Capítulo 4
De camino a Nueva York se sintió como si estuviera soñando y temió que al despertarse él se hubiera ido.
Shep dejó que ella condujera; hicieron una parada para comprar provisiones y comieron en el coche, y, al llegar a Nueva York a media tarde, devolvieron el vehículo.
En el edificio de Allegra reinaba el silencio, dado que los estudiantes que vivían allí ya se habían ido; los apartamentos permanecerían vacíos hasta que volvieran en agosto.
Sin ellos, el edificio parecía desierto y tenebroso.
Allegra abrió la puerta y, cuando entraron, Shep miró a su alrededor como si hubiera aterrizado en el paraíso.
Sus ojos tenían esa mirada perdida que percibió en ellos la primera vez que lo vio.
Daba la impresión de haber regresado de un lugar lejano, diferente y peor que cualquier cosa que ella alcanzara a imaginar.
Shep no tenía palabras para relatar su experiencia en los últimos seis meses.
Tampoco pretendía hacerlo. Por nada del mundo deseaba que ella se enterase jamás de cómo había sido.
Le habían mentido una y otra vez. Le mentían cada día, y luego, cuando llevaba a cabo las misiones que le asignaban, constataba la realidad.
Las cosas que hacían a la gente, y lo que la gente les hacía a ellos.
La tortura, que formaba parte de cualquier interrogatorio, era el procedimiento estándar.
Cuando vio al padre de Allegra sacó el tema al relucir, y Bradley se burló de él diciéndole: «A ver si te curtes, hijo, que ya no estás en Kansas.
Esto no es El mago de Oz , es la vida real.
Y no hay mayor realidad que esta». Lo dijo con satisfacción, y en ese instante Shep supo que jamás serían amigos.
Bradley Dixon era un animal, y continuaba en el ejército al margen de la edad que tuviera con el fin de saciar su sed de sangre y su ansia de emociones fuertes.
Los interrogatorios le insuflaban un subidón de adrenalina.
Shep había coincidido con él en uno de ellos, tras el cual se pasó horas vomitando.
Su único anhelo era vivir lo suficiente para regresar con Allegra.
Ahora ya estaba en casa y, por primera vez, se sintió incapaz de hablar con ella, porque no podía contarle cómo era realmente aquello ni quería que descubriera de qué calaña era su padre, aunque sabía que lo sospechaba desde hacía años.
Allegra no le profesaba respeto a su padre.
Ni siquiera le tenía simpatía. Bradley se había internado en el lado oscuro años atrás sin remisión.
Allí había muchos como él, que era el líder de la manada.
Ahora Shep tenía claro por qué jamás regresaba a casa por mucho tiempo: a estas alturas le resultaba imposible vivir en el mundo civilizado.
Tan solo podía existir en el infierno que habían creado, del que él formaba parte.
Era como una especie de culto satánico; Shep había sido uno más mientras estuvo allí, y quería evitar a toda costa que Allegra se enterase de lo que había visto y hecho.
Aquel destino casi le había costado el alma, y ahora, en casa, encontraba a Allegra tan intachable, pura e íntegra que temía tocarla, aun cuando eso fuese lo único que había anhelado a lo largo de tantos meses, estar de nuevo con ella y reanudar su vida en común donde la habían aparcado.
Ahora, en cambio, ignoraba cómo recuperar el rumbo.
Ella lo percibió al mirarlo cuando Shep se sentó en el sofá y estiró las piernas al frente.
—¿Estás bien? —le preguntó con delicadeza. Aunque él asintió con la cabeza, tuvo la certeza de que mentía. Desconocía qué parte de él se había roto, pero así era, en lo más profundo de su ser. Lo notaba—. ¿Quieres comer algo?
Él negó con la cabeza. No le salían las palabras. Estaba bloqueado. Le había ocurrido antes, en Afganistán, cuando se vio sobrepasado por la situación, obligado a estar allí sin más remedio, a involucrarse en aquello y a aparentar que lo aprobaba.
Ella prefirió no preguntarle si tenía ganas de acostarse. Le daba la sensación de que no estaba preparado para ello. El choque cultural del regreso era demasiado grande, el trauma de lo que quiera que hubiera vivido demasiado reciente. Podía sentirlo en todos los poros de su piel.
—¿Te apetece ir a dar una vuelta? —le preguntó, y el titubeó.
—Sí, bueno.
Les habían dado charlas sobre cómo sería la vuelta a casa, pero lo que no esperaba era que estuviera tan guapa, su dulzura, pureza e inocencia, y el ambiente de aparente normalidad. Shep ya no pertenecía a ese lugar. Le constaba, aunque a ella no. No merecía estar allí.
Hacía una bonita tarde de junio; pasearon hasta los Claustros y cruzaron un jardín donde Allegra solía ir a estudiar algunas veces. Cuando regresaron al apartamento, él se tumbó en la cama y ella se tendió a su lado. Shep miró al techo y encontró algunas de las palabras que quería decir.
