Capítulo 6
Shep y Allegra fueron a casa de la abuela Mariette a llevarle un regalo el día de Nochebuena.
Como la interna les dijo que estaba dormida y que no se encontraba bien, se lo dieron a ella.
Allegra intuía que Mariette estaba dejándose morir, llorando la muerte de su esposo, con la voluntad de no permanecer en la tierra de los vivos.
Pasaron el día de Navidad solos en el apartamento; a Shep le encantaron los regalos.
Los jerséis le quedaban perfectos, y se puso el reloj de pulsera al instante.
Él le había comprado a Allegra un suéter verde claro, de la misma tonalidad que sus ojos, y una fina pulsera de oro que a ella le gustó muchísimo también.
Llevaba enganchado un pequeño corazón de oro, y Shep había encargado que grabaran la fecha por detrás.
Eran las segundas Navidades desde que se casaron, y las primeras que pasaban juntos.
En las anteriores él se encontraba en Afganistán, donde estaba también cuando fue su primer aniversario de bodas.
El día transcurrió tranquilo, vieron películas antiguas en la tele y comieron palomitas. Estaba nevando de nuevo, un tiempo ideal para quedarse en casa, acurrucados en la cama y haciendo el amor. Vivían en su mundo particular.
Shep esperó hasta la primera semana de enero, después de las fiestas, para anunciarle a Allegra que había tomado una decisión.
Ella intuyó que se trataba de algo importante.
Le temblaban las manos cuando se lo dijo, aunque como casi siempre.
Quería que fuera al médico, y él respondía que lo vería uno en la base cuando regresara a Washington.
Seguía insistiendo en que no era nada, pero a Allegra no la convencía.
A veces notaba que se estremecía de arriba abajo cuando estaba dormido, como si tiritase de frío.
Si bien no lo atormentaban las mismas pesadillas que antes, con frecuencia sollozaba o gritaba en sueños.
Afganistán había hecho mella en él. Más de lo que ella imaginaba.
Le comunicó su decisión un domingo por la mañana.
—Voy a quedarme en el ejército —anunció—. Voy a reengancharme cuando finalice mi periodo de servicio. Me gusta la labor que desempeño. Es un buen trabajo, y considero que es la profesión adecuada para mí.
Lo dijo en tono resuelto, incluso beligerante, y Allegra notó que se le aceleraba el corazón mientras lo escuchaba.
Era lo último que deseaba oír. El ejército había echado a perder a su padre.
Se resistía a que echara a perder a Shep.
Él no encajaba en ese perfil. No quería estar casada con un hombre como su padre, que se pasaba la vida fuera, siempre en algún lugar en la otra punta del mundo.
Ella no se había comprometido con eso. Shep le había dado su palabra de que lo dejaría.
Ahora había cambiado de parecer. Era una persona tierna, un alma sensible. El ejército lo destrozaría.
—¿Qué significa esto para nosotros? —le preguntó Allegra con voz ahogada.
—Que al final podré acabar en un puesto de oficina en Washington, llevando a cabo un trabajo interesante que me gusta muchísimo. No me enviarán a sitios como Afganistán cada dos por tres. Esto es solo el principio. Después de esto, me asentaré.
—¿Y si no es el caso?
—Puedo solicitar puestos en Estados Unidos.
—Y ellos pueden mandarte a donde les plazca si consideran que te necesitan allí.
Sabía cómo funcionaba. Lo había comprobado a lo largo de su vida con su padre, aunque el suyo era un caso extremo: su padre deseaba desplazarse a zonas de guerra.
Esa era su especialidad, y su punto fuerte.
No era el de Shep: los dos periodos de servicio que había realizado en Afganistán le habían pasado factura.
—Me gustaría intentarlo como profesional. Si la cosa se tuerce, no tendré que reengancharme y podré conseguir trabajos interesantes más adelante, en el ámbito de la seguridad internacional, el espionaje industrial, en puestos donde use mis habilidades estratégicas.
—En el ámbito civil no existen zonas de guerra, Shep.
En un trabajo normal y corriente no hay que ir por ahí asesinando y torturando a la gente.
Y una vez que tomes ese rumbo, no habrá vuelta atrás.
Mira en lo que se ha convertido mi padre; es una máquina de matar.
Tú no eres así; nada que ver. Las únicas personas que consiguen dejar esto vuelven rotas o con graves secuelas.
Fíjate en tus manos: así empieza. —Allegra le hablaba en tono claro y sereno—.
Mi abuelo paterno era igual que él, tal vez peor.
Es cosa de familia. Tú aspirabas a dedicarte a los negocios.
Eso sería mucho mejor para ti, y para nosotros.
—He aprendido cosas de las que puedo sacar mejor partido en el ejército que en ningún otro sitio. En el ejército soy alguien. En la vida civil seré un cero a la izquierda.
—Tarde o temprano, si vuelves a sitios como Afganistán, te romperás. Ya lo estás haciendo.
