Allegra Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Durante las dos semanas siguientes, Allegra, sin la menor idea de qué hacer a continuación salvo trabajar, se limitó a realizar las funciones inherentes a su puesto como una autómata.

Escribió una carta a Shep, en la que le dijo lo mucho que lo amaba.

Tenía presente que se trataba de un gesto baldío, tan inútil como las cartas que le habría gustado escribir a su madre.

Lo hizo de todas formas, con la certeza de que el mensaje llegaría a sus manos, aun cuando él no respondiera.

Al menos se lo dijo de nuevo. Sabía que él la quiso en su momento, a pesar de que ya no fuese capaz de amarla.

La había abandonado para protegerla, ya que la única forma posible de demostrar que seguía queriéndola era poniendo tierra de por medio.

Allegra consiguió editar dos manuscritos y terminarlos, aunque apenas podía concentrarse en el trabajo.

Pippa percibía el tremendo bache que estaba atravesando, a pesar de que Allegra rehuía el contacto estrecho con cualquiera.

Se mostraba parca en palabras y pugnaba por mantener el tipo a duras penas.

Había sufrido reveses antes, pero nunca tan fuertes o devastadores como este.

Se sentía como si le hubieran arrancado el corazón o cercenado una pierna.

Luchaba para no morir desangrada, y todavía confiaba en que Shep recobrase la cordura, en que recuperase lo que quedaba de él, pese a que sabía que era improbable.

Jane March la llamó para invitarla a almorzar; Allegra no le devolvió la llamada. Era superior a ella. Se limitaba a sacar adelante el trabajo, nada más. Permaneció dentro de su caparazón, tan desgarrada como cuando la abandonó su madre.

Dos semanas después de que Shep se marchara a Irak recibió un grueso sobre del departamento jurídico militar con un puñado de documentos en el interior.

Cuando les echó un vistazo, su corazón recibió el golpe de gracia: Shep había presentado la demanda de divorcio antes de irse.

Se trataba de un trámite relativamente sencillo para un matrimonio de corta duración.

Dos años no eran nada, y no tenían hijos ni propiedades.

Alegaba diferencias irreconciliables como causa del divorcio.

Había fijado una cuantía de acuerdo con la ley, tomando como referencia su salario, como manutención mensual durante dos años, la duración del matrimonio.

Ella escribió en el formulario que declinaba el apoyo económico.

No quería su dinero. Aun cuando hubiera estado pasando hambre, que no era el caso, lo habría rechazado.

También la entristeció que su familia política nunca hubiera tenido conocimiento de su matrimonio.

Cuando se casaron, Shep temía que sus padres se opusieran porque ambos eran muy jóvenes, y posteriormente, cuando se fue a Afganistán, resultó más fácil no ponerlos al corriente.

Ahora jamás se enterarían de que habían tenido una nuera durante dos años.

Estaba segura de que Shep nunca lo mencionaría, dado que había solicitado el divorcio.

Lo sintió como el rechazo más absoluto, igual que el abandono por parte de su madre.

Isabelle abandonó a su hija, y ahora era su marido quien la abandonaba.

El padre de Allegra también se había desentendido de ella a su manera.

Tenía la sensación de haber comenzado la vida con mal pie.

Era un esquema que por lo visto resultaba imposible de romper.

Ahora no tenía a nadie. Ni siquiera a su abuela, que durante tantos años se mostró renuente a acogerla, aunque ella, de habérselo permitido, le habría dado su cariño desde muy temprana edad.

Sin embargo, fue un estorbo para sus abuelos hasta que se hizo mayor.

Siempre hubo alguna razón para que las personas importantes de su vida la abandonaran o la rechazaran. Shep era el único a quien había amado y que le había correspondido, y ahora también le fallaba. Fue el mayor revés de todos.

Tardó tres semanas en armarse de valor, pero rellenó los papeles del divorcio y los envió.

Shep no respondía a ninguna de sus cartas.

La había apartado totalmente de su vida.

Llevaba ausente cinco semanas cuando ella cumplimentó los documentos con gran pesar.

No deseaba divorciarse; quería seguir casada con él, y todavía no había tenido la oportunidad de disfrutar de su vida en común.

Shep se había casado con Allegra porque lo iban a mandar a Afganistán y pensó que el matrimonio lo protegería por arte de magia.

Ahora, en cambio, pretendía divorciarse para protegerla, o eso decía.

Fuera cual fuese el motivo, la estaba dejando sola en el mundo, desamparada.

No estaba dispuesto a luchar por su matrimonio ni a pedir ayuda.

Al contrario, volvía a lanzarse de cabeza a aquello que tanto perjuicio le había causado desde el principio y a buscar refugio allí.

Lo consideraba el único lugar al que podía ir, junto a otros que estaban tan rotos como él.

