Capítulo 7 #3
Tal y como había hecho otras veces, decoró el árbol de Navidad antes de que él llegara.
Este año no recibiría ninguna llamada telefónica de su padre.
Ignoraba si lo echaría de menos. El día de Navidad se pondría el broche con el rubí en forma de corazón de su abuela.
Lo había lucido en la fiesta de Acción de Gracias en casa de Pippa, y esta, que se fijó en él, le comentó lo bonito que era.
Se trataba de una joya antigua que en su época perteneció a Katharine Hepburn, algo que la hacía más mágica y especial si cabe.
Allegra fue en tren a Washington la noche previa a la llegada de Shep a la capital.
Ambos conocían la dinámica. Alquiló un coche en Washington para recogerlo en la base y realizar el trayecto de vuelta a Nueva York.
Estaría destinado en la capital durante varios meses; ella abrigaba la esperanza de que hubiera cambiado de idea respecto a continuar en el ejército.
Estaba decidida a mover cielo y tierra para disuadirlo de que se reenganchara en junio.
Quería que abandonara el ejército antes de que acabara con él.
Confiaba en que no fuera demasiado tarde.
Diez meses eran mucho tiempo, el suficiente para engendrar un hijo o destrozar a un hombre.
Y en su vida en común no había hijos, ni podía haberlos de momento.
Allegra no quería ninguno todavía. Lo único que quería era que Shep sobreviviera, tanto física como mentalmente.
Esta vez Shep no corrió a su encuentro cuando la vio, Allegra tampoco, ni se abalanzó a sus brazos.
Al verse, una lenta sonrisa se dibujó en su rostro mientras su mujer se encaminaba hacia él.
Shep acusaba el cansancio y el desgaste de la lucha.
Una vez el uno frente al otro, alargó las manos y la abrazó.
Ella derrochaba mucha más salud y vitalidad que él.
La rodeó con el brazo y se dirigieron al coche de alquiler.
Su aspecto y sus movimientos eran como los de un anciano, y Allegra se preguntó cuánto tiempo tardaría esta vez en lograr arrastrarlo al mundo real y hacer que se sintiera normal.
Shep se metió en el coche y dejó que ella condujera.
Se quedó roque en cuestión de minutos, mientras ella le hablaba.
Aunque había dormido en el avión, estaba exhausto.
Su semblante se suavizó al ver el árbol que Allegra había decorado para él, pero su mirada se endureció.
—No necesitamos eso, la verdad —dijo señalando el árbol.
Seguía afligido por la reciente pérdida de sus camaradas en el ataque de Acción de Gracias, y desde entonces se habían producido tres bajas más.
El ejército estaba perdiendo muchos hombres en Irak.
Pero él no se lo dijo, ni siquiera mencionó la muerte de sus amigos.
Uno de ellos era de la misma edad que Allegra, pero la guerra no hacía distinciones: segaba vidas a su antojo, de jóvenes o mayores, y dejaba a los demás tratando de recomponer su alma una vez que regresaban a casa para no asustar a sus familiares con la verdad durante las fiestas.
Agradecía que Allegra no tuviera familia a la que fuera necesario visitar.
Con ella no hacía falta poner buena cara.
Tan solo quería que lo dejaran en paz para sobrellevar el día a día lo mejor posible.
Y, en un momento dado, empezaría a sentirse persona de nuevo, quienquiera que fuese esa persona ahora.
En los últimos diez meses, Shep había perdido cualquier noción de quién era y en qué creía, de cuál era su código moral y de qué le permitía hacer su conciencia, e incluso de sus aspiraciones de futuro.
Había violado su propio código de honor tan a menudo que a esas alturas le daba igual hacerlo.
Ya no se trataba de una cuestión de lo que estaba bien o mal, sino de pura supervivencia, y de a quién era preciso matar a fin de protegerse a sí mismo y proteger a su unidad.
Los actos que cometían ambas partes eran igual de atroces; había presenciado cómo se torturaba y había torturado por iniciativa propia.
Ya no le temblaba el pulso cuando era necesario hacer algo impensable.
Se hacía lo que había que hacer, y no podía contarle nada de ello a su esposa.
Tampoco habría sido capaz de describírselo ni de expresarlo con palabras.
Ya no había límites que no estuviera dispuesto a traspasar.
Su integridad moral se hallaba en suspenso hasta que la guerra terminara.
No quedaba otra, pues de lo contrario nadie sobreviviría, y, en cualquier caso, morían demasiados hombres, con independencia de sus convicciones y de cómo hubieran sido. Ya no eran los mismos que antaño.
Para entonces había pasado casi dos años en Afganistán e Irak, y sabía que no estaba preparado para volver al mundo real de antes.
Ahora solo se encontraba en condiciones de vivir en la zona gris donde los principios morales quedaban suspendidos.
En ese mundo no había sueños, ni planes ni amor, y cuando te concedían un permiso para regresar a casa había que fingir sin más remedio hasta regresar a ese otro mundo donde cualquier cosa podía suceder y, de hecho, sucedía cada día.
