Capítulo 4 #3
El tiempo que pasaran juntos ya tenía el sabor agridulce de la despedida.
La ponía enferma la idea de que regresara a una zona de guerra.
Simplemente quería evitar que acabara volviéndose como su padre, si bien no veía el modo de hacerlo; Shep era un hombre de lo más decente, simpático y afectuoso.
Bradley, en cambio, era una máquina de guerra que había vendido su alma al diablo hacía muchos años, sin vuelta atrás: nunca había intentado dejarlo.
Ella quería pensar que Shep sería capaz de sobrevivir a otros seis meses en Afganistán y salir entero.
Quizá esta vez no le afectara tanto. Ahora sabía a qué atenerse.
Allegra no tenía más remedio que abrigar esa esperanza.
Las dos semanas pasaron volando. Estuvieron una semana en Newport, en la casa de los padres de Shep, como él quería.
Cenaron con ellos en Boston antes de poner rumbo a Nueva York; a ellos les sorprendió verla también a ella.
Shep y Allegra habían pensado decirles que estaban casados, pero al final cambiaron de parecer.
Eso tan solo supondría una preocupación más para sus padres.
Con su regreso a Afganistán era suficiente.
Aunque se llevaron un disgusto, lo mismo que Allegra, él estaba decidido a pasar allí otros seis meses.
Ella tampoco le contó a su abuela que se habían casado.
Su abuela seguía atravesando un mal momento.
Había perdido a su esposo tres meses atrás y aún se hallaba sumida en un profundo duelo.
Qué necesidad tenía de enterarse de que Shep se iba a Afganistán.
La semana que Allegra y Shep pasaron juntos en Nueva York fue casi perfecta, con la salvedad de que su nueva partida era inminente, cosa que Allegra tuvo presente cada segundo.
Antes de que se fuera ya estaba apenada.
Él le prometió que esta sería la última vez.
Y que no se reengancharía al final de los cinco años de servicio, después de los seis meses destinado en Washington.
Cuando regresara de Afganistán iría a Nueva York todos los fines de semana, como hacía antes, puesto que en teoría para entonces ella ya tendría un empleo.
Buscar trabajo en Washington no entraba en los planes de Allegra, ya que Shep pasaría fuera seis meses y estaría sola.
Todas las editoriales en las que aspiraba a trabajar tenían la sede en Nueva York.
Su intención era conservar el apartamento de Columbia, y más adelante mudarse para estar más cerca del trabajo.
Sin más remedio tendría que arreglárselas sin Shep, pero el trabajo la mantendría ocupada, como la universidad en su época de estudiante.
Experimentó un doloroso déjà vu cuando lo acompañó a Washington de nuevo, y se sentía resentida con los militares por haberlo persuadido.
Él, sin embargo, se encontraba de buen ánimo y optimista, convencido de que prestar al ejército otros seis meses de servicio en una zona de combate era lo que debía hacer por su país.
Con veintiséis años, se sentía apto para ello y en disposición de aceptar cualquier puesto que le asignaran, pero no podía confesárselo a Allegra.
Estaba claro que le gustaba. Además, regresaría con rango de capitán, por lo que también estaba contento.
No tuvo ni una pesadilla en el transcurso de la semana previa a su partida.
Oficialmente se había recuperado de su última misión.
Al menos esa era la impresión que daba. Ella lo había tenido en casa durante cinco cortas semanas, y ahora él se marchaba de nuevo, para vivir más de lo mismo.
Tomaría el avión hacia Afganistán el 4 de julio.
—No te acostumbres a sitios como ese —le advirtió, y él le prometió que no lo haría.
Allegra no podía imaginar que permaneciese en el ejército. Después de cuatro años en activo hasta la fecha, más otro año de servicio por delante, estaba preparado para reincorporarse a la vida civil.
La última vez que hicieron el amor antes de que se marchara fue tan agridulce como los últimos días que pasaron juntos.
Ella tenía la sensación de que ahora Shep era propiedad del ejército, que solo se lo habían prestado para que volviera a casa.
Había conocido esa vida con su padre, y no la quería para Shep ni para ella.
Él la besó con ahínco cuando se despidieron.
—¡No me olvides! —Su voz destilaba desesperación.
—¿Cómo te voy a olvidar? —dijo ella.
Allegra tenía lágrimas en los ojos, pero él no parecía tan compungido. No es que simplemente le hubieran ordenado ir, sino que había decidido aceptar el puesto, lo cual era importante para él. Tuvo voz y voto en ello.
—Cuídate —añadió ella, y lo besó por última vez—. Te quiero.
—Yo también te quiero —dijo él, y echó a andar.
Se giró para decirle un último adiós agitando la mano; Allegra deseaba con todas sus fuerzas que fuese la última vez que la dejaba para ir a otra zona de guerra. Al menos estaría en casa por Navidad. La anterior la había pasado sola. No quería que se repitiera.