Capítulo 7 #4
Pasó otra semana de noches en vela y días extenuantes, dormitando con el tequila que tomaba. Hasta el día en que anunció que debía regresar a Washington.
—Yo te llevo —se ofreció ella, y Shep negó con la cabeza. Allegra tenía que reincorporarse al trabajo, pero llamaría por teléfono para decir que no se encontraba bien—. Estás agotado.
Ella también lo estaba, de observarlo constantemente, buscando indicios de peligro. Shep mostraba una irascibilidad inaudita en él hasta la fecha, y mal genio. Se ponía furioso sin motivo, le gritaba y acto seguido pedía perdón.
—Cogeré el tren. Tú debes volver al trabajo.
Allegra ya había hecho de niñera lo suficiente.
La estancia de casi tres semanas había sido un infierno para los dos.
El que había vuelto a casa era un animal peligroso, de lo cual ambos eran conscientes.
Una fiera descontrolada, dispuesta a matarla en un santiamén.
Allegra le tenía miedo, aunque intentaba con todas sus fuerzas evitarlo.
A veces había momentos, unos segundos, de ternura, en los que él volvía a ser el hombre con el que se había casado, el chico del que se enamoró.
No le cabía duda de que seguía ahí dentro, y anhelaba que Shep se reencontrase con él y se zafara de la bestia salvaje en la que se había convertido.
Pero Shep era ambas cosas ahora, sin posibilidad de separarlas ni de controlar a ninguna.
Los atisbos del Shep de antaño eran escasos.
—Puedo alargar el permiso —le aseguró Allegra—. Te acompañaré a Washington. Te han destinado allí hasta junio, así que puedes buscar ayuda entretanto.
Él la miró con gesto inexpresivo, como si le estuviera hablando en un idioma que ni entendía ni deseaba entender.
—He de regresar a Bagdad. Me necesitan allí.
—Pues yo te necesito aquí —repuso ella en un tono más cortante de lo que pretendía.
Pero lo necesitaba entero y cuerdo, y no lo estaba ni por asomo. Gritaba en sueños cada vez que se dormía y se despertaba empapado de sudor, con la cama hecha una sopa, como si hubiera vertido cubos de agua encima. Ella oreaba el colchón y cambiaba las sábanas en silencio cuando se levantaba.
—¿Por qué quieres tenerme cerca? —le preguntó con desánimo en uno de sus momentos más lúcidos, con manifiesto arrepentimiento en la mirada.
—Porque te quiero y soy tu mujer —respondió Allegra sin vacilación.
Había acumulado una vida entera de amor para Shep, y no se le estaba agotando ni mucho menos.
Tenía la convicción de que podía curarse, y pretendía estar pendiente de él hasta que recuperara la cordura.
Otras guerras habían creado hombres como Shep, muchos de los cuales se habían curado.
Convencida de que el amor podía lograr cualquier cosa, estaba dispuesta a intentarlo, y se negaba a darse por vencida.
Cuando Allegra prolongó el permiso navideño con el pretexto de que se encontraba mal, Philippa la llamó para ver cómo estaba.
—Estoy bien —le dijo, aunque no lo parecía.
—¿Es por él? ¿Volvió en malas condiciones? —preguntó Pippa, preocupada.
Estaba al corriente de que Shep tenía previsto regresar. Allegra había vivido con esa ilusión todo el año.
—Se encuentra bien. La vuelta siempre requiere adaptación —dijo Allegra procurando aparentar más ánimo del que sentía.
—¿Puedo ayudar en algo?
—No, estamos estupendamente —respondió, al tiempo que contenía las ganas de llorar.
No quería que nadie supiera lo mal que estaba él, y no tenía a nadie a quien confesárselo.
Por su parte, Pippa no podía hacer nada.
Era preciso que Shep acudiera a los profesionales castrenses que trataban a hombres en su situación a diario, a hombres destrozados por las expectativas que imponía su condición de militares.
Solo ellos podían curarlo. De eso estaba segura, pero Shep no daba su brazo a torcer.
No quería ayuda, solo quería irse antes de volver a hacerle daño o incluso algo peor.
