Allegra Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Es más fuerte de lo que piensas. Ya lo han sometido a algunas pruebas duras, que ha superado con creces. Es lo que él quiere. Todas las esposas y las madres del mundo opinarían lo mismo que acabas de decirme. Esto no lo matará, Allegra. Hará de él un hombre.

Jamás la ayudaría a disuadir a Shep.

El último fin de semana que pasaron juntos fue un calvario para ambos.

Shep se sentía culpable, y Allegra desconsolada, una mala combinación.

Y en esta ocasión ella lloró más después de su partida que cuando se disponía a marcharse.

No lo acompañó a Washington para despedirse de él; se fue a trabajar.

Pensaba volcarse en su profesión durante los diez meses siguientes.

Su ausencia era beneficiosa para su trabajo, pero no para su corazón, su alma o su vida.

Estaba convencida de que la idea de permanecer en el ejército era una equivocación, para ambos.

Se dejó la piel trabajando durante aquellos diez meses. Rindió bien, y la ascendieron a editora a los veintitrés.

Recibía noticias de Shep y temía por su vida y su alma cada día.

Ya alcanzaba a percibir cambios sutiles en él por teléfono.

No lograba identificar con precisión en qué había cambiado, pero no le cabía duda de que lo había hecho.

A raíz de la invasión de Irak por parte de Estados Unidos lo transfirieron allí, a Bagdad, en abril.

Ella cumplió los veintitrés estando él allí.

La vida no se interrumpió porque Shep estuviera en Irak. No obstante, supuso la pérdida de la inocencia para ambos.

En abril, casi un año después de la muerte de su esposo, la abuela de Allegra falleció a consecuencia de un infarto agudo mientras dormía. Desde hacía un año deseaba morir. Perdió las ganas de vivir cuando su esposo murió.

Esta vez Isabelle no viajó a Estados Unidos. El abogado de Mariette la telefoneó para comunicárselo, y ella dijo que no le daba tiempo a asistir al funeral. Estaba realizando un crucero por el mundo con su esposo en un yate privado, y, según aseguró, resultaba complicado regresar.

Allegra se ocupó de todas las gestiones y organizó un digno y respetuoso funeral para una mujer que, aunque la hubiera desatendido de pequeña, al final fue amable e hizo lo que pudo por su nieta, cosa que esta reconocía y tenía presente.

En su corta vida había conocido bien la incapacidad de la gente para amar.

Estaba convencida de que Isabelle aparecería en algún momento, a su conveniencia, con el fin de liquidar la herencia.

Mariette dejó a Allegra una pequeña pero respetable suma de dinero, que le proporcionaría cierto desahogo y le permitiría darse algunos caprichos, sin cambiarle la vida de manera drástica.

Su abuela legó el grueso de su patrimonio a su única hija, Isabelle, según la voluntad de su esposo, aunque ella no estuviera de acuerdo del todo.

En cualquier caso, había respetado sus deseos.

En junio, Allegra recibió otra desagradable noticia.

Su padre, al que tenían previsto destinar a Washington, estaba planeando retirarse.

No le quedaba otra. Bradley había alargado su carrera militar el máximo tiempo posible.

Estaba a punto de cumplir los sesenta y ocho y era teniente general, pero, mientras llevaba a cabo una última misión en una de las zonas de combate iraquíes antes de su partida, un francotirador lo asesinó de un disparo.

Allegra sabía que él prefería morir así en vez de languidecer a medida que iba envejeciendo y sufriendo achaques en su vida como civil.

Murió mientras conservaba la fortaleza y la vitalidad.

Un subalterno se puso en contacto con ella desde el Pentágono; no había nadie más a quien comunicárselo.

Cuando recibió la llamada, pensando que guardaba relación con Shep, se le cortó la respiración al tomar asiento para oír la mala noticia.

Fue casi un alivio para ella averiguar que atañía a su padre.

Hacía cuatro meses que no lo veía, desde que le pidió que disuadiera a Shep de su idea de reengancharse y él se negó.

Tuvo sentimientos encontrados respecto a la muerte de su padre.

Este jamás había sido cariñoso con ella, jamás la había cuidado, y era probable que jamás la hubiera querido.

A su manera, su padre había sido en muchos aspectos como Isabelle.

En su caso, había cumplido con su obligación a efectos prácticos proporcionándole una educación y ocupándose de darle un techo de pequeña con miembros de su familia, siempre y cuando no fuera con él.

Y en cuanto alcanzó la mayoría de edad, le costeó un modesto apartamento y le envió una pequeña asignación.

Sin embargo, la abandonó, tanto física como emocionalmente.

No obstante, seguía siendo su padre, y ella sabía que debía quererlo, pero no estaba segura de que fuera el caso.

No se sentía culpable. Era un hecho inevitable, dado lo mucho que le había fallado como padre.

Se sintió bloqueada al escuchar la noticia, incapaz de sentir nada.

Y no era de extrañar que, al no tener otros parientes vivos, le dejara el dinero que poseía a su hija.

No era una gran cantidad, pero sí mayor de lo que Allegra esperaba.

Bradley Dixon carecía de posesiones; disponía de un pequeño piso alquilado en Wash­ington.

No daba ninguna importancia a los bienes materiales.

Su carrera militar lo había sido todo para él, por encima de las personas o el dinero.

Lo que legó a Allegra le proporcionó un colchón adicional, sumado a lo que había recibido de su abuela. Era una suma respetable.

No hizo falta que organizara el funeral, pues el ejército se ocupó de ello.

Lo enterraron con todos los honores que correspondían a su rango de teniente general, en el cementerio de Arlington.

Fue una ceremonia impresionante, puesto que había recibido numerosas condecoraciones por su servicio, y a Allegra le sorprendió lo poco que la afectó.

Cogió el tren de regreso a Nueva York sola, ya que Shep se hallaba en Irak y le fue imposible asistir.

Se encontraba en medio de una operación de alto secreto que requería su presencia allí.

Con la muerte de su padre, no le quedaba ningún familiar vivo excepto su madre, que, en realidad y por decisión propia, no contaba.

Isabelle nunca había querido ser madre, y no lo fue.

Comprender que no le quedaba a nadie en el mundo salvo Shep, con quien nadie sabía que estaba casada siquiera, le causó una extraña sensación.

No se habían molestado en contárselo a nadie antes de que él se marchara.

Y ahora no estaba segura de que eso tuviera importancia.

Con saber que estaba casada con él le bastaba. No quedaba nadie que mirara por ella.

Como la casa de Newport ahora era propiedad de su madre, Allegra no se sentía a gusto yendo allí.

Por primera vez en más de una década, ese verano no fue.

A fin de cuentas, no habría sido lo mismo sin su abuela.

Se quedó en Nueva York trabajando todo el verano, lo cual le mantuvo la mente ocupada y la abstrajo de pensar en los importantes cambios que se habían producido en su vida en los últimos dos meses.

Necesitaba tiempo para asimilarlo y digerirlo.

Aunque salía con amigas del trabajo alguna que otra vez, pasaba la mayor parte del tiempo sola.