—Es estresante, pero puedo manejarlo —le aseguró él.
Aunque no lo creyó, Allegra supo con certeza que sería imposible hacerle cambiar de opinión.
Le habían echado el anzuelo. Ahora pertenecía al ejército.
Eso se les daba la mar de bien. Se trataba de un club secreto del que no había escapatoria una vez que te iniciaban.
Y estaba claro que era su caso. Ahora era miembro del club en toda regla.
—¿A qué acuerdo has llegado con ellos? —le preguntó.
Cuando lo miró a los ojos supo que el acuerdo estaba cerrado. Pensó si no lo habría decidido antes de regresar y prefirió no revelárselo hasta pasadas las fiestas. Él se encogió al oír su pregunta. Era culpable sin remisión.
—Quiero renovar mi compromiso y ver hasta dónde soy capaz de llegar.
Me gustaría ascender a un alto rango antes de abandonar la carrera militar.
—Ya era capitán—. Tengo que estar de vuelta en Washington el 8 de febrero.
Pretenden enviarme a Afganistán el 1 de marzo.
En principio regresaría por Navidad de nuevo, y luego realizaría un servicio de seis meses en el Pentágono, antes de que me destinasen al extranjero otra vez.
—Iba a ausentarse otros diez meses—. El día que deje el ejército tendré muchísima experiencia, y no habré cumplido los treinta.
Para entonces tú ni siquiera tendrás veintiséis.
Todavía somos jóvenes. A partir de entonces podremos formar una familia si quieres, y tendré la seguridad de que me quedaré por aquí, destinado en Washington el máximo tiempo posible.
Quiero seguir alistado hasta que cumpla los treinta.
—Otros cuatro años jugando a la ruleta rusa.
—Nunca tendrás la seguridad de que te destinen a Washington. Si te dijeran eso, mentirían. Con independencia de lo que te prometan ahora, te mandarán a donde se les antoje. Has pasado dos semanas en casa y ya quieres volver a Afganistán diez meses.
El ejército se lo había arrebatado, estaba claro.
Por mucho que intentaran demorarlo, ya les pertenecía.
El veneno corría por sus venas. Por eso temblaba y gritaba por las noches.
Y lo que quedaba de su antiguo yo sollozaba en sueños.
Para ella era una tragedia, la pérdida de un maravilloso ser humano.
Lo peor era que lo amaba y no deseaba abandonarlo.
—¿Y a mí qué me queda? ¿Que vuelvas a casa cada año por Navidad, como el Fantasma de las Navidades Pasadas, cada vez un poco más roto hasta que un día no tenga remedio? Lo único que recogeremos son los pedazos. Estás tirando tu vida por la borda. —Y la suya, pensó, aunque se lo calló.
—No te pongas tan dramática. Soy más fuerte de lo que piensas. Podré soportarlo.
—Nadie puede —repuso ella con tristeza—. Fíjate en la cantidad de hombres que acaban destrozados. Tarde o temprano te derrumbarás.
—Los que se derrumban son los débiles —afirmó Shep con rotundidad.
Allegra negó con la cabeza.
—No, esos son los que tratan de aferrarse a lo que queda de ellos.
Se apoderarán de ti, Shep, y harán lo que se les antoje contigo.
Y cuando estés demasiado destrozado para ser de provecho, te desecharán o te endilgarán un trabajo de mierda que odiarás.
Veneran a los hombres como mi padre, dispuestos a todo. Tú no eres así.
Él aspiraba a jugar en la liga mayor, pero ignoraba por completo el precio que conllevaría.
—Y no deseo tener hijos algún día con un hombre que se pasa la vida fuera. Yo me crie así. Me niego a hacer lo mismo.
—Todavía no estamos preparados para tener hijos. Podemos hablarlo cuando llegue el momento.
Allegra se dio cuenta de que era imposible disuadirlo, que lo tenía claro. Ellos habían ganado. Se lo habían metido en el bolsillo con la tentadora oferta de puestos jugosos.
Su decisión empañó el resto del tiempo que pasaron juntos en Nueva York.
Ella retomó el trabajo y se reunía con él en casa por las noches.
Los planes que abrigaba, hacer carrera en el ejército, se interponían entre ambos como un muro.
El sentido de su estancia cambió. Era una mera visita, no una vida.
Shep regresó a Washington a principios de febrero, y luego fue a casa dos fines de semana. Su partida a Afganistán estaba prevista para el 1 de marzo. Esta vez Allegra no pensaba ir a despedirlo. Era superior a ella, y temía ver en qué se habría convertido a su regreso.
Por pura casualidad, su padre viajó a Estados Unidos para pasar una semana en febrero.
Un día fue a Nueva York a ver a Allegra.
Esta sacó a colación el tema, el hecho de que Shep no era el hombre adecuado para que lo convirtieran en una máquina de matar, en un estratega de primera que presenciara todos los horrores de la guerra.
—Esto lo destruirá —dijo durante el almuerzo.