En efecto, trató de estrangularla de nuevo una noche, cuando se quedó dormido en la cama viendo la televisión y Allegra se tendió a su lado con tal de sentir su calor durante unas cuantas horas.
El episodio se repitió otra noche de terror, y en aquella ocasión a punto estuvo de ahogarla.
Ella ya estaba perdiendo el conocimiento cuando él se despertó.
Tras cerciorarse de que se encontraba bien, se pasó varias horas encerrado bajo llave en el cuarto de baño.
Temiendo que hiciera algo drástico, Allegra le rogó con voz afónica que saliera.
Cuando lo hizo, llevaba puesto el uniforme.
Iba limpio y afeitado, y al menos a simple vista parecía en calma y en su sano juicio.
—Voy a volver a Washington —anunció con una mirada que reflejaba todo lo acontecido—. No quiero hacerte daño, Allegra. No puedo quedarme aquí.
Ella no discutió. Sabía que era cierto.
—Voy contigo —insistió—. Es necesario que ingreses en un hospital, Shep.
—Sí, en un hospital psiquiátrico —dijo él con la mirada desquiciada—, como un lunático. —En ese momento se odiaba a sí mismo por lo que le había hecho.
—No eres ningún lunático. Padeces un trastorno por estrés postraumático, fatiga de combate o como quiera que prefieras llamarlo.
—Igual que cualquier soldado en Irak. No es posible hospitalizarlos a todos.
Los demás no intentaban estrangular a su esposa durante sus horribles pesadillas nocturnas. No obstante, se suponía que debían asesinar prácticamente a diario. A esas alturas, Shep ni siquiera sabía quién era el enemigo; era él mismo.
—¿Por qué te empeñas en no dejar que te acompañe? —preguntó ella, suplicándoselo con la voz ronca debido a la agresión.
—Porque resolver esto es cosa mía. Tú no te mereces esto —dijo en voz queda, y por un instante aparentó estar en pleno uso de sus facultades.
El Shep al que Allegra conocía continuaba ahí dentro, en alguna parte, mantenido en cautividad por el enfermo.
La miró fijamente con gesto anhelante, pero no se le acercó ni hizo amago de besarla.
Ella, aunque deseaba abrazarlo y consolarlo, sabía que sería imposible.
Él no lo permitiría; albergaba el gran temor de perder el control de nuevo, quizá incluso estando despierto.
Ninguno de los dos podía predecir lo que sería capaz de hacer.
Enfiló hacia la puerta con el macuto en la mano.
Había metido en él todo cuanto había traído consigo.
Aunque no lo reclamaban en Washington hasta pasada otra semana, tenía claro que debía irse cuanto antes.
Se volvió para mirarla y, sin mediar palabra, se fue.
Instantes después ella cayó en la cuenta de que no se había despedido.
Inmóvil, oyó el eco de sus pasos por las escaleras mientras le venía a la memoria un aluvión de recuerdos de su madre.
Shep también se había olvidado de decirle adiós.
Allegra confiaba en que regresara, en que tan solo se tratase de una mala racha que debían superar.
Procuró ser valiente, pero rompió a llorar de todas formas.
Se sentía como si hubiera perdido al único hombre al que había amado en su vida, el único que la amaba.
Sin embargo, Allegra no estaba dispuesta a claudicar.
Iba a luchar para salvarlo y recuperar al Shep que conocía y amaba.
También amaba al enfermo, pero era peligroso.
Ambos lo tenían presente. Se sentó en el sofá, temblorosa, recordando la expresión de sus ojos al marcharse; las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
Solo podía pensar en que a los seis años había sido más valiente.
Pero en los diecisiete años transcurridos desde entonces había recorrido un largo camino.
Se veía capaz de afrontar cualquier cosa menos perder a Shep.
Todas las personas a las que había querido en su vida la habían abandonado, y ahora Shep también.
Rezó para no perderlo, y le aterró la idea de haberlo perdido ya.
Esta vez había regresado de Irak un desconocido que se había llevado consigo al Shep al que ella amaba, dejándola completamente sola de nuevo.
La soledad era un particular infierno que conocía de sobra.
Y ahora también era el infierno de Shep.