Allegra Capítulo 5
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Capítulo 5

Allegra tuvo noticias de Shep cuando este llegó a Kandahar.

Pensaba en él a todas horas y se sentía como si de nuevo se le hubiera caído el mundo encima.

Sabiendo que su abuela seguía afligida por la muerte de su esposo, fue a verla.

Mariette tenía planeado pasar el verano en Newport, aunque le entristeciera estar allí sin él, pero quería mantener sus costumbres y no le apetecía quedarse en Nueva York.

Invitó a su nieta para que le hiciera compañía.

A pesar de que Allegra había realizado varias entrevistas de trabajo más, de momento nadie le había hecho una oferta.

Se las arreglaba económicamente con la asignación que su padre le daba todos los meses.

No era derrochadora, y le bastaba para pagar el alquiler, comer y cubrir gastos menores sin caprichos ni lujos.

Administraba el dinero con cuidado. Y Shep también contribuía con sus ingresos del ejército; el ascenso al rango de capitán supuso una diferencia.

En cualquier caso, ella seguía necesitando trabajar y quería ganar su propio sueldo.

No le gustaba depender de su marido y su padre.

Aceptó la invitación de su abuela para agradecerle con un gesto amable todas las vacaciones que la habían acogido con ellos. Desde su punto de vista, era lo mínimo que podía hacer. Mariette no había tenido noticias de Isabelle desde el funeral, cosa que a Allegra no le extrañaba.

Había lapsos entre las llamadas de Shep, y cuando Allegra por fin hablaba con él, le parecía exhausto y con él ánimo diferente de cuando lo desplazaron allí la última vez.

No daba muestras de estar tan conmocionado como entonces.

Ahora sabía bien a qué atenerse en una zona de combate en aquella parte del mundo.

A veces ella lo encontraba más duro, y cínico.

Ir a la guerra había comportado una pérdida de inocencia.

Shep había visto cosas que la gente corriente jamás vería en Estados Unidos.

Allegra temía que se traumatizara o se derrumbara durante su estancia allí.

Ella permanecía siempre en vilo. Shep se mostraba tierno y cariñoso cuando hablaban o en sus cartas, pero, entre líneas, Allegra alcanzaba a percibir algo distinto, más áspero, que la inquietaba.

Newport no era lo mismo sin él. Se sentía tan sola como cuando era pequeña, sin nadie con quien hablar a excepción de su abuela.

Mariette no estaba de humor para hacerle compañía.

Había que animarla a levantarse, vestirse y comer, pues no tenía ganas de nada.

Declinó todas las invitaciones de sus amistades y rehusó sus visitas.

Allegra la persuadió para que pasease por el jardín, se sentase al sol y la acompañara a hacer recados en la ciudad.

Aprovechó cualquier excusa con tal de mantenerla en movimiento y que saliera de su habitación.

Daba la impresión de que la salud de Mariette estaba deteriorándose.

Allegra se percató de que había perdido las ganas de vivir, y lo sacó a relucir cuando el médico de su abuela fue a ver cómo se encontraba.

A él no le extrañó en absoluto: su situación era la habitual en la mayoría de las personas que enviudaban después de cincuenta años de matrimonio.

Para Mariette el reto sería encontrar una motivación para continuar viviendo sin Arthur.

Todos los esfuerzos de Allegra fueron de provecho y ayudaron a Mariette a pasar el verano.

Arthur y ella solían tener mucha vida social en Newport.

Salían casi todas las noches, mientras que ahora Mariette nunca quería salir de casa ni ver a ninguna de sus amigas.

En vez de comer en el comedor con Allegra, se llevaba una bandeja a su cuarto siempre que era posible.

—Abuela, si no comes conmigo alguna que otra vez, la gente va a pensar que soy muy mala compañía —dijo Allegra, tratando de hacerla cambiar de actitud bromeando, pero fue en vano.

Mariette sufría letargo y falta de interés por el mundo a causa de su aflicción. Era ajena por completo al estrés al que estaba sometida Allegra, constantemente a la espera de recibir noticias de Shep y rezando para que no resultase herido o lo mataran en Afganistán.

Dado que aún no había encontrado trabajo, pudo quedarse con Mariette hasta finales de agosto.

Volvió a Nueva York después del día del Trabajo dispuesta a emprender una búsqueda más exhaustiva.

Mariette decidió permanecer en New­port todo septiembre.

Para entonces la temporada de veraneo había finalizado.

La mayoría de sus amistades habían re­gresado a Boston, Nueva York o Washington, los lugares de donde procedían los veraneantes.

Así había menos gente a quien evitar; de todos modos, en cuanto su nieta se marchó apenas se levantó de la cama.

Allegra la telefoneaba con frecuencia para ver cómo estaba; los partes que le proporcionaba la interna eran desalentadores.

