Capítulo 8 #3
—Tengo la sensación de que las cosas no te han ido muy bien últimamente —dijo Pippa con tacto—. ¿Es por el trabajo?
Allegra negó con la cabeza con aire acongojado.
—No, el trabajo es estupendo, y tú te has portado de maravilla conmigo. Además, me caen bien la mayoría de los escritores con los que trabajo, salvo unas cuantas excepciones.
Sonrió, y a Pippa le hizo gracia, ya que sabía de quiénes se trataba. Lidiaba con unos cuantos veteranos difíciles, pero alguien debía editar sus obras, y en ese aspecto Allegra siempre se lo tomaba con filosofía y nunca se quejaba.
—Soy yo. En los últimos meses han cambiado algunas cosas.
—Respiró hondo antes de continuar, y Pippa aguardó.
Era una mujer paciente que congeniaba con la gente joven.
Estaba acostumbrada a escuchar sus problemas—.
Shep decidió seguir en el ejército y regresó a Irak.
Está teniendo…, le está pasando factura trabajar en una zona de combate.
Su permiso de Navidad no fue bien. Necesita ayuda y se niega a recibirla.
Solicitó el divorcio cuando se marchó —explicó con mirada pesarosa a su jefa.
—Oh, Allegra, lo lamento. Sé que debe de ser duro —señaló Pippa—. Ojalá me lo hubieras dicho.
—Ahora no me retiene aquí absolutamente nada aparte de este trabajo.
No quiero seguir en el apartamento. Él no piensa volver, por lo menos no conmigo.
Sin mi padre y mis abuelos, no hay nada que me motive a quedarme aquí.
No tengo familia y no sé adónde ir. —Los ojos se le anegaron de lágrimas al decirlo—.
Necesito un cambio. Estoy barajando la idea de irme a Los Ángeles, a ver qué tal.
—Pensaba que te apasionaban los libros y las publicaciones —comentó Pippa.
—Ya, he pensado acerca de ello. Igual pruebo en el cine. Lo mismo acabo de camarera —dijo Allegra con aire perdido.
—Yo creo que te mereces algo mejor. Puede que empezar de cero sea emocionante, pero poner tierra de por medio no siempre es la mejor solución. Te llevarás los problemas contigo.
Pippa consideraba que Allegra necesitaba encontrar al hombre adecuado, o un trabajo más estimulante.
Su mayor problema era que no había ni un alma en el mundo que se preocupase por ella.
No era justo, pero era la suerte que le había tocado, y Pippa tenía la sensación de que trataba de sobrellevarlo de la mejor manera posible.
No resultaba fácil, y nunca lo había sido.
Su madre la apartó de su lado cuando era muy pequeña, la huida de su padre no mejoró la situación, ni la frialdad y la avanzada edad de sus abuelos, a quienes en realidad la niña les estorbaba.
Y ahora su esposo, aquejado de serios problemas emocionales y psicológicos, se divorciaba de ella.
Suponía un golpe tremendo para Allegra. Pippa lo notaba en su semblante.
—Vayas a donde vayas, siempre tienes la posibilidad de volver —le recordó—. No te sientas atrapada dondequiera que vayas. Supongo que dispones de suficiente dinero para ir tirando durante una temporada, así que no tienes necesidad de aceptar un trabajo que detestes.
Allegra asintió con la cabeza a modo de conformidad.
—No tengo gran cosa, pero sí lo bastante para arreglármelas si me administro bien.
Rechacé el ofrecimiento de Shep a ayudarme.
Si no me quiere, yo no quiero su dinero, y sus padres no me tienen en gran estima.
Ni siquiera saben que estuvimos casados.
Él prefirió mantenerlo en secreto hasta que regresara de Irak, nos asentáramos aquí y los dos tuviésemos trabajos decentes.
Pero como cambió de opinión respecto a abandonar el ejército, no llegamos a decírselo.
Nuestra intención era demostrarles lo responsables que éramos.
Y ahora estoy aquí sola como la una —dijo con tristeza.
—¿Por qué Los Ángeles? —le preguntó Pippa—. ¿Conoces a alguien allí? —Le picaba la curiosidad.
—Qué va. Eché un vistazo a algunas ofertas de empleo, y tenían buena pinta. Por lo visto hay un montón de agencias de empleo. Los alquileres parecen razonables, y el clima es agradable.
Todo lo que aducía tenía sentido, pero a Pippa se le antojaba ambicioso aclimatarse a otra ciudad, sin conocer a nadie, con veinticuatro años.
No obstante, Allegra era una chica fuerte, y Pippa imaginaba que se desenvolvería y le iría bien si el pánico no se apoderaba de ella.
Tenía la cabeza bien amueblada. Había dado pruebas manifiestas de ello a lo largo de los siete meses que llevaba trabajando para ella.
—Si las cosas se tuercen y decides volver, quiero dejar claro que te contrataría de nuevo sin pensármelo dos veces. Eres una editora muy capaz, Allegra. Y sospecho que posees un talento innato para la escritura, si alguna vez te decides a ponerlo en práctica. Yo tengo mucha fe en ti.
Pese a la gran competencia existente en el ámbito laboral para gente de su edad, Allegra ya contaba con siete meses de experiencia, y Pippa pensaba dar buenas referencias de ella. Era una joven brillante y atractiva. Alguien la contrataría.