Capítulo 4 #2
Se pasó la tarde entera leyendo recostada en una butaca en el jardín, hasta que Shep fue a recogerla al regresar de Boston.
Él siempre se quedaba impresionado cuando iba a la casa de los abuelos de Allegra.
Era una de las mansiones más imponentes de Newport, vestigio de una época de mayor esplendor y opulencia.
Los Vanderholt la habían conservado a lo largo de sucesivas generaciones.
Los Williams, la familia de Shep, habían adquirido su residencia en una época más reciente.
Pusieron rumbo a la casa y, después de darse un chapuzón desde el embarcadero, volvieron a hacer el amor en el dormitorio de Shep. A ella le encantaba saber que había sido su cuarto de pequeño, y que ahora era su esposa.
—¿Cómo están tus padres? —le preguntó mientras preparaban la cena y se disponían a acomodarse en la amplia y anticuada cocina.
—Viejos. Han envejecido mucho en estos seis meses. Me preocupan. Mis hermanos deberían ir a verlos más a menudo. Ha sido una visita agradable —comentó con aire sereno.
En los escasos dos días transcurridos desde su regreso había empezado a recuperarse y a sanar las heridas de todo cuanto había sobrellevado. Pero necesitaba mucho más para recomponerse.
Pasaron allí dos semanas, que le sentaron de maravilla, y luego se marcharon hacia Nueva York.
Ella tenía entrevistas con las dos editoriales que se habían puesto en contacto con ella.
Sus planes eran turnarse para desplazarse entre Washington y Nueva York los fines de semana.
Era el inicio de su vida como adultos. Los padres de Shep querían que se afincara en Boston en el plazo de un año, cuando dejase el ejército, mientras que Allegra y él preferían vivir en Nueva York.
Era más emocionante. Él ardía en deseos de pasar los fines de semana en la ciudad.
Llevaba en el país tres semanas y junio estaba tocando a su fin cuando fueron a Washington para que se presentara en la oficina de inteligencia.
Daba la impresión de que volvía a ser el mismo de siempre.
Se iba sobreponiendo, y en la última semana solo había tenido una pesadilla, lo cual suponía un progreso considerable en comparación con los primeros días, cuando tenía una o dos por noche.
Había recuperado peso, se parecía más al Shep que Allegra conocía.
Una vez en Washington, se alojaron en su hotel favorito, en Georgetown.
Era pintoresco y acogedor, les chiflaba.
Ella hizo unas compras mientras él se ocupaba de su papeleo; Shep había reservado una mesa para esa noche en el restaurante predilecto de ambos, el 1789, para celebrar su vuelta a casa.
Había servido como militar durante cuatro años y sobrevivido a los seis meses de servicio en Afganistán.
Se moría de ganas de que pasara el año siguiente y pudiera abandonar el ejército y reincorporarse a la vida civil.
Tras cinco años en el área de inteligencia militar, contaría con recursos de sobra para encontrar un buen empleo cuando lo licenciaran.
Shep volvió muy callado de la oficina. Aún se fatigaba enseguida, Allegra se daba cuenta de ello, y continuó taciturno hasta la cena.
Se preguntó si le habría resultado traumática su incursión en la oficina de inteligencia.
Él no dijo ni pío hasta que se pusieron a cenar.
Aun así, ella intuyó que tenía algo que contarle.
—Bueno, ¿te has instalado en la oficina? —dijo Allegra sonriendo.
Tras una larga vacilación, Shep respondió con semblante serio y en voz baja:
—Me han hecho una oferta. Con una remuneración extra.
—¿Haciendo qué? —preguntó Allegra con recelo.
A él no le quedó otra que contárselo.
—Quieren enviarme a Afganistán para otro periodo de servicio de seis meses, y más adelante, a la vuelta, que termine en Washington.
Iré como capitán, con mejor salario base y un complemento por tratarse de una zona de conflicto.
Allí me necesitan, Allie. —No la llamaba así desde que era una quinceañera.
—Mi padre continúa en Afganistán —dijo ella en tono apesadumbrado—. Eso nunca es buena señal. Él únicamente va a los peores sitios.
—Me necesitan de verdad, Allegra. Así podremos ahorrar. Me han dado su palabra de que regresaré para Navidad.
—¿Y cuándo te irías?
Se sintió mal mientras lo escuchaba, y se figuró que lo habían convencido. Shep deseaba ir: lo veía en sus ojos. Se habían salido con la suya. Ya le habían echado el guante.
—Dentro de dos semanas. Me concederían permiso para volver a casa pronto, unos cuantos días antes de Navidad —masculló con voz grave—. Trabajaré seis meses en Washington después de las fiestas, y listo.
—¿Esa va a ser la dinámica? ¿Convencerte para que regreses una y otra vez, y que algún día acabes como mi padre, como un autómata? Hace tres semanas sufrías pesadillas, y cuando llegaste a casa parecías hecho polvo.
—Ahora realizaré un trabajo de oficina en el ámbito de la estrategia y las estadísticas. Sin trabajo de campo. Sin interrogatorios. Sin torturas.
—¿Acaso no es eso lo que te dijeron la última vez?
A lo mejor es así como engatusaron a mi padre, con la salvedad de que por aquel entonces se estaba librando una auténtica guerra en Vietnam.
A lo mejor ese tipo de vida crea adicción.
Pero no podrás recuperarte cada vez que vayas.
Llegará un día en el que estarás en las últimas y te romperás para siempre, como él.
—Todavía no he llegado a ese punto. Y estamos hablando de otros seis meses en Afganistán, no para siempre. Puedo hacerlo. Y allí hago algo importante para mi país. Seis meses hasta las Navidades es un servicio corto, no es lo mismo que un año o dos.
—Si sobrevives, física y mentalmente.
Le había estropeado la noche, y la celebración por su vuelta a casa duraría tres semanas escasas. Iba a marcharse; ella tenía claro que no podía hacer nada para impedírselo. Le habían echado el guante, estaba dispuesto a regresar a un lugar espantoso, y se lo devolverían roto.
—¿Me queda alguna otra opción?
—Igual no muchas —respondió él con sinceridad—. Siento que debo hacerlo. Le debo mucho al ejército. Les dije que tenía que hablarlo contigo. Todavía no me he comprometido a nada.
Ella asintió con la cabeza, aliviada de oír eso.
—Tienes que hacer lo que creas que es lo correcto, Shep, pero ojalá no fueras. Has vuelto relativamente entero, la próxima vez a lo mejor no es el caso.
Aunque se había recuperado en unas cuantas semanas, a su llegada se encontraba en muy mal estado mentalmente.
—Te juro que soy capaz de aguantar otros seis meses, y esta vez se trata de un puesto mejor, de rango superior.
—Entonces supongo que aceptarás —dijo ella con tristeza.
Shep sonrió apesadumbrado y le dio las gracias. Ya había olvidado hasta qué punto detestaba Afganistán. Le habían prometido que en esta ocasión sería más llevadero, y él no lo ponía en duda.
Allegra estaba triste de camino al hotel después de cenar. Con lo que disfrutaba teniéndolo en casa, ahora deseaba marcharse de nuevo. Él se sentía culpable por disgustarla, pero estaba convencido de haber tomado la decisión acertada. La cúpula militar sabía perfectamente cómo lograrlo.
—¿Dónde te gustaría pasar las próximas dos semanas antes de marcharte? —le preguntó Allegra.
—¿Qué te parece una semana en Newport y después otra en Nueva York?