Allegra Capítulo 9
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Capítulo 9

Los Ángeles le pareció grande y caótica al principio.

Como no tenía claro adónde ir o dónde alojarse, decidió demorar la búsqueda de un piso hasta encontrar trabajo.

La gran extensión de la ciudad le hizo darse cuenta de que necesitaría un coche.

Alquiló uno en el aeropuerto, en una de las agencias que tenían ofertas a precios reducidos, y fue hacia el hotel de Santa Mónica, cerca de la playa, que había encontrado en un anuncio antes de irse de Nueva York, donde alquilaban habitaciones por semanas.

Le gustaba la perspectiva de vivir junto al mar, al menos por ahora.

Al día siguiente de su llegada se sentó en la playa, con tejanos y descalza, a disfrutar del sol.

Tenía la sensación de estar de vacaciones más que buscando un nuevo hogar.

Pasó el fin de semana recorriendo varias zonas de Los Ángeles, como West Hollywood y Beverly Hills, demasiado caras para vivir.

El domingo fue en coche a Malibú y vio las enormes casas de playa que albergaba.

En Santa Mónica se respiraba un ambiente acogedor, pero tal vez estaría demasiado lejos del trabajo.

Le sorprendió la gran cantidad de kilómetros que recorrió, pero le agradó.

Experimentó una sensación de libertad, y aquello era completamente diferente a Nueva York.

Cuando se marchó de Nueva York todavía hacía frío, y en Los Ángeles el tiempo era cálido y agradable.

De momento estaba contenta con su decisión.

Shep le venía a la memoria sin cesar. Cada dos por tres veía cosas que le apetecía contarle y enseñarle, y tenía que recordarse a sí misma constantemente que ya no estaba.

Que ya no formaba parte de su vida ni lo deseaba.

Era preciso que se hiciera a la idea de que estaba totalmente sola en el mundo de nuevo.

Le constaba que podía llamar a Pippa si perdía el norte por completo, pero no estaba dispuesta a permitir que eso sucediera.

Tenía la firme determinación de hacer que su nueva vida fuese viento en popa.

No escribiría a su antigua jefa hasta que encontrase un empleo y un lugar donde vivir.

De momento disponía de opciones, y le bastaba con complacerse a sí misma.

Allegra había estado sola antes, pero nunca hasta ese extremo.

Siempre había mantenido un vínculo con alguien, con su padre en algún destino lejano o con sus abuelos, que si bien no fueron cariñosos o atentos con ella, al menos estuvieron ahí.

Con su madre, sin embargo, jamás había contado.

A lo largo de los últimos ocho años pudo acudir a Shep, pero ahora no había nadie, ni un alma sobre la faz de la tierra, que se preocupase por ella a excepción de Pippa, y esta se hallaba a más de cuatro mil kilómetros de distancia y era su antigua jefa, no una amiga.

La sensación resultaba aterradora y liberadora al mismo tiempo; hasta ahora nunca se había sentido tan plenamente libre.

No tenía necesidad de complacer a nadie más que a sí misma. Ella tomaría todas las decisiones.

Había mirado qué agencias de empleo había e ignoraba por completo cuáles eran las mejores.

Le llamó la atención la que tenía el anuncio más atractivo.

Daba la impresión de que se trataba de una gran agencia, y ofrecía una gran cantidad de opciones.

Según afirmaban, gestionaban empleos en la industria tecnológica, en empresas emergentes y en el ámbito de la publicidad y otros sectores creativos.

Si bien no mencionaban el mundo editorial, ya que las editoriales importantes se ubicaban en Nueva York, a Allegra le atraía la industria del entretenimiento, así como los «sectores creativos», expresión que parecía un comodín para referirse a cualquier cosa.

Decidió telefonear a esa agencia primero, y explicó que estaba buscando trabajo.

Una recepcionista le respondió en tono profesional que rellenara el cuestionario de la página web y que volviera a llamar más tarde para concertar cita con uno de los agentes.

Tardó una hora en responder a todas las preguntas relativas a su formación, experiencia laboral, orígenes, antecedentes penales, listado de expectativas para el tipo de empleo que buscaba y el rango salarial.

Tomó como base el sueldo que había cobrado como editora júnior en sus primeros tiempos en Nueva York, que desde su punto de vista no era gran cosa.

Tras enviarlo, se fue a dar un paseo por la playa y, al cabo de dos horas, volvió a ponerse en contacto con la agencia.

Le cabía la duda de que un agente hubiera revisado ya el cuestionario, pero estimó oportuno comprobarlo.

