Capítulo 8 #4
Pippa solo esperaba que diera con una persona decente, y que acudiera a una buena agencia. Le aconsejó que tuviera cuidado en ese sentido, y Allegra asintió con la cabeza. Su jefa deseaba que encontrase un magnífico empleo y comenzase una nueva vida que la hiciera feliz.
—¿Cuándo tienes pensado marcharte? —le preguntó, con la esperanza de que no fuera demasiado pronto y pudiera formar a otra persona que la sustituyera. Tardaría tiempo en encontrar a una persona digna de confianza que ocupara su puesto.
—Si me voy, he de desalojar el apartamento en un plazo de diez días. Me estaba planteando irme dentro de dos semanas. Puedo hospedarme en un hotel los últimos días.
A Pippa no le hizo mucha gracia que la informara con tan escasa antelación, pero el margen era el adecuado. Asintió con la cabeza, triste de verdad por que Allegra se fuera.
—Bueno, supongo que entonces no hay más que hablar. ¿Me prometes que te mantendrás en contacto conmigo? Me gustaría estar al tanto de lo que haces, para quién trabajas y qué tipo de empleo consigues. Oye, no nos olvides —dijo, como si fuese una tía preocupada, y Allegra se conmovió.
No había una sola persona sobre la faz de la tierra a quien le importase lo que estaba haciendo o adónde se dirigiera, ni siquiera Shep después de formar parte de su vida durante ocho años.
Que alguien mirara por ella la hizo sentirse bien.
Allegra siempre había sido reservada y tenía pocos amigos.
La única persona con quien había creado un estrecho vínculo era Shep.
—Gracias —dijo.
Pugnó por no llorar mientras Pippa la abrazaba. Quería ser valiente.
El departamento editorial dio una pequeña fiesta de despedida para Allegra con una tarta, y a esta le llegó al alma.
Pippa se encargó de organizarla. Para entonces Allegra había empaquetado sus cosas y enviado los muebles a una entidad benéfica, de donde procedían la mayor parte, salvo los nuevos que había adquirido por Shep.
Se deshizo de todo; no deseaba conservar recuerdos de su vida en común.
Regaló sus libros a la gente del trabajo y envió las pertenencias de Shep a sus padres a Boston, sin más explicaciones; él podía decirles lo que se le antojara cuando le preguntasen de dónde procedían.
También donó a la entidad benéfica los escasos utensilios de cocina que poseía, junto con la tostadora y el microondas.
Llenó tres maletas de ropa, gran parte de la cual usaba para el trabajo y sería demasiado abrigada para Los Ángeles, pero no tenía dónde dejarla y necesitaría algunas cosas para trabajar una vez que encontrara un empleo.
Su vestuario constaba de faldas y jerséis de estilo austero, algunas blusas, unos cuantos zapatos y bolsos y un abrigo grueso.
No era derrochadora ni le había hecho falta un fondo de armario elegante en el mundillo editorial.
Podía comprarse lo necesario cuando consiguiese trabajo.
Se dio cuenta de que destruir una vida resultaba más fácil y rápido que construirla.
No conservaba ningún recuerdo de su padre aparte de sus medallas, en una caja que cabía holgadamente en la maleta, y un sobre con fotografías de él y su madre.
Tampoco es que tuviera muchas. Iba por la vida sumamente ligera de equipaje; lo poco que había acumulado era una señal reveladora.
Guardó las fotografías que se había hecho con Shep en un sobre aparte, sin intención de mirarlas, simplemente le agradaba el hecho de saber que las tenía.
Al fin y al cabo, había pasado la tercera parte de su vida con él.
Se emocionó al despedirse de Pippa.
—Recuerda que puedes volver cuando quieras.
Ya te buscaremos un hueco —dijo Pippa, y lo dijo de verdad—.
Oye, Allegra, asegúrate de que, dondequiera que acabes, la gente te trate bien.
Te lo mereces. Ahora mismo tienes la sensación de estar desarraigada, pero echarás raíces un día.
Esto no te volverá a pasar, como le ocurrió a Shep.
Él es una víctima de su propia vida, y esto es lo que te hizo salir malparada.
Se quedó apesadumbrada mientras observaba a Allegra meterse en el ascensor. Ella también estaba triste. Pippa era su única amiga hasta la fecha, y una buena persona. No habían pasado muchas así por su vida.
Allegra puso rumbo a Los Ángeles en el vuelo de la mañana siguiente; desde el avión contempló Nueva York empequeñeciéndose hasta perderse de vista, entusiasmada y apenada al mismo tiempo.
Esperaba que Pippa estuviera en lo cierto y que esto no se repitiera, el no tener un hogar ni nada a que aferrarse.
La próxima vez que entregara su corazón tenía que ser a alguien que lo apreciara de verdad, no que pusiera pies en polvorosa y se olvidara de despedirse, como su madre y Shep.
Ella se merecía algo más. Por primera vez lo creyó, pese a que aún no tuviera pruebas de ello.
Se sentía como un globo que todo el mundo había soltado, elevándose hacia el cielo, a merced del viento, sola.