Allegra Capítulo 3
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Capítulo 3

El invierno sin Shep fue duro para Allegra.

Trató de ocupar el tiempo con los trabajos de clase.

Tenía que escribir la tesis de fin de grado.

Se había decantado por las cuestiones de trasfondo en la obra de Shakespeare, que era un tema ambicioso, pero la tarea la mantuvo absorta las noches de invierno.

Pasó Acción de Gracias con los abuelos Vanderholt, y le entristeció ver que su abuelo estaba confundido.

Arthur, que tenía setenta y nueve años, se había encontrado estupendamente hasta hacía bien poco.

Sus abuelos se quedaron en Nueva York para las fiestas, y Allegra pasó la Navidad con ellos. Su abuela, Mariette, le preguntó por Shep y, cuando Allegra le dijo que lo habían destinado a Afganistán para realizar un servicio de seis meses, se quedó sorprendida.

Allegra recibía con asiduidad cartas de Shep, que la llamaba cuando podía.

Parecía cansado al hablar por teléfono, y le contó que las condiciones allí eran duras y peores de lo que le habían adelantado, aunque no entró en detalles.

Ella ignoraba si se refería a las condiciones del día a día para los oficiales y las tropas o al estado de la guerra.

Shep había coincidido con el padre de Allegra en una ocasión, y conversaron durante unos minutos.

Según dijo, Bradley parecía estar en todo su apogeo, cosa que a ella no le extrañó: que lo desplazaran a zonas de conflicto siempre lo revitalizaba.

Allegra se preguntó si se retiraría algún día.

No obstante, le preocupaba más Shep. En algunas de sus cartas transmitía desánimo, y decía que se morí a de ganas de volver a casa.

Se pasó la semana no lectiva de primavera en la biblioteca de la universidad, trabajando en la tesis.

Debía terminarla antes de graduarse en mayo.

A esas alturas, Shep ya había realizado más de la mitad de su servicio; ella contaba los días que faltaban para su regreso.

Sonreía cada vez que contemplaba la alianza que lucía en el dedo.

Cuando visitaba a sus abuelos se ponía otra sortija con el fin de que pasara inadvertida, pero el resto del tiempo era la única joya que llevaba encima.

Le recordaba la promesa de sus votos matrimoniales y los tiempos mejores que estaban por llegar, cuando ya no estarían separados.

Aguantaban el chaparrón; Allegra le escribía casi a diario, compartía todos sus pensamientos desde la lejanía y le contaba lo que hacía.

Le hablaba de las pocas amigas a las que veía cuando no estaba estudiando, de las cuales tan solo una o dos sabían que se había casado.

Shep decía que gracias a sus cartas seguía adelante y que significaban muchísimo para él.

Se había llevado consigo un puñado de fotografías de ella, y las miraba cada dos por tres.

Para él, era la mujer más guapa del mundo.

Allegra sonreía siempre que se lo decía.

No le creía, pero resultaba agradable escucharlo y saber que eso era lo que sentía.

En Semana Santa, el abuelo de Allegra sufrió una aparatosa caída.

Resbaló saliendo de la ducha y se rompió una cadera.

Fue necesario operarlo, y, al contrario de lo esperado, la intervención no se desarrolló sin contratiempos.

Allegra, como correspondía, fue a verlo, y le dio la impresión de que había envejecido diez años.

Su estado de confusión había empeorado. Él, creyendo que se trataba de su hija, se pasó el rato llamándola Isabelle.

Allegra pensó que Arthur, a los setenta y nueve, era demasiado joven para padecer demencia senil.

Y por primera vez se compadeció de su abuela.

Consternada por la situación de su esposo, temía perderlo.

Allegra fue a cenar con ella unas cuantas veces, e intentó reconfortarla.

Mariette se quejó de que Isabelle solo había llamado en dos ocasiones para saber cómo estaba su padre y no había ido a Nueva York a verlo.

—Desde luego, es la mujer más egocéntrica del mundo —comentó Mariette, con una asombrosa lucidez, y acto seguido miró a Allegra—.

¿A santo de qué te estoy contando esto? Fue una completa irresponsable como madre, y nunca ha sido mucho mejor como hija.

Esto para nosotros no tenía tanta importancia cuando éramos más jóvenes, pero ahora sí.

Tu abuelo no para de preguntar por ella, y yo de recordarle que sigue en Londres, y pongo el pretexto de que está liada.

Pero en realidad no hay excusas que valgan para no llamar.