A Allegra le daba lástima su abuela, pero a distancia no podía hacer gran cosa.

Además, Mariette se mostraba remisa a hablar por teléfono.

Dos semanas después del día del Trabajo, las llamadas de Allegra a las agencias de empleo finalmente comenzaron a dar ciertos frutos.

La citaron para realizar entrevistas en tres editoriales.

Una de ellas la emplazó a realizar una segunda entrevista, lo cual era una señal esperanzadora.

Se trataba de una gran editorial muy respetada, que disponía de un puesto vacante de ayudante de edición.

Su expediente académico era excelente, y el título de la Universidad de Columbia suponía una gran baza a su favor.

Aunque consiguió el empleo a cambio de una remuneración escandalosamente baja, pensó que se las arreglaría si se administraba con mucho cuidado; Shep se licenciaría al cabo de nueve meses, en junio, y a partir de entonces en teoría cobraría más que en el ejército.

Se sentía agradecida de haber conseguido un primer empleo en una editorial importante.

Haber pasado años leyendo todo cuanto caía en sus manos le resultaría provechoso ahora.

Era una persona sumamente culta, una circunstancia en la que ahondaron los entrevistadores, y había leído libros muy raros, lo cual les impresionó.

Le enseñarían a trabajar en manuscritos de autores inéditos y desconocidos hasta la fecha, aprendería a editarlos y ponerlos a punto para su publicación.

A Allegra, entusiasmada con el trabajo, le pareció emocionante.

Disponía de una semana antes de empezar para buscarse un nuevo piso.

La editorial estaba en la zona este de Manhattan; encontró un apartamento sin ascensor en la quinta planta de un edificio antiguo y bien conservado en Hell’s Kitchen, un barrio en proceso de gentrificación situado lo bastante cerca del trabajo para ir caminando, y de paso ahorrar un poco.

No puso pegas a las interminables escaleras.

Eran lo que había disuadido a los posibles inquilinos de edad avanzada.

Miraba al sur, y era soleado. Lo acababan de pintar de blanco.

A pesar de sus pequeñas dimensiones, era suficiente para ella y Shep.

Con la asignación de su padre, sumada a su modesto salario y los ingresos de Shep en el ejército, sufragaría el alquiler.

Bradley continuaba enviándole dinero, pues ignoraba que se hubiera casado con Shep.

Ella tenía presente que ocultárselo era una falta de honestidad por su parte, pero necesitaba ese dinero extra.

Cuando su marido regresara y encontrara un empleo como civil, se lo contaría.

Allegra tuvo que contratar los servicios de una empresa de mudanzas para trasladar los muebles al nuevo apartamento y subirlos por los cinco tramos de escaleras.

Se desprendió de unas cuantas cosas que ya estaban bastante baqueteadas y conservó el resto con el fin de no gastar mucho dinero en el piso; disponía de lo suficiente para amueblarlo.

Hizo todo lo que pudo ella misma. Había aprendido a ser frugal, con tal de no convertirse en una carga para nadie, en su época de estudiante.

De vez en cuando, en su cumpleaños y en Navidad, su abuela le daba cheques, que ella reservaba para cuando necesitara algo que de lo contrario no pudiera permitirse.

Con ellos renovó algunos muebles para que el apartamento estuviera bonito cuando Shep regresara.

A finales de septiembre ya tenía trabajo y un nuevo hogar. Supuso un paso significativo en la transición a la etapa de la madurez, y todos los días iba a trabajar con ilusión.

Su abuela volvió de Newport dos semanas después de que ella comenzara en su nuevo trabajo.

Allegra fue a visitarla un sábado; se quedó estupefacta al ver que Mariette había adelgazado una barbaridad durante el mes que no había estado con ella.

Era evidente que nadie la obligaba a comer, que estaban dejando que se consumiera.

Se quedó hasta la hora del almuerzo y le contó a su abuela los pormenores de su nuevo empleo mientras la animaba a comer un poco de lo que habían subido en una bandeja a su dormitorio.

—Vamos, abuela, tienes que comer un poquito más —le dijo con dulzura.

—¿Por qué? Ya no voy a ninguna parte. Desde que perdí a Arthur, no tengo ganas de salir ni de ver a nadie. Por tanto, ¿qué más da que coma o no?

—Esto no está bien. Al abuelo no le gustaría. Debes mantenerte fuerte.

—¿Para qué? Nunca veo a Isabelle. No me apetece ir a cenas sola. Y es un detalle por tu parte que vengas de visita, pero tú tienes tu vida. No recuerdo haber visto a Shepherd Williams este verano. ¿Habéis reñido y has dejado de verlo?

Era la primera vez que Mariette le preguntaba por él, y a Allegra le llegó al alma. Su abuela había tardado tres meses en percatarse de su ausencia.

—Sigue en el ejército. Está en Afganistán de nuevo. Volverá para Navidad.