—La vuelta está siendo más dura de lo que pensaba. Da la impresión de que todo es de lo más normal. —El comentario, en apariencia intrascendente, era muy profundo—. Yo todavía no me siento normal. —Se preguntó si algún día lo haría.
—Estarás bien. Todo a su tiempo. Acabas de llegar —dijo ella en voz baja—. Tenemos toda la vida por delante. Y no tienes que volver allí nunca más.
Estaba contenta ante la perspectiva de ir a Newport. Pensaba que a Shep le sentaría bien regresar a los lugares que le encantaban de pequeño, donde todo era sencillo, a pesar de las mansiones señoriales. Allí podían hacer cosas normales y corrientes.
Permanecieron tumbados el uno junto al otro, agarrados de la mano hasta que él se quedó dormido. Shep llevaba meses soñando con hacerle el amor, y ahora era incapaz. No quería. No quería mancillarla con las escenas que había presenciado, como si pudieran impregnarse en ella.
Se pasó horas durmiendo debido al desfase horario, mientras Allegra trajinaba en el apartamento sin hacer ruido, haciendo la maleta para irse a Newport.
También le hizo su equipaje. Él se despertó a medianoche con un hambre canina.
Se comió prácticamente todo lo que había en la nevera; ella le preparó un bistec que le había comprado expresamente.
Le agradó ver cómo se lo comía. Debía recuperar el peso perdido; estaba escuálido.
Cuando Shep fue a ducharse después de cenar, Allegra entró en el cuarto de baño, se desnudó y se metió en la ducha con él.
Se quedó de pie bajo el agua a su lado, más guapa si cabe de como Shep la recordaba, con la mayor naturalidad.
De pronto Shep se echó a llorar, la rodeó con los brazos y empezaron a hacer el amor, volvieron a la cama e hicieron el amor allí, donde él se reencontró con ella.
Pensaba que la había perdido, y que se había perdido a sí mismo.
Seguía llorando cuando alcanzó el orgasmo, y entonces las lágrimas cesaron y se sintió en paz tendido a su lado.
—Bienvenido a casa —dijo Allegra, aún jadeante.
—No pienso volver a abandonarte —susurró él, y en ese momento lo dijo de verdad.
—No tienes que hacerlo. Estoy aquí, Shep. No me voy a ir a ninguna parte.
—Siento haber tenido que abandonarte para ir a Afganistán.
—Eso es agua pasada, como un mal sueño.
Jamás podría imaginar lo malo que había sido.
No obstante, daba la impresión de que Shep estaba despertando.
Continuaron tumbados en la cama juntos y charlaron de cosas intrascendentes, cosas corrientes, hasta que se durmieron.
Era lo que a él le hacía falta. Allegra era consciente de sus necesidades en todo momento.
Él formaba parte de su corazón y de su alma, y viceversa.
Esa noche Shep tuvo una pesadilla, pero no se despertó.
Ella lo sostuvo entre sus brazos hasta que volvió a sumirse en un sueño profundo.
Mientras amanecía, Allegra se quedó dormida junto a él, inmensamente agradecida de que hubiera vuelto a casa.
El trayecto en coche hasta Newport fue más agradable de lo que ambos recordaban.
Fue ideal. Él había telefoneado a sus padres para avisarlos de su regreso y de que los vería en unos días; ellos le dieron permiso para quedarse en su casa.
A diferencia de los Vanderholt, no tenían empleados viviendo allí todo el año.
Cuando ellos iban se llevaban el personal de servicio de Boston; el resto del tiempo la casa permanecía cerrada.
Shep y Allegra podrían estar a solas allí, que era lo que necesitaban.
A ella no le apetecía quedarse en la casa de su abuela con todo el personal, y él necesitaba soledad.
La vuelta a la normalidad le resultaría más fácil en el hogar de su infancia.
A su llegada, se dieron un baño en el embarcadero de sus padres y más tarde fueron a dar una vuelta.
Pasaron por el colmado para comprar comida.
Escogieron unas langostas para cenar, que Shep cocinó, se sentaron fuera y después contemplaron las estrellas.
Más tarde hicieron el amor de nuevo, lo mismo que la víspera, pero esta vez de una forma más natural y familiar.
En apenas unos días él había recuperado las fuerzas y lucía un aspecto más saludable.
Se había afeitado el bigote y todo apuntaba a que volvía a ser la persona que fue.
Shep fue solo a Boston a pasar el día con sus padres; entretanto, Allegra le hizo una visita a su abuela.
El personal se alegró de verla, y ella con el tiempo había llegado a adorar el bonito hogar de su abuela, a pesar de que allí de pequeña fue desdichada y se sintió como una intrusa.
Ahora que su abuela sabía la clase de persona que era, sin ningún parecido con su hija, Allegra era bien recibida allí.