Allegra Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Allegra se acercó para sentarse a su lado y acurrucarse juntos.

Él la rodeó con el brazo, la apretó contra sí y se quedó callado mientras contemplaba las luces del árbol.

Tenía una expresión ausente, la misma que ella había percibido antes, en el coche.

Era obvio que se había traído consigo los recuerdos.

Su esposa sabía que hablaría de ellos cuando estuviese preparado, en la medida en que le fuera posible.

Gran parte de lo que hacía no podía revelárselo.

Allegra le había contado todos los pormenores de su trabajo en el coche de camino a casa, y él había echado una cabezada cuando ella se puso al volante.

Shep siguió mirando el apartamento como si fuese un palacio y le costara creer que se encontraba allí.

—En nuestra última misión nos enviaron a una de las provincias, donde nos alojamos en chabolas y chozas de adobe. No tienes ni idea de la impresión que me causa esto ahora. Todo es precioso, lo mismo que tú.

Recorrió sus facciones con el dedo, lo deslizó hacia abajo por su cuello hasta el pecho y la besó al tiempo que la pasión se avivaba en ambos. Estaban ávidos el uno del otro.

Tras hacer el amor de nuevo, ella le sirvió una copa de vino y preparó la cena.

Había comprado un bistec para él porque le chiflaban.

Se fijó en que le temblaba la mano con la que sostenía la copa, lo bastante como para darse cuenta enseguida.

Prefirió no preguntarle nada la primera noche que pasaban juntos, pero se inquietó.

Y cuando lo miró a los ojos percibió el mismo pesar que reflejaban en su última visita.

Afganistán le había pasado factura otra vez.

Era imposible volver indemne de sitios como aquel.

Aunque las señales eran más sutiles esta vez, en el transcurso de la cena vio que no sonreía como antes.

Daba la impresión de que llevaba el peso del mundo sobre los hombros.

Cayó en la cuenta de que simplemente había aprendido a ocultarlo mejor desde su primera misión.

Shep durmió de un tirón aquella noche y se despertó a las cinco debido al desfase horario.

La despertó para hacerle el amor. Era viernes, y ella se había tomado el día libre, igual que la víspera para recibirlo en Washington.

Empezaba el fin de semana anterior a la Navidad, que caía en miércoles.

Tal y como le prometieron, estaba en casa para las fiestas navideñas.

Allegra tenía que trabajar el lunes y la mitad de la jornada del martes, y después disponía del resto de la semana para estar con él.

Shep tenía previsto ir a Boston el lunes a pasar el día con sus padres, pero antes quería estar con ella el fin de semana.

Pasarían las Navidades juntos, solos en el apartamento.

Después de hacer el amor se volvieron a dormir, se despertaron tarde y Allegra le preparó un opíparo desayuno con tortitas, huevos y beicon.

Shep lo devoró y, una vez más, ella reparó en que le temblaban las manos y se preguntó si habría caído enfermo en Kandahar y se lo había callado.

Él se dio cuenta de que lo había visto, y se encogió de hombros al tiempo que dejaba el tenedor en el plato.

—Gajes del oficio —dijo, como quien no quiere la cosa—. No es nada.

—¿Te vio un médico allí? —preguntó Allegra, preocupada.

—Lo han visto antes, en zonas de combate.

—¿Pasaste mucho tiempo en zonas de combate? —preguntó con delicadeza.

No soltaba prenda. Se suponía que había ido a hacer un trabajo de oficina, pero ella sabía que no.

—El suficiente, pero nunca durante estancias prolongadas.

Llevamos a cabo misiones específicas y volvimos con bastante rapidez.

Los soldados rasos deben quedarse allí; los de inteligencia militar no.

Nosotros nos desplazamos con una misión concreta, o para evaluar una zona.

—Era lo máximo que jamás le había revelado.

—Debe de ser estresante a más no poder —comentó Alle­gra, pensando en sus manos temblorosas.

—Para eso estamos allí.

Shep sonrió y, por un instante, pareció un desconocido. Tenía la mirada de quien ha ingresado en una secta y se enorgullece de formar parte de ella. Esa mirada no estaba en sus ojos la última vez. Se había traído consigo la zona de combate.

Salieron a dar un largo paseo y contemplaron los escaparates navideños. Era un lujo disponer de un día libre para pasarlo con su marido. Mientras caminaban, él sacó a relucir a sus hermanos.

—Tendrás que conocerlos uno de estos días, cuando contemos a todos que estamos casados. ¿Sigue en pie la boda? —le preguntó.

Le resultaba raro estar de vuelta en un mundo normal con decoración navideña y bodas. Costaba acostumbrarse, pero sabía que no le quedaba otra.

—No lo sé —respondió Allegra—. Tendría que acompañarme al altar mi abuela, y no se encuentra en condiciones de hacerlo.

Mi padre está en Afganistán, no sabría qué hacer, y es probable que le trajera sin cuidado.

Además, podemos destinar el dinero a otras cosas.

De modo que no lo tengo claro. —Parecía un tanto desilusionada, aunque la euforia por tenerlo a su lado eclipsaba y compensaba la oportunidad truncada de organizar una boda—.

La verdad es que da igual. Nos tenemos el uno al otro.

Él asintió con la cabeza, aliviado de no tener que lidiar con ello.

—Supongo que no hay más remedio que ponerlos al corriente —dijo—. Opinarán que eres demasiado joven. Yo no lo soy, pero tú sí.

Allegra ahora se sentía mucho mayor de lo que era a los veintidós años. Tenía la sensación de haber vivido varias vidas.

—En el fondo tiene su gracia guardar el secreto. Así nos evitamos las opiniones de los demás. A lo mejor se lo digo a mi padre la próxima vez que venga. ¿Has informado al ejército? —le preguntó.

Shep asintió con la cabeza.

—Tenía que hacerlo, para que consigas la pensión de viudedad en el caso de que muera —respondió sin ceremonias—. Pero especifiqué que era un dato confidencial.