Capítulo 8
Tras pasar la noche en vela, al día siguiente de que Shep se marchara, Allegra se fue a Washington en tren.
Trató de concertar una cita con el comandante al mando de la unidad de su marido, pero se encontraba demasiado ocupado para atenderla.
Ella no era nadie, la simple esposa de un joven oficial; el comandante tenía cosas más importantes que hacer.
Finalmente consiguió que la recibiera un psicólogo, al que informó de que Shep padecía algún tipo de trastorno por estrés postraumático y necesitaba tratamiento.
Le relató los incidentes que se habían producido cuando intentó despertarlo de sus terrores nocturnos para calmarlo.
El psicólogo escuchó en silencio, sin aparente extrañeza.
—A algunos hombres les cuesta aclimatarse a la normalidad.
Existe un factor de choque cultural y, en algunos casos, de fatiga de combate.
La mayoría de ellos lo superan una vez que finalizan la misión en el destino.
Si se determina que el capitán Williams sufre un TEPT, es probable que pase una temporada aquí en Washington antes de que lo reasignen a una zona de combate.
No se inmutó por lo que Allegra le había explicado, daba la impresión de que lo ponía en tela de juicio, y la trató como a una chiquilla ingenua.
Ella prefirió no enseñarle los cardenales del cuello a modo de prueba.
No quería causarle problemas a Shep, o humillarlo; deseaba conseguirle ayuda.
Así pues, puso al psicólogo al corriente de que era nieta del general Tom Dixon y le dijo quién era su difunto padre.
Eso sí que lo impresionó. Aun así, insistió en que Shep no había tenido ningún problema en cumplir con su cometido en Irak ni había mostrado ningún indicio de lo que ella describía.
En vista de que no llegaba a ninguna parte con él, regresó al hotel.
Telefoneó en varias ocasiones a Shep, pero este no le devolvió las llamadas. Cuando finalmente la llamó, estaba enojado por que hubiera ido a hablar con el psicólogo.
—¿Qué pretendías? ¿Que me encierren o me recluyan en un pabellón psiquiátrico?
—Mi intención era conseguir ayuda. —La voz se le entrecortó al responder; la desesperación llenaba sus pulmones—. No quiero que te hundas por lo que te están obligando a hacer allí.
—Es demasiado tarde, Allegra —dijo Shep con tristeza.
—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta antes de oírla.
—Voy a volver. Aquel es mi sitio ahora. No quiero hacerte daño. Podría haberte matado cualquiera de esas noches. Ni siquiera me di cuenta de quién eras hasta que estuviste a punto de morir asfixiada.
Allegra era plenamente consciente de lo ocurrido.
Desde el principio supo que el ejército lo echaría a perder.
Shep no era un asesino nato como Bradley, al que el ejército, incluso así, también corrompió.
Su padre había sido incapaz de sentir nada por otro ser humano, por su hija, por sus padres o por su esposa.
Allegra no culpaba a su madre por haberlo abandonado.
Le reprochaba no habérsela llevado consigo cuando se fue.
Pero, claro, para Isabelle abandonar a Bradley fue la vía de escape más conveniente para librarse de su hija al mismo tiempo.
Eso era lo que Allegra le recriminaba, no que se divorciara de Bradley.
Ella se habría divorciado de él también, o, para empezar, de ningún modo se habría casado con él.
En aquel entonces, Isabelle desconocía dónde se estaba metiendo.
Allegra lo comprendía mejor que su madre.
Y se resistía a perder a Shep. No iba a huir, deseaba estar a su lado.
—No quiero que vuelvas a Irak —le rogó—. ¿Puedo verte?
Tras unos instantes de vacilación, él respondió en tono tajante:
—No, no puedes. ¿Acaso no has tenido suficiente? ¿Qué más quieres? ¿Que acabe contigo entre sueños la próxima vez que tenga una pesadilla? Olvídame, Allegra. No soy el chico del que te enamoraste a los dieciséis años en Newport. Ese chico está muerto.
—Eres el hombre con el que me casé —replicó ella con convicción.
—No, qué va. —Lo creía firmemente—. Ahora mismo no sé qué fue de aquel hombre. Se perdió en estos dos últimos años y no va a volver, Allegra.
—Podría volver si te quedaras y buscaras ayuda.
—¿Y qué pueden hacer? ¿Borrar de mi mente todo lo que he visto allí, hacerme olvidar lo que he hecho, lo que me obligaron a hacer?
He asesinado. He presenciado torturas, incluso las he ordenado.
Eso no se olvida. —Estaba llorando, lo mismo que ella—.
Debo regresar. Aquel es mi sitio. Si vuelvo contigo, tarde o temprano acabaré haciéndote daño.
Tú eres joven, tienes toda la vida por delante. Encontrarás a un hombre mejor.
—Yo no tengo nada sin ti, Shep. Te lo suplico, no renuncies a lo nuestro. No te vayas.
—Ya ni siquiera sabes quién soy. Y yo tampoco.
