Capítulo 7 #2
Allegra titubeó antes de responder a la pregunta de Jane. Con los cócteles de Pimm’s su reserva habitual se había relajado.
—De hecho, estoy casada. Mi marido está en Irak. Trabaja en el ejército, en inteligencia militar, como mi padre. Ambos se formaron en West Point. No entraba en sus planes quedarse en el ejército, pero ahora lo tiene claro. Le encanta su trabajo. Trabajar en la inteligencia militar resulta adictivo.
—Debe de ser duro tenerlo tan lejos —señaló Jane— y que se encuentre en peligro a todas horas.
Allegra asintió con la cabeza. Era cierto. Se preocupaba por Shep constantemente, en especial desde su última partida, cuando volvió a Irak para realizar otro periodo de servicio pese a que le estaba pasando factura, algo evidente que él negaba.
—Volverá dentro de un mes, en diciembre —dijo Allegra.
Pippa metió baza.
—Eso me recuerda que organizo un gran almuerzo tipo bufet en Acción de Gracias todos los años, para gente que no tiene familia con quien pasar la fiesta.
Las dos seréis bienvenidas si os apetece venir.
—Anotó su dirección en dos servilletas de papel y entregó una a cada una—. Las dos dais el perfil. —Les sonrió.
Allegra no tenía familia y la de Jane vivía en Salt Lake.
—Es perfecto —dijo la escritora, al tiempo que guardaba la servilleta en su bolso—. Mi novio acaba de comenzar su residencia y estará de guardia en Acción de Gracias y, por supuesto, el día de Navidad.
—Mi marido pasará las Navidades en casa —dijo Allegra en voz baja, sin añadir: «Si es que para entonces sigo teniendo marido».
A tenor del estado en el que se encontraba antes de irse, con pesadillas y las manos temblorosas, era imposible prever en qué condiciones estaría a su regreso.
Se despidieron en la acera al salir de P.
J. Clarke’s. Tanto Allegra como Jane lo habían pasado de fábula, y a Pippa le había gustado conocerlas mejor y escuchar sus confidencias durante la comida.
La vida de Allegra le pareció tremendamente triste, y la de Jane, en cambio, agobiante, en una familia de doce hijos, aunque la joven la presentara como una comedia televisiva.
Sin embargo, no siempre era divertido, ya que había mencionado que su padre era un tirano y que su madre nunca le plantó cara para defenderlos.
No obstante, Jane había comentado asimismo que con sus hermanos se llevaba fenomenal.
A pesar de que los añoraba, decía ser mucho más feliz en Nueva York.
Algunos de sus hermanos mayores tenían edad suficiente para ser sus padres, y se sentía menos apegada a ellos.
Estaba más unida a los menores, aunque llevaran un año sin verse; no podía permitirse ir a Utah con la miseria que cobraba en la librería.
Aun así, por lo visto disfrutaba de lo lindo viviendo en Nueva York.
Pippa no tenía hijos, llevaba veinte años divorciada y al encuentro que organizaba anualmente el día de Acción de Gracias, agradable y cálido, invitaba a editores con los que trabajaba y a otros a los que había conocido a lo largo del tiempo, a escritores de diversas edades y géneros y a gente ajena al mundillo editorial, así como a las amistades que cosechaba cada año.
Su vida era plena y ajetreada, poseía un don para encontrar personas interesantes y fuera de lo común, las cuales disfrutaban conociéndose en esa fecha señalada que en otras circunstancias posiblemente habrían pasado solas.
Su piso, situado en el Upper East Side, era ecléctico y estaba repleto de objetos que había ido acumulando en sus viajes a destinos exóticos.
Le chiflaba ir a la India, había viajado a Nepal, Oriente Medio y por toda Asia.
También había estado varias veces en Marruecos y lo pasaba en grande peinando los zocos.
Los artículos que compraba eran tan variopintos y curiosos como la gente a la que reunía.
Conocía a una joven chef, que se ocupaba de cocinar cada año.
Había comida tailandesa y marroquí, así como manjares especiales de todos los rincones del mundo, además de un hermoso pavo asado con la piel dorada, trinchado con maestría, con tres tipos de rellenos diferentes.
La comida era una delicia tanto para la vista como para el paladar.
Para Allegra fue un placer ver a Jane March allí.
Charlaron durante unos minutos antes de mezclarse con otros grupos que conversaban sobre libros y publicaciones.
Se trataba de una reunión idónea para gente que no tenía ningún otro sitio adonde ir ni nadie con quien celebrar la fiesta.
Todos los parientes de Pippa residían en Inglaterra y, como ella no se había criado con la tradición de Acción de Gracias, su concepto de la festividad era menos convencional, así que la convertía en un acontecimiento especial para los demás todos los años.