Todos los hombres con los que Shep trabajaba en el área de inteligencia eran militares de carrera, a menudo casados con personas que procedían de familias de militares y conocían y aceptaban esa forma de vida, de modo que entendían los inconvenientes que conllevaba.

Los matrimonios de otros, casados con gente del «mundo de fuera», de fuera del ejército, por lo general duraban poco, con el marido ausente al otro lado del mundo.

Algunos cumplían sus promesas, llevar a cabo una misión y luego buscar un empleo en Estados Unidos, dentro o fuera de las fuerzas armadas.

Él podría haberlo hecho, pero ni siquiera se lo había planteado.

La guerra de Irak lo había abrumado, engullido y devorado, y ahora estaba atrapado por decisión propia.

Allegra no sabía qué hacer. Con lo que había heredado de su abuela y su padre, disponía de suficiente dinero para salir adelante durante una temporada.

Podía arreglárselas con eso hasta encontrar otro trabajo.

Pese a que le gustaba el que tenía en la editorial, y trabajar con Pippa y los escritores cuyos libros editaba mientras esperaba el regreso de Shep, ahora había dejado de tener sentido.

Todo le recordaba a él: el apartamento que habían compartido en los intervalos entre misiones, la ciudad donde iban a establecerse.

Ya no sentía ningún apego por Nueva York, nada que la atase allí excepto los recuerdos de lo que pudo haber sido y las esperanzas que se truncaron tan brutalmente cuando él se fue.

Sin la casa de Newport, no tenía dónde escapar.

Se había vendido en un abrir y cerrar de ojos, junto con todo el mobiliario, para gran alivio de Isa­belle.

Allegra cumplió los veinticuatro en primavera y se sintió como una hoja arrastrada por el viento.

Tras sopesar la idea durante dos meses, fue a ver a Pippa después de su cumpleaños.

Allegra nunca le había explicado exactamente lo que estaba pasando, pero Pippa sabía que algo terrible había sucedido, aun así, prefirió no inmiscuirse hasta que Allegra deseara contárselo.

Allegra se sentía despreciada, rechazada.

Había fracasado y la habían abandonado de nuevo.

Ansiaba huir y esconderse, pero no tenía ningún sitio donde refugiarse, ni motivos para ir a ninguna parte.

Llevaba tres meses desolada cuando decidió presentarse en el despacho de Pippa, después de un solitario fin de semana en el que leyó acerca de varias ciudades que no conocía.

Se había pasado la vida entera en la costa este: Nueva York, Washington, el internado de Massachusetts, el campamento de Maine, de visita en casa de sus abuelos en Newport después del campamento, antes de iniciar el curso.

En la costa oeste no había editoriales dignas de mención, pero eso era lo de menos.

Necesitaba comenzar de cero, un lugar donde nadie la conociera ni supiera nada de ella.

Se informó sobre San Francisco, pero llegó a la conclusión de que era una ciudad demasiado pequeña.

Aunque allí se ofertaban buenos puestos para técnicos, carecía de formación para postularse.

La industria cinematográfica de Los Ángeles le suscitaba interés, si bien tampoco contaba con experiencia en ese sector.

Al final decidió elegir un destino al azar sin más, ir allí y buscar un empleo más adelante.

Y si no le gustaba, siempre cabía la posibilidad de regresar.

Pippa había tratado con editoras jóvenes durante muchos años y, a juzgar por la expresión de Allegra y sus hombros hun­didos, supo que no era portadora de buenas noticias.

Había visto a otras chicas machacadas por Nueva York; era una ciudad dura.

Se había encontrado con algunas que se marchaban debido a un desengaño amoroso, a relaciones que no funcionaban, a bodas y compromisos cancelados o a divorcios.

Sin embargo, había una tristeza tan profunda en el semblante de Allegra que a Pippa se le partió el alma con solo mirarla.

Saltaba a la vista que Allegra había pasado una mala racha en los últimos meses.

Su rostro carecía de la luz y la emoción que reflejaba al principio, y todo cuanto Pippa percibió en ese momento era aflicción; la envolvía como un manto.

La pena y la pérdida eran patentes en sus ojos, y hasta su resplandeciente melena pelirroja, recogida en un austero moño, de pronto parecía apagada.

Llevaba meses sin maquillarse y se había puesto zapatos planos, una vieja falda negra sin gracia y un suéter gris que conservaba desde la universidad y del que debía haberse desprendido cuando se graduó.

Pippa le sirvió una taza de té y aguardó a escuchar lo que quiera que Allegra fuese a decirle.

Fuera lo que fuese, intuía que no iba a contarle toda la historia, como tampoco le había dicho al empezar a trabajar allí que estaba casada. Era una persona muy reservada.