la madrugada.
Todo indicaba que la actriz daba por sentado que Allegra no tenía vida privada en absoluto.
Las condiciones le resultaban mucho más intrusivas de lo que estaba dispuesta a tolerar, en particular las reuniones mientras la mujer se bañaba.
Se escabulló de la entrevista educadamente mientras la estrella campaba a sus anchas por la habitación con la ropa interior en la mano, aún sin ponérsela cuando Allegra se fue.
Una vez en el coche, soltó un suspiro de alivio y telefoneó a Carly.
A la agente le indignó que la clienta se hubiera pavoneado desnuda y pidió disculpas a Allegra.
—Lo lamento. Hace eso cada dos por tres. Se siente muy orgullosa de su cuerpo. Nunca usa dobles en las escenas de desnudos en sus películas.
—Tiene un cuerpo estupendo. Es que me he quedado pasmada, nada más. Lo que pasa es que también pretende que le arregle el pelo. No creo que sea la persona adecuada para el puesto. A duras penas consigo arreglarme el mío.
Allegra se echó a reír, y Carly también.
—Lo lamento, Allegra. Esto es Hollywood, y aquí te topas con todo tipo de cosas. Su última ayudante personal era también profesora de yoga y masajista. Tiene una visión muy amplia del cometido de las ayudantes. Creo que los Johnson te gustarán mucho, y te prometo que irán vestidos.
Tanto Ed como Betty Johnson eran famosos intérpretes.
Él, bien entrado en los ochenta y con un aspecto frágil, era un actor y director oscarizado.
Ella fue una célebre belleza en su época; ahora rondaba los setenta, y conservaba su atractivo.
Aunque su esposo se había retirado y estaba escribiendo sus memorias, ella seguía interpretando papeles en películas de vez en cuando.
Formaban una pareja encantadora, atenta y respetuosa.
Fue como ir de visita a la casa de los abuelos de alguien, con la salvedad de que ambos eran grandes estrellas.
Sin embargo, se comportaban como la gente normal y corriente.
Querían que se encargara de la correspondencia, que gestionara sus citas sociales y médicas, y que ayudara a Ed con el libro.
Aunque eran muy majos y le cayeron fenomenal, se preguntó si realmente necesitaban una persona a tiempo completo, ya que todo indicaba que con su labor no ocuparía la jornada.
Le sabía mal pecar de quisquillosa con Carly, pero el trabajo parecía aburrido.
Según dijo él, trabajaba dos horas en el libro cada mañana, y daba la impresión de que tardaría veinte años en terminarlo: solo había escrito treinta páginas hasta la fecha.
Ella debía revisar lo que quiera que él escribiese a diario.
En teoría, Allegra acabaría hacia las once de la mañana, y, después, se quedaría desocupada durante el resto del día, esperando que sonara el teléfono.
A ellos les gustó muchísimo y decidieron ofrecerle el puesto.
Según decían, Allegra les recordaba a una de sus nietas.
Para ella fue una oportunidad increíble conocer a dos personas tan famosas en su entorno doméstico, aunque el trabajo no le pareció gran cosa.
Pero al menos no tendría que peinarlos y no andaban desnudos por casa.
En un mismo día había tenido un asombroso encuentro con tres de las estrellas más importantes de Hollywood.
El puesto en el banco para el que se entrevistó al día siguiente era exactamente como se describía: con un horario fijo y tareas rutinarias de oficina, y después de las dos entrevistas previas, parecía muy tedioso.
El presidente del banco se mostró de lo más profesional, muy educado pero no especialmente cordial.
A ella le dio la impresión de que no le gustaría el trabajo o trabajar para él.
Así pues, después de tres intentos fallidos, el miércoles al mediodía estaba fuera de juego, y se sentía desanimada cuando Carly la llamó en cuanto ella rechazó la oferta del banco.
—Me figuraba que no eran para ti, pero te sirve para ver el abanico de opciones que hay disponibles ahora mismo —explicó Carly.
Se trataba de empleos y jefes muy diferentes.
Ninguno encajaba con ella. Carly se daba cuenta de que Allegra era discreta y más bien tímida, pero también de que tenía agallas, si se había ido a Los Ángeles sin conocer a un alma.
Mostraba una interesante combinación de fortaleza y vulnerabilidad; Carly deseaba ayudarla a encontrar un buen trabajo.
Era una chica lista, y la agente intuía que brillaría con luz propia en el puesto apropiado.
Expresaba una emoción contenida cuando volvió a telefonear a Allegra.