Allegra Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Según dice, Isabelle vendrá al funeral —comentó a Alle­gra con un hilo de voz aquella tarde mientras tomaban el té.

Parecía consumida. Había sido el peor día de su vida—.

Es lo menos que puede hacer. No se ha dignado a visitarnos desde hace casi cuatro años.

Siempre está muy liada, y tu abuelo no ha querido viajar en los últimos cinco años.

Podría haber venido a vernos. Llegará por la noche la víspera del funeral, y solo se quedará dos días.

Desde que murió su gran amigo Warhol ha perdido el interés por viajar a Nueva York.

Tengo entendido que murió un año después de que ella abandonara a tu padre.

Entonces fue cuando se trasladó a Londres.

Para ella, aquí la fiesta había terminado.

Lo dijo en tono de reproche, y Allegra no hizo ningún comentario. Sabía por su padre, aunque no lo sacase a relucir a menudo y en absoluto en los últimos años, que su madre había formado parte de aquel ambiente. A esas alturas él jamás mencionaba a Isabelle.

Fiel a su palabra, Isabelle llegó la noche anterior al funeral; se hospedó en el Carlyle.

Se presentó en el piso de su madre dos horas antes de la ceremonia vestida con un traje de Chanel negro de estilo chic, con un voluminoso sombrero negro que le confería un aire de lo más glamuroso y unas grandes gafas oscuras.

Allegra, muy a su pesar, estaba emocionada ante la perspectiva de verla.

Había visto a su madre en tan pocas ocasiones a lo largo de su vida que Isabelle era como el Fantasma de las Navidades Pasadas, y sentía fascinación por ella.

A los cuarenta y cuatro años, era bellísima y tenía gracia y desenvoltura.

Tras abrazar a su madre, Isabelle abrazó a su hija y lanzó un beso al aire.

Allegra se había puesto un vestido negro liso, un abrigo negro y zapatos de tacón alto, y se había recogido la melena pelirroja en un sencillo moño.

No tenía ningún sombrero negro. Iba bonita y discreta, muy poco maquillada, con tan solo un toque de rímel y brillo de labios de color rosa claro.

El parecido entre madre e hija seguía siendo asombroso.

A simple vista podían pasar por hermanas.

Años atrás, tal vez Allegra le habría preguntado a su madre por qué se apartó de manera tan radical de su vida y si se arrepentía de ello, pero no era el momento.

A todas luces, Isabelle no albergaba el menor remordimiento.

Aparentaba sentirse feliz y a gusto mientras revoloteaba por la sala como una mariposa, que era lo que solía hacer.

Aunque preguntó si podía echar una mano en algo, ya era demasiado tarde.

Allegra y su afligida abuela se habían ocupado de todo.

—Allegra me ha ayudado —dijo Mariette en tono grave y recriminatorio.

—Qué buena chica —comentó Isabelle mirando a su hija con una sonrisa.

Allegra se fijó en que llevaba un gran solitario en la mano izquierda. Mariette se percató de ello unos minutos después.

—¿Qué es eso? —preguntó a bocajarro.

—Me he prometido —respondió Isabelle con un gesto entre coqueto y recatado—.

Nos casaremos este verano en el barco de un amigo en Saint-Tropez.

No tengo claro si estoy hecha para el matrimonio, pero, después de tres años, nos conocemos a fondo el uno al otro.

Somos almas gemelas. Él tampoco ha sido partidario del matrimonio hasta ahora.

—Al menos no tendrás más hijos —dijo su madre en tono cortante, en defensa de Allegra.

—Hubert tiene cinco. Es más que suficiente. Afortunadamente, viven en Sudáfrica y nunca vienen a Inglaterra. Su exmujer es sudafricana. Se los llevó a todos a Ciudad del Cabo cuando se divorciaron, hace siglos. Él no tiene una relación estrecha con ninguno de ellos —dijo con manifiesto alivio.

—¿Y eso es algo de lo que enorgullecerse? —inquirió Ma­riette, enojada con su hija de nuevo.

Allegra continuó callada.

—Facilita las cosas —respondió Isabelle con un suspiro, dirigiendo la mirada hacia Allegra. Su sonrisa no reflejaba el menor atisbo de culpa—. Tus abuelos han cuidado muy bien de ti —señaló a la ligera.

Fue una afirmación, no una pregunta. De hecho, nadie había atendido a Allegra, ni sus necesidades emocionales, en toda su vida, lo cual su madre ignoraba o desdeñaba. Isabelle era de una estirpe rara y fuera de lo común, sin el más mínimo instinto maternal.

Ya era casi la hora del funeral. Mariette fue a por el sombrero y el abrigo.

