Allegra Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

En octubre, Isabelle por fin apareció para liquidar la herencia.

Puso a la venta la residencia de Newport; no tenía interés alguno en conservarla, puesto que estaba casada y vivía en Inglaterra desde hacía muchos años.

Se había asentado allí, y la idea de mantener una gran casa en Estados Unidos no le resultaba atractiva.

Antaño, en su juventud, odiaba el encorsetamiento y el tedio de los veranos en Newport.

A Allegra le entristeció enterarse de que quería venderla.

Guardaba recuerdos de su infancia en aquella casa, algunos de los cuales le eran queridos, los únicos recuerdos familiares felices que conservaba.

Isabelle pasó una semana en Nueva York, tomando decisiones relativas al piso de sus padres, que igualmente puso a la venta, y sacó los muebles a subasta.

Se quedó con algunos cuadros, que eran valiosos, y vendió las joyas de su madre, salvo unas cuantas piezas que prefirió guardar.

Para gran sorpresa de su hija, Isabelle tuvo el detalle de telefonearla y pedirle que almorzaran juntas en el Plaza, donde se hospedaba.

Allegra acudió más bien movida por la curiosidad que por abrigar cualquier esperanza de que se produjera una pro­funda conexión emocional.

Sabía que eso no sucedería. No cabía ninguna posibilidad de conectar, y Allegra recelaba de su madre.

Isabelle solo pensaba en ella misma: no le importaba nadie más.

—Por Dios, qué cantidad de trabajo supone deshacerse de todos esos trastos —comentó Isabelle nada más sentarse.

Tenía cuarenta y seis años, pero aparentaba diez menos. A Allegra le dio la impresión de que se había hecho algún retoque en la cara desde su último encuentro.

—Estoy intentando vender la residencia de Newport con todo su contenido. Es ideal para alguno de esos nuevos ricos de Texas que no tienen ni idea de qué hacer con su dinero y quieren dar la nota en los círculos sociales de Newport —siguió diciendo.

Sonrió. Iba a deshacerse de la totalidad de su historia familiar, y de Allegra, sin miramientos, aunque esta jamás hubiera formado parte de ella, salvo como visitante ocasional.

Nunca la habían tratado como a un miembro de la familia de pleno derecho, aunque lo fuera.

Era una extraña a la que a veces invitaban.

Isabelle depositó un pequeño estuche forrado de ante encima de la mesa ante su hija.

—Por cierto, creo que a ella le habría gustado que tuvieras esto.

A su manera distante, te quería. Fueron pésimos como padres, y me figuro que no fueron mejores como abuelos —comentó Isabelle a la ligera—.

Yo los odiaba cuando era más joven. Ahora ya no.

Sencillamente, eran personas muy estiradas, aburridas, parte de una especie en vías de extinción.

Allegra abrió el estuche con cuidado; dentro había un broche con un rubí en forma de corazón que sabía que a su abuela le chiflaba, y se conmovió.

Fue una delicadeza por parte de su madre regalárselo, y un gesto de generosidad impropio de ella.

Sabía que no valía gran cosa, pues de lo contrario su madre se lo habría quedado.

—Gracias, me encanta —dijo Allegra, emocionada por un momento.

A renglón seguido, su madre se explayó sobre su viaje, la vida que llevaba en Inglaterra y el crucero que estaba planeando realizar, y Allegra, mientras, la escuchaba.

No se dignó preguntar a su hija cómo le iba la vida, ni se preocupó lo más mínimo por la circunstancia de que ahora estuviera sola en el mundo.

Tan solo eran dos mujeres, prácticamente desconocidas, que habían quedado para almorzar.

Allegra llevaba camuflada la alianza, como de costumbre, con otro anillo.

Al término del almuerzo tuvo la sensación de que tal vez jamás volvería a ver a su madre.

No había motivos para reencontrarse. Isabelle había viajado a Nueva York con el objetivo de desprenderse de las posesiones de sus padres, no para ver a Allegra.

Su hija era un cero a la izquierda en su vida, nada más.

Cosa del pasado, el resultado de un desatino de juventud.

Hacía diecisiete años que Isabelle había renunciado a Allegra y rehusaba tenerla de nuevo cerca.

Habría sido una crueldad fingir lo contrario, y no lo hizo.

Allegra era alguien a quien había apartado de su vida, de quien no se consideraba responsable, si bien no ponía reparos a reencontrarse con ella de vez en cuando si las circunstancias lo propiciaban, siempre y cuando no se viera en la necesidad de hacer ningún esfuerzo o de preocuparse por ella.

Al despedirse ni besó ni abrazó a Allegra, ni prometió que mantendrían el contacto.

Se limitó a decir adiós con un ademán, y se fue revoloteando como siempre; quizá algún día aparecería mariposeando de nuevo.

Allegra abrigaba la esperanza de que no fuera el caso.

Jamás habían establecido el menor vínculo.

Isabelle se había encargado de eso. Sin Mariette y Bradley, no tendrían ninguna razón para volver a verse, e Isabelle no se tomaría la molestia de intentarlo.

Allegra lo sabía bien. Regresó a su oficina con el broche del rubí guardado en el bolso.

Era la única reliquia con valor sentimental que poseía.

Y el único vestigio del pasado familiar que conservaba, salvo por los recuerdos que prefería olvidar de personas que la habían abandonado.