Allegra Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

A ella le pareció sensato. A estas alturas ya no lo consideraba un niño: ahora era un hombre hecho y derecho.

Pronto cumpliría los veintisiete, aunque aparentaba mucha más edad.

Lo que quiera que fuese que había visto en Afganistán no solo le había hecho madurar, sino envejecer.

Era una guerra terrible. Todas lo eran, pero la de Afganistán, que había destrozado y desengañado a muchos hombres antes que a él, lo era en pa rticular.

Allegra advertía el desencanto y la tristeza en sus ojos.

Fueron a ver el árbol de Navidad del Rockefeller Center y a patinar sobre hielo, como hacían de pequeños. Ahora que estaban casados, Allegra se sentía muy madura, sobre todo teniendo a Shep en casa. Con él a su lado, su matrimonio parecía más real. Cuando estaba sola poseía un cariz fantasioso.

Se dio cuenta de que él no hablaba del futuro como antes.

No mencionó la perspectiva de buscar trabajo en junio, ni qué rumbo debería tomar su porvenir en la vida civil.

Lo notaba más fatalista tras haberse enfrentado a la muerte día a día.

Mostraba una actitud más cínica. Era muy inocente, y muy optimista de cara al futuro, en los primeros años de su juventud; ahora no tanto.

Había comprobado los inesperados y aciagos derroteros que la vida podía tomar en zonas de riesgo.

Había visto a hombres morir ante sus propios ojos, tanto camaradas como enemigos.

Había sido testigo de ejecuciones, y de muertes fortuitas y repentinas que jamás deberían haberse producido.

—En ninguna circunstancia debería haber guerras —dijo él—. Destruyen a demasiados hombres.

Allegra se sentía afortunada de que no fuera su caso, de que hubiera vuelto con ella de una pieza, aun cuando las manos le temblaran. Se figuraba que eso desaparecía con el tiempo. Shep era joven y había sobrevivido.

Almorzaron tarde en un deli y luego volvieron caminando a casa.

Hacía frío, pero fue agradable sentir el aire en la cara mientras cruzaban el barrio de los teatros de camino a Hell’s Kitchen.

Estaban poniendo los típicos musicales junto con una nueva producción de Un cuento de Navidad.

A ella de pequeña le encantó El cascanueces .

Su abuela paterna la llevó a ver la obra en un arrebato de generosidad navideña; Allegra siempre lo recordaba.

Era su único recuerdo feliz de los Dixon.

Al llegar se acomodaron mientras fuera comenzaba a nevar.

—Por lo visto van a ser unas Navidades blancas —comentó Allegra sentándose en el sofá.

De buenas a primeras, él puso cara larga.

—A la mierda la Navidad. —Lo dijo con vehemencia, y ella se quedó perpleja. Ese arranque era impropio de Shep—. ¿Eres consciente de la cantidad de hombres que han muerto en Afganistán este año?

Su tono fue tan áspero que Allegra se quedó muda unos instantes, sin saber qué decir. A él siempre le habían encantado las fiestas navideñas.

—Lo siento. No pretendía ofenderte. Seguramente no estoy muy al tanto de las circunstancias de la guerra, pero tú nunca hablas de ello —dijo con delicadeza.

—Es que no puedo. Lo que sé es información clasificada, y algunas cosas, incluso de alto secreto. Pero, créeme, es un horror.

A tenor de su expresión, ella no puso en duda lo que acababa de decir. Había anochecido y, tras pasar fuera todo el día, se hacía cargo de que estaba cansado. Tan solo llevaba en casa dos días. Aún estaba adaptándose a la normalidad de Estados Unidos.

—¿Crees que sería conveniente que acudieras a terapia? —le preguntó con cautela mientras cenaban.

Tras su anterior regreso se sentía triste y roto. Esta vez estaba furioso; Allegra se daba cuenta de cómo bullía la ira bajo la superficie. Parecía una fuerza poderosa que procuraba reprimir.

—No necesito terapia, estoy bien —replico Shep con brusquedad, rechazando la sugerencia—. Estoy contento de estar en casa.

Allegra prefirió no decirle que a ella le parecía irritado; no deseaba herir sus sentimientos. Pensaba que acudir a un terapeuta no era nada de lo que avergonzarse, pero como a todas luces él discrepaba, no volvió a sacarlo a colación.

Al regresar de Boston después de ver a sus padres, Shep comentó que había ido bien, sin entrar en detalles.

Allegra los conocía desde hacía años. Siempre le había dado la impresión de que se mostraban distantes e indiferentes con ella; Shep aseguraba que su relación con ellos no era estrecha.

Muy rara vez mencionaba a sus hermanos, igual que a sus padres, salvo para decir que estaban más unidos a sus otros hijos y que a él jamás lo habían entendido.

Allegra no lo sonsacaba al respecto, dado que solo decía eso cuando estaba bebido, cosa que no sucedía a menudo.

Al día siguiente de su viaje a Boston, la víspera de Navidad, Shep tuvo una pesadilla y ella se despertó al oírlo gritar entre sueños.

Decía algo sobre una mina terrestre, y después estalló en sollozos.

Aunque lo intentó, no consiguió despertarlo; estaba profundamente dormido.

Lo sostuvo entre sus brazos hasta que por fin se calmó y dejó de rebullirse.

Se quedó desvelada un buen rato, observándolo con preocupación.

Los cambios que apreciaba con respecto a cuando se marchó eran sutiles, pero bastaban para inquietarla, y se preguntó qué parte de él se habría roto esta vez.

Fuera la que fuese, se hallaba enterrada en lo más hondo.