Allegra Capítulo 7
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Capítulo 7

Después de que Isabelle se marchara de Nueva York, Allegra se concentró en el trabajo.

Estaba tratando con dos escritores, un hombre y una mujer.

Ambos eran interesantes autores noveles.

El primero había escrito una novela de temática médica que ella encontraba fascinante.

No lo conocía personalmente. Era un hombre mayor, de edad cercana a la jubilación, y residía en Cape Cod.

Solo se comunicaban por carta. Su estilo resultaba algo pedante, pero la trama era excelente.

Su editora sénior le había encargado que trabajara en el libro y ayudara al autor a pulir el texto.

También le asignó el manuscrito de la escritora, de ritmo más ágil, moderno y vivaz, ya que la autora era muy joven.

Jane March había escrito una novela de suspense que, desde el punto de vista de Allegra, poseía un claro potencial cinematográfico.

Allegra le comentó a su jefa, Philippa Parkinson, lo mucho que le había gustado.

Philippa, o Pippa, como acostumbraban a llamarla, era una editora veterana que llevaba veintisiete años trabajando en la casa.

De origen británico, tenía el pelo blanco níveo, cortado a la moda, y unos ojos azules chispeantes.

Allegra la admiraba. Pippa, avezada en el sector, le había dado a Allegra provechosos consejos desde que esta comenzara a trabajar con ella, tras su ascenso.

Según Pippa, Allegra poseía talento, y la estaba formando para que se ocupase de escritores algo más experimentados.

A pesar de su juventud, Pippa consideraba que poseía buen ojo para los libros e instinto para intuir qué se vendería.

Pippa hacía gala de un humor seco que a Allegra le gustaba mucho.

Allegra le preguntó si creía que Jane March tenía posibilidades de vender el manuscrito para una película.

Después de leerlo, Pippa coincidió con ella.

Telefoneó a Charlie Zang, un representante de actores de la agencia de talentos William Morris Endeavor al que conocía, y se lo envió.

Al cabo de dos semanas, él se puso en contacto con Pippa y le contó que quería mostrarles el libro a algunos productores a quienes podría interesarles adquirir los derechos con miras a adaptarlo al cine.

La autora se puso eufórica; su agente literaria también estaba encantada.

Jane era una joven oriunda de Utah que había escrito un libro impresionante.

Agradecía profundamente que Allegra hubiera suscitado el interés de Pippa y Charlie Zang por el libro, con tan emocionante y esperanzador resultado.

Uno de los productores de Hollywood a los que Charlie conocía adquirió los derechos.

Jane recibió una cantidad ínfima a cambio de los derechos para el cine ya que era desconocida y el libro aún no se había publicado, pero si más adelante se convertía en película, tendría un prometedor porvenir.

Allegra invitó a Jane a almorzar para celebrarlo y pidió a Pippa que las acompañara para que pudieran conocerse.

Pip­pa propuso ir a P. J. Clarke’s, lo cual entusiasmó a la autora.

Las dos jóvenes tomaron un cóctel de Pimm’s, mientras que Pippa pidió un martini seco, cosa que les pareció muy propio de adultos.

Para Allegra y Jane, era un almuerzo muy sofisticado.

Jane contó que su familia era mormona, que tenía once hermanos y que se había criado en Salt Lake City, en Utah.

Trasladarse a Nueva York y conseguir que su libro se adaptara a la gran pantalla era lo más emocionante que le había pasado en la vida. Allegra estaba contenta por ella.

Jane se había marchado de Salt Lake hacía dos años, tras graduarse en la Universidad Brigham Young.

Trabajaba en una librería de Greenwich Village y evitaba a su familia, que deseaba que regresara a casa.

Estaba escribiendo su segundo libro. A Allegra le fascinó su historia personal.

En desacuerdo con los preceptos eclesiásticos dictados hacía más de un siglo, su abuelo renegó de la Iglesia y se convirtió en el líder de un reducido grupo de fundamentalistas que practicaban la poligamia.

Tenía cuatro esposas y veintiún hijos, el menor de los cuales era su padre. Jane March contaba veinticuatro años.

—Deberías escribir sobre eso —le sugirió Pippa mientras se tomaba el segundo martini—. La gente lo encontraría fascinante. Escribe acerca de lo que conoces —le aconsejó.

—No creo que nadie me creyera si escribiera sobre mi familia. A la gente normal y corriente le parece muy rara la poligamia. Hasta los mormones la desaprueban y la prohibieron.

—A la gente le cautivan las historias sobre temas como las relaciones polígamas —le aseguró Pippa mientras comían unas hamburguesas y seguían bebiendo.

Al final del almuerzo todas estaban un pelín achispadas, pero sin llegar a perder la lucidez. La editora estaba convencida de que la familia de Jane sería un buen material para un libro.

—Mis padres no paran de enviar misioneros a la librería donde trabajo para convencerme de que vuelva. Me temo que van a despedirme —confesó Jane.