Las pesadillas comenzaron la noche de su llegada.
A pesar de que ya no le temblaban las manos, sus ojos tenían un destello enardecido, una mirada abrasadora; se abrasaba por dentro.
A la mañana siguiente tiró a la basura el árbol de Navidad.
Se le antojaba un símbolo de todo aquello que ya no se merecía.
—Los árboles de Navidad son cosas de niños. Nosotros ya somos mayorcitos —le dijo a Allegra.
Ella guardó los adornos en silencio y no puso villancicos.
Lo único que él tenía ganas de hacer era ver la tele y dormir.
Cuando salieron a dar un paseo no le dirigió la palabra hasta que llegaron a casa.
De nada servía fingir que era el mismo: no lo era.
Había vuelto a casa un hombre con las chapas de identificación de Shep, no él, ni nadie que ella conociera.
—Vas a volver, ¿verdad? —le preguntó Allegra cuando estaban tendidos en la cama a oscuras, al día siguiente.
Él guardó silencio durante largos instantes.
—He de hacerlo —respondió finalmente—. Aquí no hay sitio para mí. Pensaba que sería capaz de adaptarme, pero no puedo. Al menos allí soy útil.
—Yo te necesito aquí, Shep —dijo ella, con lágrimas en los ojos—. Necesito que vuelvas a casa, de verdad. No como mi padre, que venía unas semanas y luego pasaba fuera otro año de nuevo. No puedes huir.
Tenía la certeza de que si se marchaba se echaría a perder para siempre, como le había ocurrido a su padre.
Su marido era una persona más humana de lo que jamás había sido su padre.
Se daba cuenta de que Shep estaba sufriendo mucho, pero esta vez ella no podía llegar hasta las heridas, tan profundas, para aliviarlas.
Él se había cerrado en banda. Se mostraba brusco cuando hacían el amor, y sufría unas pesadillas tan espantosas que profería gritos agónicos de madrugada.
Una noche, cuando llevaba en casa una semana, su mujer trató de despertarlo de una pesadilla y él se le echó encima súbitamente, aplastándola, la sujetó con fuerza por el cuello y la zarandeó.
Allegra chilló, pero Shep apretó más fuerte y ahogó sus gritos, hasta que de pronto se despertó, bajó la vista hacia ella y se apartó de un salto.
Se agazapó en un rincón, consciente de lo que había hecho, mientras Allegra pugnaba por respirar.
Estaba aterrorizado. Preso de la rabia y el miedo, en los últimos diez meses se había convertido en una máquina de matar.
Después se encerró en el cuarto de baño y rompió a llorar.
Cuando salió, ella estaba sentada en el sofá con el albornoz puesto.
Las marcas de sus manos aún se le apreciaban en el cuello, y apenas podía tragar.
Se miraron a los ojos; los de Shep reflejaban un dolor lacerante, y los de Allegra, desesperación. Esta vez ignoraba cómo recuperarlo.
—Necesitas ayuda, Shep —le susurró—. Sé que esto les ocurre a otras personas, no solo a ti. ¿Irás a algún terapeuta?
Él negó con la cabeza.
—No servirá de nada. Es demasiado tarde.
Se sentó y hundió los hombros. Ni siquiera era capaz de volver a mirarla a la cara. Le avergonzaba demasiado haberse convertido en lo que era ahora y lo que había estado en un tris de hacerle.
—Por el amor de Dios, Shep, no vuelvas. Quédate y busca ayuda.
—No servirá de nada. ¿Y si una noche te mato mientras duermes, como he estado a punto de hacer?
Lo dijo con lágrimas en los ojos. Aún la amaba, pero por sus venas corría demasiado veneno. Tenía miedo de sí mismo, y por ella.
—Puedes conseguir ayuda. Soy tu mujer. Te quiero y estoy aquí.
—No deberías estar. Ya no me conoces.
Él tampoco se conocía, lo cual lo asustaba. Había traído a casa un monstruo, como una enfermedad; lo llevaba dentro. Un monstruo que lo controlaba. A raíz de ese incidente le dio miedo irse a la cama, y solo dormía de día, cuando Allegra estaba despierta.
Ella había pedido días libres para estar con Shep en casa, pero no salieron.
Él dormía de día, vagaba por el apartamento de noche y, ante el temor de perder el control de nuevo durante una pesadilla, rehusaba acostarse con ella.
Parecía exhausto, con bolsas oscuras bajo los ojos.
En Nochevieja se negó a ir a Times Square, como habían hecho otros años, pese a ser lo acordado.
No probó una gota de la botella de champán que ella había comprado; se compró una botella de tequila de la que bebía unos cuantos tragos de vez en cuando.
Le ayudaba a relajarse. Apenas comía, y su esposa se dio cuenta de que estaba adelgazando incluso en casa.
Después de diez días tenía un aspecto más desmejorado que al llegar, y Allegra intuyó que estaba deseando marcharse.