Los invitados habían sido convocados a las dos, y alrededor de las nueve muchos de ellos continuaban allí.
Algunos habían llegado pronto, otros más tarde; a última hora de la noche ya se habían formado pequeños grupos de tertulia mientras Pippa mantenía el ambiente animado con vino francés escogido con esmero, que acompañaba bien el surtido de comida.
Allegra hablaba con algunos de los editores sénior cuando Pippa se acercó a ella.
—¿Lo estás pasando bien? —preguntó, y Allegra le sonrió.
—Ha sido el mejor día de Acción de Gracias de mi vida, y la comida estaba buenísima.
Para entonces había media docena de tartas caseras, preparadas por la joven chef.
Pippa la había descubierto en un pequeño restaurante francés y la contrataba año tras año.
A la anfitriona le hacía gracia que una cocinera francesa y una editora inglesa organizaran una celebración internacional de Acción de Gracias en la que todo el mundo disfrutaba.
Allegra se fue con los últimos invitados a las diez; Jane ya se había marchado.
Pippa se despidió de ella con un abrazo.
Allegra lamentaba que Shep no hubiera podido asistir a la fiesta, pues le habría gustado muchísimo.
Todas las personas con las que había conversado le parecieron interesantes e inteligentes, con historias fascinantes que contar.
Y no se había sentido fuera de lugar, puesto que ninguno de los presentes parecía mantener lazos estrechos con su familia.
Pippa había cubierto sus necesidades con una gran generosidad al invitarlos.
Allegra había disfrutado de cada minuto, y se fue a casa con la sensación de haber conocido a un montón de nuevos amigos y gente a la que abrigaba la esperanza de volver a ver.
Se sentía afortunada de que Pippa la hubiera invitado.
Shep la llamó por teléfono a medianoche, y ella lo puso al corriente.
Él había celebrado Acción de Gracias con los oficiales del equipo de inteligencia en la cantina.
Habían tomado pavo con el relleno y la guarnición tradicional de la comida de Acción de Gracias, a pesar del entorno en el que se encontraban y de estar lejos de su país.
—Me alegro de que lo hayas pasado bien. Estaba preocupado por ti.
A Allegra le dio la impresión de que estaba triste.
Podría haber sido un día duro para ella, teniendo en cuenta que su padre y su abuela habían fallecido ese mismo año y no tenía a nadie con quien festejar tan señalada fecha, pero Pippa la había salvado proporcionándole la mejor celebración de su vida.
Como todas las festividades, se hacía cuesta arriba cuando faltaba una familia con quien pasarla, si bien es cierto que Allegra en realidad jamás la tuvo.
Ella siempre era la que se acoplaba, a la que invitaban por compromiso a las comidas de Acción de Gracias en casa de sus abuelos, un deber que se consideraban obligados a cumplir, y no conseguía recordar la última vez que había pasado ese día con su padre.
Él nunca estaba en casa en Acción de Gracias, y rara vez en Navidad.
Shep le dijo que había hablado con su familia antes y que uno de sus hermanos había ido a ver a sus padres con su mujer y sus hijos.
—Volveré dentro de unas semanas —dijo con voz apagada.
Allegra lo encontró más alicaído que de costumbre.
Él se calló que aquella mañana los había atacado un francotirador y que dos de sus amigos habían perdido la vida.
Jamás la ponía al corriente de noticias como esa.
No quería asustarla o inquietarla demasiado, y tampoco le permitían revelar gran cosa.
Sus conversaciones tenían que ser superficiales. No podía contarle sus penas.
Allegra y Shep planeaban pasar el día de Navidad solos en Nueva York, ir a Boston unos cuantos días después y luego regresar para fin de año y ver la caída de la bola en Times Square.
Lo habían hecho antes y les había gustado mucho.
Ella empezaba a ilusionarse con la llegada de Shep; no se había atrevido a hacerlo hasta ahora.
La vida se le antojaba muy frágil y efímera cuando él se hallaba en Irak.
Se preguntaba en qué condiciones se encontraría a la vuelta, si los diez meses de misión lo habrían carcomido aún más o si estaría endureciéndose ante lo que veía allí.
Ninguna era una buena perspectiva, y se preguntaba cuánto tardaría en sufrir pesadillas y si las manos todavía le temblarían.
Eso era lo que había visto cuando él regresó a Nueva York; ahora no podía predecir nada por sus conversaciones telefónicas, solo por su tono de voz.
Ni por asomo podía imaginar los horrores que Shep presenciaba. Y él nunca soltaba prenda.