Allegra Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Ya me extrañaba a mí no haberlo visto por aquí. Normalmente sois inseparables. Debes de echarlo de menos —añadió Mariette.

Su forma de decirlo hizo que a Allegra se le empañaran los ojos. Evitó que su abuela se diera cuenta. No deseaba que supiera lo mucho que añoraba a Shep ni la inquietud que sentía por él.

—Sí que lo echo de menos —dijo Allegra en voz baja y, acto seguido, continuó intentando que su abuela comiera un poco más.

Las cortinas estaban corridas, y la habitación, en penumbra, aunque fuera hacía un hermoso día soleado. Trató de engatusar a Mariette para dar un paseo, y ella se negó a levantarse de la cama. No había caminado al aire libre desde que su nieta se marchó de Newport hacía más de un mes.

A Allegra la apenó irse, pero poco podía hacer ella.

Regresó al apartamento, montó una estantería que había comprado y colocó sus libros en las baldas.

Le daba igual la falta de espacio: la luz del sol entraba a raudales y los muebles le daban al piso un aire confortable y acogedor.

Se moría de ganas de que Shep lo viera. Las Navidades ya no parecían tan lejanas: él se hallaba en el ecuador de su estancia en el extranjero.

El trabajo la mantenía ocupada. Casi todas las noches se llevaba manuscritos a casa, los evaluaba y ponía en práctica sus nuevos conocimientos para realizar ligeras correcciones de estilo.

Trabajaba hasta altas horas de la noche.

Algunos de los manuscritos eran muy buenos, otros no tanto.

Leerlos la inspiraba, y la hacía plantearse la posibilidad de escribir un libro algún día.

Sin embargo, tenía una larga andadura por delante.

Con veintidós años, se trataba de su primer empleo y aún debía aprender a ser editora.

En sus cartas hablaba a Shep de su trabajo, y este le decía lo mucho que la echaba de menos.

En noviembre, ella ya es­taba planeando lo que harían en Navidad, cuando llegara a casa.

Todo cuanto él tendría que hacer a partir de esa fecha sería coger el tren de cercanías desde Washington los fines de semana durante seis meses, y luego serían como cualquier otra pareja, trabajando cada uno en lo suyo y viviendo juntos.

La idea de organizar un banquete de bodas ahora le parecía una tontería.

Ellos ya estaban casados. Tenía la sensación de haber sido suya siempre, y una boda con cadetes de West Point uniformados de gala se le antojaba absurda.

Su único deseo era que Shep regresara de una pieza. Era todo cuanto necesitaba.

Su abuela no celebró Acción de Gracias. No tenía el menor deseo de hacerlo sin Arthur.

Cuando Allegra fue a verla por la mañana, seguía dormida.

Allegra se dio cuenta de que Mariette iba a pasar el día en la cama, de modo que volvió a su apartamento.

Shepherd la llamó aquella noche, cuando dispuso de unos minutos para hablar.

Antes de colgar le contó que iba a salir para llevar a cabo una misión y le quedó el tiempo justo para decirle que la amaba.

Antes de partir le había asegurado que esta vez no habría misiones de campo, cosa que al parecer no era verdad.

Se pasó el resto del fin de semana editando y adelantó una gran cantidad de trabajo.

A la editora sénior con la que colaboraba siempre le impresionaba la dedicación de Allegra y el volumen de trabajo que sacaba adelante.

A ella le resultaba fácil: carecía de vida propia aparte de la editorial.

Era cordial con las otras mujeres que trabajaban allí.

Había unas cuantas ayudantes de edición, todas mayores que ella, y aunque le caían bien, la mayor parte del tiempo guardaba las distancias.

Era muy reservada en lo tocante a su vida personal, y muy profesional en la oficina.

A pesar de que llevaba puesta la alianza y sabían que estaba casada, nunca hablaba de Shep ni mencionaba su servicio en Afganistán.

No explicaba detalles de su vida privada en la oficina y se tomaba muy en serio su trabajo.

Era discreta y digna, además de madura para su edad.

Su editora sénior opinaba que Allegra era una persona fuera de lo común, y dio un excelente informe sobre ella a sus superiores.

Daba la impresión de que hubiera pasado una eternidad cuando por fin llegó el día del regreso de Shep.

Allegra había adelantado las compras navideñas.

Le había comprado dos jerséis para los fines de semana, cuando vistiera de paisano, y un reloj con la paga extra de Navidad.

Cogió el tren rumbo a Washington la noche previa a su llegada.

Él ya le había dicho que, tras el servicio en zona de combate, disponía de seis semanas de permiso.

Parecía un milagro que volviera ileso. Había tenido suerte, tanta como ella, de que nada malo le hubiera sucedido.

