Allegra Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Allegra volvió a ver a su madre al día siguiente del funeral en casa de su abuela.

Isabelle pasó una hora conversando con Mariette, y revisó unos documentos y fotografías de su padre que su madre deseaba mostrarle.

Mariette los había encontrado por casualidad mientras buscaba una fotografía para el programa del funeral.

Había una instantánea especialmente bonita de Isabelle, ataviada con un precioso vestido blanco, junto a su padre en el baile de su presentación en sociedad.

Estaba espectacular, y su padre, muy apuesto.

Era un hombre de aspecto distinguido. En aquel momento rondaba los cincuenta y cuatro años, e Isabelle tenía dieciocho.

Ella se casó con Bradley Dixon tan solo cuatro años después.

En el intervalo entre las dos celebraciones se había desmadrado con el círculo de Warhol y en Studio 54.

A menudo comentaba que aquellos fueron los mejores años de su vida, y sin duda alguna los más divertidos.

Veinticinco años después continuaba divirtiéndose.

Isabelle le enseñó la fotografía de su presentación a Allegra, que la contempló con admiración.

Pudo apreciar el parecido entre ellas, si bien su madre era mucho más llamativa y extrovertida.

Derrochaba entusiasmo y alegría. Allegra era una persona más bien callada, con un carácter bastante más mesurado.

Bajo ningún concepto se habría atrevido a mostrarse tan efusiva como su madre.

A lo largo de toda su existencia se había visto obligada a esconderse de las personas que no la querían cerca y a cuidar de sí misma cuando la dejaban desamparada o la abandonaban, como habían hecho sus padres.

Nunca había tenido el lujo de estar tan segura de sí misma como Isabelle.

Ni siquiera alcanzaba a imaginar qué sensación le reportaría eso.

A Allegra no le había quedado otra que permanecer invisible durante la mayor parte de su vida, con tal de evitar que la lastimaran o rechazaran.

—Studio 54 era fantástico —le dijo Isabelle a su hija, con los ojos iluminados por el recuerdo—. No duró mucho, pero era fabuloso. La verdad es que en aquel entonces la gente se lo pasaba de maravilla. Ahora el mundo es mucho más tranquilo y aburrido.

—A lo mejor hay menos drogas —comentó Mariette, y cuando Isabelle se echó a reír, Allegra escuchó el sonido que de pequeña le recordaba a los cascabeles. De eso y de la fragancia de su exótico perfume era de lo que más se acordaba.

—Me encantaba tu perfume —dijo Allegra con expresión ensoñadora.

Su madre sonrió haciendo memoria.

—En aquellos tiempos me ponía dos: Femme, de Rochas, y Shalimar, de Guerlain. Yo misma los mezclaba. Ya no uso ninguno de los dos. Es curioso que recuerdes eso.

Por un momento pareció conmovida. Allegra se calló que guardaba tan escasos recuerdos de su madre a los que aferrarse que el de los perfumes destacaba, y, además, eran inconfundibles. Desde entonces nunca había percibido esos aromas en nadie más, y su memoria los asociaba a su madre.

Isabelle se levantó para marcharse poco después; dijo que había quedado para almorzar. Iba a reunirse con unos viejos amigos.

—Me voy en el vuelo de esta noche a Londres —anunció.

Llevaba una falda blanca con una chaqueta negra; se la veía con un aire muy chic de nuevo, y sexy, con unos zapatos de tacón de vértigo.

Tenía unas piernas espléndidas, y Allegra cayó en la cuenta de que las suyas eran idénticas, pero jamás las lucía con faldas cortas y zapatos de tacón de aguja, como hacía su madre.

Se fijó en que las suelas de los zapatos de Isabelle eran de color rojo.

Todo en ella era llamativo y vistoso, mientras que en Allegra era discreto y sutil.

Su madre no era cercana: era una mujer objeto que trataba de acaparar la atención en todas partes, y lo conseguía.

Allegra dejó a su madre y su abuela a solas unos minutos, por si querían despedirse en la intimidad.

En todo momento mostraba una actitud prudente para no entrometerse, y, a pesar de ser familia, eran unas desconocidas las unas para las otras.

Cuando regresó a la sala de estar al cabo de cinco minutos no vio a Isabelle.

Se quedó atónita y miró a su abuela, extrañada.

—Se ha ido —dijo Mariette con un gesto de resignación—. Va y viene a su antojo. Es una mariposa de hierro. Tiene una apariencia frágil, pero no lo es. Es dura como una piedra y siempre consigue lo que desea.

—Quería despedirme de ella —dijo Allegra, abatida por unos instantes.

La partida de Isabelle reavivó un aluvión de recuerdos de cuando la esperaba el día entero en su cama, aferrada a su osito de peluche.

Y la historia se acababa de repetir. Una vez más, su madre, la mujer que rehusaba serlo, había olvidado despedirse.

O quizá en esta ocasión no se había olvidado, sino que simple y llanamente no le había dado la gana hacerlo.

Las despedidas le resultaban demasiado complicadas, requerían emociones que no deseaba sentir.

—Así es ella —reconoció Mariette en voz baja—. Sabe Dios cuándo volveré a verla.

Allegra estaba pensando lo mismo. Quizá nunca más. Una vez cada cinco o diez años, Isabelle irrumpía como un torbellino y echaba a volar con la misma celeridad. Su abuela tenía razón: era una mariposa de hierro, con el corazón de piedra.

Esta vez, a Allegra el abatimiento le duró apenas unos minutos.

Sin embargo, por un segundo recordó con claridad cómo se sintió aquel día, sentada en la cama apretando a George, su osito de peluche, con todas sus fuerzas, a la espera de que su madre se despidiera y su padre le explicara qué iba a ser de ella.

Ahora, de nuevo, Isabelle había olvidado decirle adiós.

Era una señal inequívoca de lo poco que su hija significaba para ella.

Pero en esta ocasión, Allegra no se lo tomó tan a pecho.

Tenía a Shep. Era su marido y volvería a casa dentro de dos meses.