Respondió la misma recepcionista, le pidió que esperase un momento y preguntó si alguien había procesado la solicitud.

Una agente veterana lo había hecho, y le indicó a la recepcionista que concertase una cita para el día siguiente a las diez.

Había varias cosas en las respuestas de Allegra que intrigaban a la agente y esta quería verla, comprobar si era sincera y cómo se presentaba, antes de asignarle alguno de los empleos que figuraban en el listado de ofertas.

Por pura suerte, Allegra se había puesto en contacto con una de las mejores y más pujantes agencias de Los Ángeles.

La recepcionista volvió al teléfono y le comunicó la hora de la cita para el día siguiente.

Allegra se sintió satisfecha por la rápida respuesta.

—¿Y con quién voy a reunirme? —preguntó.

—Con Carly Forrest. Es una de las dueñas —respondió la mujer.

La empresa se llamaba Forrest, Duvall la emocionaba la perspectiva de la entrevista, y se preguntó a qué tipo de trabajos la enviaría Carly Forrest como candidata.

No estaba segura de si su experiencia como editora sería relevante. Tendría que esperar a averiguarlo.

Le costó conciliar el sueño esa noche, y estuvo viendo la televisión hasta que se quedó dormida.

Tuvo que apartar a Shep del pensamiento sin cesar.

No podía ponerlo al corriente de la entrevista ni podría pedirle consejo después como hizo cuando buscaba trabajo en Nueva York.

Esta vez se hallaba en Los Ángeles por él.

Si él no hubiera dado al traste con su vida en Nueva York, dejándola en la estacada y presentando la demanda de divorcio, no habría ido a parar a Los Ángeles, a intentar labrarse un nuevo porvenir, de modo que no tenía nada más que decirle.

Después de ocho años admirándolo, le costaba acostumbrarse.

Ahora era preciso que todo eso cambiase. Estaba totalmente sola.

Carly Forrest, una mujer alta, esbelta y rubia con un bonito corte de pelo, iba vestida con un traje pantalón beis y tacones altos.

Allegra advirtió que la agente la examinaba detenidamente, con la esperanza de que diera su aprobación.

El traje azul marino que había escogido era más propio del estilo de Nueva York que de Los Ángeles, pero le confería un aire profesional y discreto.

Carly le hizo una larga lista de preguntas muy específicas que no figuraban en el formulario, y a continuación se reclinó en el asiento y la observó. A la agente la intrigaba.

—Allegra, ¿puedo preguntarte qué te trajo a Los Ángeles? —Carly mostraba interés y prestaba mucha atención—. ¿Fue por un hombre?

En efecto, pero no por la razón que cabría pensar. Cuando Shep la abandonó, Allegra renunció a su vida en Nueva York y se trasladó al oeste, pero se lo calló.

—No, qué va —dijo sin más.

—¿Tienes amigos o familia aquí?

Allegra negó con la cabeza.

—No, me apetecía un cambio, este me pareció el lugar adecuado.

—¿Crees que te afincarás aquí?

—Eso espero. Me gusta lo que he visto hasta ahora. Nunca había estado en Los Ángeles.

—¿Había cosas relativas a tu trabajo en Nueva York que no te gustaran?

—No, me encantaba. Me gustaba trabajar en el sector editorial, pero sé que aquí no hay una industria editorial reseñable.

—Se publican algunas revistas, si surge algo en ese sector.

Tú tienes mucho que ofrecer, Allegra, una excelente educación en un magnífico internado, un título de la Universidad de Columbia e inmejorables referencias de tu primer trabajo.

Contamos con diversos clientes que estarían interesados en ti, si a ti te interesan los puestos que ofrecen.

Por desgracia, en estos momentos no tenemos ninguno que requiera tus competencias para la edición.

Recibimos una gran cantidad de llamadas de celebridades que buscan ayudantes.

Se trata de empleos que pueden ser muy absorbentes y que interferirían con tu vida privada.

En Los Ángeles mucha gente de la industria del entretenimiento se aprovecha del tiempo libre de sus ayudantes y los llaman a todas horas. ¿Eres flexible en ese sentido?

—En principio sí. No me importa trabajar durante largas jornadas, a menos que me llamen por teléfono a las cuatro de la madrugada —bromeó Allegra.

—Algunos lo hacen —dijo Carly Forrest—. Nosotros, como es natural, lo desaconsejamos, pero, dependiendo de quién se trate, se da el caso. Tengo algunas descripciones de puestos para que les eches un vistazo.