Ella mantuvo el gesto risueño durante prácticamente todo el trayecto en tren hasta la capital, y se registró en otro hotel que conocía cerca de la base.

El vestíbulo estaba enga­lanado con un luminoso árbol de Navidad y adornos navideños.

Allegra había adquirido un abeto pequeño para el apartamento y lo había decorado.

Los regalos para él yacían a los pies del árbol.

Pero el mejor regalo era Shep. Ardía en deseos de verlo y aquella noche no pegó ojo.

Se levantó a las seis, a sabiendas de que su avión aterrizaría a las diez y él podría abandonar la base de inmediato.

Tendría que someterse a un reconocimiento médico al cabo de un mes, pero hasta entonces no habría ningún procedimiento.

Se dirigió a la base a las once, así le dejaba tiempo para organizar su marcha.

Acababa de llegar a la zona de visitas cuando lo vio, vestido de uniforme, con un macuto colgado del hombro.

Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro al verla; Allegra echó a correr hacia él y chocaron al abalanzarse a sus brazos.

Shep la abrazó con fuerza y la besó. Esta vez no llevaba bigote; ella notó que había adelgazado mucho de nuevo.

Cuando Shep dio un paso atrás para verla mejor, Allegra percibió una intensa mirada en sus ojos.

No observó nada concreto, aparte de la pérdida de peso, pero sí vio que tenía un aire diferente.

Él estaba deseoso de abandonar la base con ella.

Fueron en taxi a la empresa de alquiler de coches. Shep quiso conducir en esta ocasión. Tras ponerse al volante para emprender el largo viaje hacia Nueva York, la besó de nuevo.

—Ya te dije que estaría de vuelta para Navidad —comentó con gesto triunfal.

Se moría de ganas de pasar sus seis semanas libres con ella, de asentarse en su relación y su rutina antes de reincorporarse en Washington.

Charlaron sin cesar durante todo el viaje.

Ella le contó más detalles acerca de su trabajo, y él le dijo todas las cosas que le apetecía hacer.

Como en la ocasión anterior, no mencionó Afganistán.

Así era la naturaleza de su puesto en el área de inteligencia: contaba con acceso a información clasificada de alto nivel.

No obstante, tenía otras cosas que contarle y, cada vez que podía, se inclinaba hacia ella para besarla.

Le preguntó por su abuela, y Allegra dijo que no se encontraba muy allá. A esas alturas, rara vez se levantaba. No es que fuera tan mayor, pero había perdido las ganas de vivir a raíz de la muerte de su esposo.

—Creo que esto pasa a menudo con la gente que ha estado casada durante mucho tiempo. Lo lamento —dijo Shep.

Llegaron a Nueva York a las seis de la tarde. Los comercios estaban decorados para las fiestas, veían árboles de Navidad en cada escaparate, y él observó el nuevo barrio con interés.

—Tiene un aspecto un tanto descuidado —comentó mien­tras miraba los edificios antiguos y los pocos bloques de pisos de alquiler que aún quedaban.

—Está mejorando. Están revitalizando la zona. Tuve suer­te de conseguir ese apartamento. Los alquileres en los edificios remodelados son mucho más elevados. Nuestro edificio es antiguo, pero está muy bien cuidado y limpio.

Subieron las escaleras a toda prisa y, nada más entrar y cerrar la puerta, Shep tiró de Allegra para abrazarla, y la besó.

Atisbó el dormitorio desde la entrada, hacia donde enfiló derecho con ella en brazos, la dejó sobre la cama y, en cuestión de segundos, se desnudaron y fueron arrastrados por una oleada de pasión que llevaba seis meses creciendo; nada había cambiado.

Él seguía siendo el hombre al que conocía y amaba y con el que había madurado.

Allegra sintió un inmenso alivio al comprobar que Afganistán no lo había destruido ni le había pasado factura como en la ocasión anterior. Habían tenido suerte.

Después de hacer el amor, ella le dio su albornoz; él deambuló por la sala de estar, se sentó y miró a su alrededor. Reconoció los muebles antiguos, le gustaron los nuevos y se dio cuenta de lo bonito que Allegra lo había decorado todo.

—¿De quién son esos regalos de Navidad? —preguntó con una sonrisa pueril, y ella se echó a reír.

—¿De quién crees que son? Papá Noel los dejó para ti.

—Tengo que ir de compras. No te he traído nada de Kandahar. Nada de lo que hay allí te gustaría. Ahora mismo es un caos, y nosotros no estamos ayudando. Es todo zona de combate. Me alegro de que me hayan dado permiso para regresar. Temía que no lo hicieran.