Iba a ponerse un pequeño sombrero negro con velo y un abrigo de visón negro, dado que el ambiente aún era frío, y no llevaría joyas.

Isabelle fue a ajustarse el sombrero y retocarse el carmín; Allegra se quedó con su abuela para ayudarla y a continuación se puso su abrigo negro liso, que le colgaba sin gracia sobre el cuerpo.

No era chic ni bonito, pero sí de aspecto digno, cosa que su abuela apreciaba.

—Lo siento —le susurró su abuela mientras la ayudaba a ponerse el abrigo—. Nunca cambiará. Así es ella.

Allegra asintió con la cabeza, todavía algo perpleja ante la ligereza con la que su madre expresaba su desinterés por los hijos, incluso y quizá especialmente por su hija. Lo hacía sin ningún reparo.

Fueron juntas en la limusina hasta la iglesia.

El coche fúnebre ya estaba en la puerta de San Ignacio de Loyola, en Park Avenue, y el féretro, junto al altar.

Había multitud de gente sentada cuando entraron, y sonaba una suave música de órgano.

Las copias del programa de la ceremonia diseñado entre Allegra y su abuela, con las fotografías que esta había elegido de su esposo, yacían sobre los bancos.

Allegra advirtió que varias personas reconocían a Isabelle.

La misa comenzó poco después de su llegada y fue sencilla y respetuosa.

Sin alardes de ostentación, la ceremonia fue digna y elegante.

Había lirios y orquídeas en el altar y sobre el féretro, así como en dos grandes jarrones, además de las flores enviadas por la gente, que estaban dispuestas alrededor del altar.

Los asistentes rindieron homenaje a un hombre sin nada reseñable, pero que había sido un buen amigo para muchos de ellos.

Gozaba de simpatías en su círculo y en los clubes sociales.

Allegra vio que el personal de la casa de Newport se encontraba allí.

Lamentó que Shep no pudiera estar presente también.

Mariette e Isabelle conversaron brevemente con varias personas al término del servicio.

Nadie prestó atención a Allegra. Siempre había sido la niña invisible, y la mayoría de la gente jamás había cruzado una palabra con ella.

Estaban encandilados por Isabelle, tal como ella pretendía.

Le gustaba ser la estrella del espectáculo.

Los empleados del cáterin se habían instalado en el piso para la pequeña recepción prevista después del funeral.

Allegra se había encargado de llamar por teléfono a los amigos íntimos de su abuela en su nombre, que acudieron y pasaron allí una hora más o menos.

En cuanto se marcharon, Isabelle fue a cambiarse y seguidamente apareció vestida con un traje pantalón negro que había llevado consigo, y anunció que había quedado con unos amigos para cenar.

Según dijo a su madre antes de besarla, daba por sentado que estaría agotada y que tendría ganas de descansar, y le dijo adiós a Allegra con la mano.

No le propuso que la acompañara, algo que a Allegra no le extrañó.

Cuando Isabelle se marchó, con su pelo rojo suelto y envuelta en una nube de perfume, Mariette miró a su nieta y negó con la cabeza.

—No sé por qué todavía espero que cambie.

Pensaba que a la larga maduraría, pero no ha sido el caso: siempre será una hermosa mariposa.

Dudo que haya querido a alguien jamás en su vida.

Abrigo la esperanza de que su nuevo marido sepa dónde se está metiendo.

Según tengo entendido, son tal para cual.

Gracias por ayudarme a organizar la ceremonia, Allegra.

Ha sido muy bonita. A tu abuelo le habría encantado. Ha sido digna y perfecta.

—Gracias.

Allegra le sonrió. Sintió lástima por su abuela.

La vida que había conocido hasta entonces acababa de terminar.

Sin duda, no sería la misma sin su esposo.

Su duelo era tanto por él como por la vida que habían compartido, sumamente gratificante para ambos y que a partir de ahora sería completamente diferente para Mariette, una vez sola.

—Deberías intentar descansar un poco —le aconsejó Alle­gra con dulzura.

Su abuela asintió con la cabeza y, al cabo de unos minutos, se dirigió a su habitación para tumbarse.

Allegra también se fue a su cuarto a quitarse el feo vestido negro y se puso unos tejanos y un suéter.

Tenía a Shep en el pensamiento. Ella se graduaría dentro de siete semanas, y estaba previsto que él regresase dos semanas después.

Su servicio en Afganistán estaba tocando a su fin.

Lo habían superado. No les había resultado fácil, pero lo habían sobrellevado, manteniéndose en contacto permanentemente.

Estaba segura de que había cosas que a él no le permitían revelar, sin embargo, aunque a veces parecía estresado, incluso desanimado, daba la impresión de que se encontraba bien.