Los mayores temores de Allegra se habían materializado. Su peor pesadilla era una realidad: lo habían echado a perder, lo habían roto. Alcanzaba a notar cómo se le escurría de entre las manos, como si estuviera ahogándose, hundiéndose bajo la superficie.
—He de colgar —dijo él en tono inexpresivo.
—No te vayas otra vez, Shep. ¿Nos veremos mañana? —Él no respondió—. Por favor —musitó Allegra.
—Te llamaré —dijo Shep y, al cabo de un minuto, colgó.
Ella permaneció despierta tendida en la cama toda la noche, el día siguiente se quedó en la habitación del hotel esperando su llamada y por la noche lo telefoneó. La persona que le respondió en el cuartel le comunicó que se había ido. A Allegra le extrañó la manera en la que lo dijo.
—¿Adónde?
No se trataba de información confidencial, de modo que tenía claro que podía revelarlo.
—Ha tomado un vuelo a Bagdad esta mañana.
La noticia fue un jarro de agua fría para Allegra.
Además, significaba que él ya tenía planeado marcharse cuando hablaron la noche anterior.
Shep había solicitado que adelantaran su viaje, pues de lo contrario no lo habrían enviado allí con tanta premura.
Ella, por su padre, conocía el procedimiento.
—Gracias —dijo con un hilo de voz, y colgó.
Se había ido sin despedirse de ella una vez más. Regresó a Nueva York en el último tren; era incapaz de pasar otra noche en la habitación del hotel.
Allegra llegó al apartamento a las dos de la madrugada.
Se sintió muerta por dentro al entrar. En el armario había quedado la ropa de calle de Shep, pero nada más.
Se tumbó en la cama, donde había sufrido la agresión.
No se lo echaba en cara; se hacía cargo de que estaba enfermo, y Shep también.
Era el ejército el que lo negaba. Su estado era mucho peor de lo que se figuraban.
Por supuesto, habían visto miles de casos como el suyo anteriormente, y no les sorprendía.
Si agredía a alguien se verían obligados a tomar medidas, pero, hasta entonces, siempre y cuando continuase en activo y cumpliera con su cometido, harían la vista gorda.
Despachar a casa a todos aquellos afectados por la dureza de la experiencia en lugares como Irak, donde las reglas eran diferentes, los dejaría sin nadie sobre el terreno para desempeñar la labor.
Shep había decidido regresar a sacarles las castañas del fuego y abandonar a Allegra; la amaba demasiado para seguir con ella.
Le había dicho que se merecía algo mejor, pero ella lo quería.
Lo amaba, y era su esposa. Además de su esposo, él era su familia, la única persona que le quedaba del pasado.
Habían sido siete años de amor por él, desde los dieciséis.
Le profesaba todo el amor que albergaba su corazón y que nadie había querido jamás.
Y ahora Shep también lo despreciaba, se lo devolvía todo.
Ya no deseaba que siguiera amándolo. Era el último regalo que le hacía.
Y la había dejado sola. Para ella fue un golpe mortal.
Con un esfuerzo enorme y una férrea disciplina, Allegra fue a trabajar al día siguiente.
A Pippa le dio la impresión de que tenía un aspecto terrible y le preguntó si se encontraba bien.
Estaba lívida, con bolsas oscuras bajo los ojos.
Se había puesto un fular alrededor del cuello para ocultar los cardenales, aún visibles.
Su mirada reflejaba una absoluta devastación.
—¿Ha vuelto a Washington tu marido? —le preguntó Pippa con delicadeza.
No se le pasó por la cabeza que hubiera regresado a Irak, y Allegra no se lo aclaró.
Aún se aferraba a la esperanza de que volviera, que cambiara de parecer, que los militares advirtieran que algo no iba bien, o que se derrumbara y lo despacharan de vuelta.
Cualquier cosa era mejor que reanudar su labor, en otra misión, cosa que agravaría el daño que ya estaba hecho.
Esperaba que la fortuna interviniera de alguna manera, por arte de magia, pero fue en vano; tampoco le había enviado jamás a su madre de vuelta ni había hecho que sus padres la quisieran.
Le constaba que Shep la había querido. Al principio, él esperaba que su matrimonio secreto lo protegiera, pero ni siquiera el amor de Allegra fue lo bastante fuerte para salvarlo de lo que se vio en la tesitura de afrontar en Irak.
Aquello iba demasiado en contra de su naturaleza, le desgarró el alma y lo trastocó por completo.
Shep tenía razón; el hombre que había regresado a Bagdad no era el chico al que había conocido en Newport.
Estaba poseído por un peligroso desconocido, un dragón que lo devoraba, tal como ella anticipó que ocurriría.
Ni siquiera los hombres como su padre salían indemnes de aquello.
Su padre había vendido el alma al diablo muchos años atrás, incluso antes de conocer a su madre.
El diablo con el que Shep se había topado en Irak engullía a los muchachos ingenuos como él de un bocado.