Capítulo 3 #4
Allegra se graduó en Columbia en mayo, sola.
Su abuela, cuya intención era ir, la telefoneó aquella misma mañana temprano para avisarla de que no se encontraba con ánimos para asistir al acto.
Mariette se sentía indispuesta a raíz del fallecimiento de su esposo, y apenas se había levantado de la cama desde el funeral.
Temía, si iba, desmayarse y provocar una escena.
Tras responder que lo entendía, Allegra colgó el teléfono.
Shep había llamado la noche anterior para desearle suerte.
Se sentía fatal por que ella hubiera tenido que pasar el trago del funeral de su abuelo y el encuentro con su madre sin él.
Allegra le había contado que Isabelle se marchó sin mediar palabra.
Esta vez, dieciséis años después, fue casi una anécdota.
Allegra acababa de cumplir los veintidós.
La ceremonia fue muy emotiva, y le entregaron su diploma.
Lanzó su bonete por los aires igual que todos los demás.
No había nadie para celebrar sus méritos con ella, lo cual no le importó.
Estaba con sus compañeros, había obtenido su título universitario y a partir de ahora podía buscar trabajo.
Ya había enviado el currículo a varias editoriales.
Aspiraba a trabajar como ayudante de edición.
Los libros siempre habían sido importantes para ella.
Tras devolver la toga que había alquilado, junto con el bonete una vez que lo localizó, conservó la borla de recuerdo.
Había entregado la tesis de fin de carrera a tiempo antes de la graduación.
Su padre le mandó un telegrama para felicitarla, así que por lo menos se había acordado, y su abuela le había dado un sustancioso cheque la semana anterior.
Al término de la ceremonia, todos los graduados se fueron a celebrarlo con sus padres.
Hubo fiestas por toda la ciudad, y en los pisos de estudiantes.
En las residencias, los graduados hacían la mudanza y los demás recogían sus cosas para las vacaciones de verano.
Los apartamentos como el suyo se estaban vaciando.
Allegra iba a conservarlo para cuando Shep regresara.
Se trasladaría a Nueva York tan pronto como el ejército lo liberara; hasta entonces iría y vendría.
Tenían toda la vida por delante, y las esperanzas puestas en el futuro.
La llamaron para dos entrevistas las semanas posteriores a la graduación, y por fin llegó el día que ella y Shep ansiaban.
El regreso se había demorado unos cuantos días, y ella fue en tren a Washington para reunirse con él.
Estaba previsto que su vuelo aterrizase a la mañana siguiente.
Se alojó en el mismo hotel de las inmediaciones de la base donde se había hospedado anteriormente.
Mientras esperaba en el área de visitantes a la hora acordada, lo vio enfilar hacia ella con su característico paso resuelto.
Aún no alcanzaba a distinguir su rostro, pero lo habría reconocido por sus andares en cualquier parte.
Echó a correr hacia él y se abalanzó en sus brazos.
Se había dejado bigote, que le hacía parecer mayor, y Allegra reparó en lo delgado que estaba.
Tras besarla, cuando se apartó de él unos centímetros, comprobó que tenía los ojos hundidos.
Él se aferró a ella como si la vida se le fuera en ello y le resultase imposible soltarla.
Cuando volvió a besarla tenía lágrimas en los ojos, y ella en las mejillas.
Mientras la estrechaba entre sus brazos, ella supo que siempre recordaría ese momento.
Aunque su mirada reflejaba una inmensa tristeza, estaba risueño.
Intuyó que había presenciado cosas que jamás debió ver, pero ahora estaba allí, sano y salvo.
Le ayudaría a olvidar lo que quiera que fuese que hubiera visto.
—Bienvenido a casa, Shep —le dijo con voz queda, mientras él la abrazaba.
—A veces pensaba que jamás volvería a verte —susurró él. A juzgar por cómo la miró al decirlo, a ella no le cupo duda de que era cierto.
—Estaba aquí, esperándote —dijo, al tiempo que Shep le pasaba el brazo alrededor de los hombros.
Se encaminaron despacio hacia donde ella había aparcado el coche de alquiler.
Él prefería realizar el trayecto en coche con Allegra hasta Nueva York en vez de coger el tren.
Deseaba estar a solas con ella. Los duros meses de separación se desvanecieron cuando se miraron el uno al otro, y Allegra sonrió.
—Vayamos en coche al norte mañana, a Newport. Podemos quedarnos en casa de mis padres. No hay nadie todavía —propuso él.
Disponía de tres semanas de permiso antes de presentarse en la oficina de inteligencia en Washington. Entretanto, tenía ganas de ver el mar y tomar el aire. Deseaba dejar atrás todo cuanto había vivido y estar con Allegra.
—Podemos hacer lo que te apetezca —dijo ella tranquilamente.
Ahora que había regresado, todo se le antojaba perfecto en su vida.
—He de ver a mis padres. Podemos ir a Boston dentro de unos días. Primero quiero estar a solas contigo.
—¿Cuándo vamos a decirles que estamos casados?
—Cuando usted quiera, señora Williams.
Le sonrió con picardía, y ella vio reflejado en su sonrisa al chico del que se enamoró a los dieciséis años.
Su mirada era la de un hombre que había sido testigo de demasiadas penurias y sufrimiento en los pasados seis meses, y que también las había padecido.
A pesar de que el rostro se le había afilado, su expresión y su forma de mirarla aún desprendían un aire pueril.
Ya tenía veintiséis años, y ella veintidós.
Lo mejor de todo era que su esposo había vuelto a su lado, además de sano y salvo, entero.
El tiempo que había pasado lejos no lo había destruido, y de nuevo era suyo, para tenerlo y entregarse a él todos los días de su vida.