Y no le costaría nada dejarse caer por Nueva York alguna que otra vez.

No piensa en otra cosa que en ir a fiestas.

No ha cambiado desde que era joven. Ya tiene cuarenta y cuatro años, y lo lógico es que a estas alturas hubiera sentado la cabeza.

El hombre ese con el que lleva saliendo desde hace un año no tiene visos de ser mejor que ella.

Van a partidas de caza, fiestas y bailes por toda Europa.

Sé más de ella por lo que leo en las revistas que por las noticias que nos da.

Por todas esas razones había abandonado a Allegra quince años atrás.

Si bien a los padres de Isabelle les gustaba tanto o más la vida social y eran igual de esnobs y superficiales, en ningún momento habían abandonado a su hija, sino a la inversa, y llevaban cincuenta años en un matrimonio sólido.

Habían celebrado sus bodas de oro el año anterior con sus amistades, en una gran fiesta que organizaron en Newport.

Invitaron a Allegra, que fue con Shep. Su abuela lució un elegante y discreto vestido dorado de Óscar de la Renta.

El estado de su abuelo no mejoró. Al regresar a casa del hospital contrajo bronquitis, que derivó en neumonía.

Allegra fue a visitarlos y se quedó muda de asombro al ver lo enfermo que estaba su abuelo.

Parecía haber perdido diez kilos; él no la reconoció.

Por primera vez, sintió algo verdadero por ellos.

Su abuela daba la impresión de estar desesperada.

Arthur disponía de enfermeras las veinticuatro horas, y el Domingo de Resurrección se apagó y falleció mientras dormía.

Su abuela la telefoneó temprano esa misma mañana para darle la noticia; Allegra se vistió a toda prisa y fue en taxi a su piso.

Encontró a Mariette sentada en su dormitorio, deshecha, con un vestido negro liso, y, aunque solo tenía setenta y cuatro años, a su nieta de pronto le pareció que aparentaba cien.

Ante aquella imagen, Allegra cayó en la cuenta de hasta qué punto Mariette había amado a Arthur, y pensó en el gran desconsuelo que sentiría ella si algo le ocurriera a Shep.

Ayudó a su abuela a hacer las gestiones.

Telefoneó a la funeraria y escribió el obituario.

No había gran cosa que decir sobre su abuelo.

Arthur Vanderholt había sido banquero de inversiones durante muchos años y se había retirado quince años atrás.

Pertenecía a todos los clubes selectos de Nueva York y había estudiado en Princeton.

Carecía de logros dignos de mención. Aunque procedía de una familia aristocrática, no poseía una inmensa fortuna.

Mariette y él tenían dinero, pero no era famoso, tan solo muy conocido en los círculos sociales de sangre azul en los que se movían.

En el obituario, Allegra escribió que había residido entre Nueva York y New­port, en Rhode Island, que le sobrevivía su viuda, Mariette Ashton Vanderholt, una hija, Isabelle Vanderholt, afincada en Londres, y una nieta, Allegra Dixon.

Había escrito «amado» esposo y padre, y, tras largos instantes de vacilación, con la mirada clavada en la página, al final añadió «amado» delante de «abuelo».

Fue su último tributo. Su abuelo jamás había sentido un interés especial por ella, y recordó lo reacios que él y Mariette se habían mostrado a acogerla durante las vacaciones escolares cuando tenía once años y estudiaba en el internado, y la frialdad con que la trataban, obligada a comer con los criados en la cocina.

No obstante, al final, en el transcurso de los últimos diez años, habían hecho gala de una actitud medianamente decente y considerada como abuelos.

El afecto mutuo había ido creciendo con el paso del tiempo, y nunca le habían dado la espalda como hicieron sus padres.

De hecho, les causaba estupor lo poco que su yerno la veía, y mucho más el distanciamiento de su propia hija, que la había abandonado cuando ella tenía seis años, sin jamás enmendar su conducta ni hacer el menor intento de reparar el daño o conocer a fondo a Allegra.

Ahora Mariette se daba cuenta de que Allegra era una encantadora joven con principios y valores muy superiores a los de Isabelle, y que nunca había recibido ninguna muestra de cariño por parte de sus padres.

A Mariette la consternaba y la avergonzaba que su propia hija se hubiese desentendido de Allegra toda su vida.

Pensaba que era un milagro que la niña hubiera salido tan bien, no precisamente gracias a Isabelle.

Ahora lamentaba no haber pasado más tiempo con su nieta cuando esta era más pequeña, y le conmovió que no les guardase rencor por ello.