—Si Charlie Zang, de WME, consigue vender tu primer libro para una adaptación cinematográfica y se filma, podrás dejar tu trabajo en la librería —dijo Pippa para tranquilizarla.

—Aunque no llegue a rodarse la película, no pienso volver a casa —afirmó Jane.

Era una chica guapa de pelo oscuro, ojos grandes de color marrón y un estilo normal y corriente. Compartía piso con cuatro chicas en el Village, tenía novio y le chiflaba vivir en Nueva York, lo mismo que a Allegra. Mantuvieron una animada conversación en el transcurso del almuerzo.

—Mi abuelo murió hace años —comentó Jane—, y aunque todos sus hijos son mayores, casi todos siguen viviendo en la zona de Salt Lake.

Sus cuatro esposas aún conviven en la misma casa; son como amigas inseparables o hermanas.

Una de ellas es mi abuela, que era la más joven de las esposas.

Si no recuerdo mal, él tenía sesenta años cuando se casó con ella, que tenía veintiuno.

Habla de él como si fuera una especie de dios.

Es un fenómeno muy raro. A pesar de que la poligamia va en contra del dogma religioso desde hace años, en algunas zonas remotas de Utah hay pequeños grupos de fundamentalistas como mi abuelo que la siguen practicando.

Se les considera fuera de la ley, y la práctica de la poligamia se ve con malos ojos, pero aún existe —explicó Jane.

Allegra y Pippa estaban embelesadas con su relato.

—A mí no me gustaría compartir a mi marido, en el caso de que lo tuviera, con un puñado de mujeres —comentó Pip­pa, y a Allegra también le resultaba inconcebible.

Sin embargo, sorprendentemente, Jane aparentaba ser una chica normal a pesar de su insólita historia.

—Yo perdí a mi abuela en abril —les contó Allegra.

Se sentía relajada y disfrutaba estando con ellas. Trabajaba duro y hasta la fecha no había trabado muchas amistades en la editorial. Era introvertida y tímida.

—Lo siento —dijo Pippa con empatía—. ¿Estabas muy unida a ella?

Conocía muy poco a Allegra y le picaba la curiosidad. Era una chica muy celosa de su vida privada.

—La verdad es que no, aunque un p elín más en los últimos años.

Ella y mi abuelo eran muy conservadores y poco dados a relacionarse con niños.

No llegué a conocerlos bien hasta que me vine a Nueva York a estudiar en la universidad.

Aunque pasaba las vacaciones con ellos cuando estaba en el internado en Massachusetts.

—¿Tus padres habían fallecido? —preguntó Jane con cautela, pues también sentía curiosidad por ella.

—No. Mi padre estaba en el ejército, en inteligencia militar. También ha muerto este año. Se pasó la vida entera en zonas de guerra a lo largo y ancho del mundo. Yo lo veía durante unas cuantas horas más o menos una vez al año. Lo mataron en Irak justo antes de jubilarse.

La suya tampoco era una historia corriente; a Pippa le intrigaban ambas. Para ella, las escritoras jóvenes y sus protegidas en la editorial eran como sus hijas. Disfrutaba con la labor de mentora. Le resultaba más fácil que la verdadera maternidad, cuya idea nunca la había seducido.

—Da la impresión de que las dos tenéis historias interesantes que contar —manifestó—. Allegra, ¿te has planteado alguna vez escribir?

—Alguna que otra vez. No sé si tengo talento. Nunca lo he intentado, pero me apasiona la lectura. De pequeña era mi mundo de fantasía. Los personajes de los libros eran mis únicos amigos. —Hablaba de una vida solitaria que Pippa tan solo alcanzaba a imaginar.

—El noventa por ciento de la escritura es disciplina y dedicación, en la misma medida que el talento. Tengo la sensación de que se te daría bien —dijo Pippa con dulzura para animarla.

—No sé qué podría contar —dijo Allegra con timidez.

—Ya lo averiguarías —afirmó Pippa con convicción—. ¿Qué me dices de tu madre? ¿Dónde estaba?

—Ella vive en Inglaterra. Se fue cuando yo tenía seis años.

Allegra lo dijo con la mayor naturalidad, como si fuera una circunstancia de lo más normal. Y, para ella, a estas alturas lo era.

—De modo que tu padre viajaba a zonas de guerra por todo el mundo y lo veías una vez al año, tu madre te abandonó a los seis años y te criaste en un internado.

¡Lo que podría hacer con semejante material!

—terció Jane, soñadora, y las tres sonrieron—.

Yo nunca pude pasar un minuto lejos de mis hermanos. Tu vida me parece un sueño.

Pippa se olía lo contrario: que Allegra había llevado una existencia solitaria, y probablemente dolorosa.

—Nunca me ha parecido gran cosa para escribir sobre ello —señaló Allegra con modestia. No se había planteado la vida con la idea de relatar sus vivencias, aunque la perspectiva de hacerlo la tentaba.

—¿Tienes novio? —le preguntó Jane—. El mío se vino a estudiar Medicina a la Universidad de Nueva York. Apenas lo veo; ahora está haciendo prácticas.