Capítulo 2 #4
Se acurrucaron en la cama, pues hacía frío aquella noche, y cuando él se despertó charlaron sobre las cosas que habían hecho el verano que se conocieron en Newport.
Tendrían que aferrarse a los recuerdos para sobrellevar los seis meses posteriores a su partida.
Procuraron abstraerse de la razón de su precipitada boda, pero se hallaba latente en todo momento, como un redoble de tambor en la lejanía, una tormenta a punto de engullirlos.
No les quedaría otra que agarrarse fuerte para capear el temporal.
Ambos estaban preparados. A ella le resultaba doloroso saber que no volvería a verlo hasta mayo.
Se le antojaba una eternidad. Desde que se conocieron jamás habían pasado tanto tiempo separados.
El domingo salieron a dar un largo paseo por el parque.
Ella sonreía cada vez que contemplaba la fina alianza de oro que él le había puesto en el dedo el día anterior.
La había adquirido en Washington; para acertar con la medida, cogió un anillo de Allegra sin que ella se diera cuenta.
Él también lucía el anillo de bodas. Todavía no había decidido si informar al ejército de que se había casado.
En caso de hacerlo, la noticia podía llegar a oídos del padre de Allegra, y ella no quería que se enterase.
Se enojaría por que no hubieran esperado para hacerlo como era debido, con una formación completa de cadetes de West Point sosteniendo un arco de sables sobre sus cabezas, como correspondía a un oficial de la academia.
Ella sabía qué tipo de boda le habría gustado a su padre.
Aunque no había estado a su lado ni en uno solo de los momentos importantes de su vida, desearía toda la pompa y la ceremonia acordes con su rango, cosa que a ella le traía sin cuidado.
No lograba recordar la última vez que la había abrazado, y, sin embargo, a él le haría ilusión conducirla al altar.
La hipocresía de la situación clamaba al cielo.
Le bastaba con estar casada con Shep. No hacía falta anunciarlo a los cuatro vientos. Algún día lo harían, a su debido tiempo, cuando Afganistán fuera agua pasada.
El lunes por la mañana, Shep cogió el primer tren de vuelta a Washington, y estuvo ensimismado todo el día, pensando en ella, en el fin de semana de la boda y en lo que significaba para él.
Se preguntaba cómo iba a ser capaz de separarse de Allegra en unas cuantas semanas.
En cuanto llegase a Afganistán recibiría un riguroso entrenamiento de combate, si bien en teoría, al pertenecer al servicio de inteligencia militar, no tenía que participar en las batallas.
Pero surgían imprevistos, y era preciso que conociera el método de guerra local y a lo que podría tener que enfrentarse inesperadamente.
No le había hablado de ello a Allegra. Tan solo era una parte del adiestramiento al desplazarse a la zona.
Fue a Nueva York cada fin de semana, hasta el último, entonces Allegra se desplazó a Washington. Se saltó algunas clases para despedirse de él. Deseaba apurar todos los minutos que pudieran compartir.
El último fin de semana que pasaron juntos fue duro.
El tictac de cada minuto sonaba tan fuerte que casi podía oírse, como el polvo filtrándose en un reloj de arena.
Segundo a segundo, lo estaba perdiendo, y se preguntaba quién ocuparía su lugar a la vuelta.
Le constaba que las peores heridas que causaba la guerra eran las invisibles.
Shep tenía que presentarse en la base la noche previa a su partida. Ella lo llevó en un coche que habían alquilado; él la abrazó con fuerza antes de bajarse.
—No te preocupes, volveré, señora Williams. —Se recreó en el tratamiento y ella sonrió.
Le encantaba cómo sonaba. Lo besó y él le acarició la cara, como intentando memorizar la sensación, el roce, la ternura de sus labios sobre los suyos.
—Vuelve conmigo tal como eres, y punto —dijo ella en voz queda—. Te estaré esperando, Shep.
—Sé que lo harás.
Finalmente tuvo que hacer de tripas corazón para soltarla y salir del coche. Se quedó mirándola unos instantes, sonrió y acto seguido se encaminó hacia su barracón, con un último adiós con la mano.
Mientras ella observaba cómo se alejaba, sintió un estremecimiento en todo el cuerpo, consciente de que al día siguiente estaría en Afganistán y de que no podría hacer nada para protegerlo. Solo le quedaba rezar para que regresara con ella cuerdo, vivo y entero.
Llevó el coche al garaje donde lo habían recogido; Shep ya había abonado el importe del alquiler.
Fue en taxi a la estación para subir al último tren de regreso a Nueva York.
Ahora era su esposa. Acurrucada en el asiento del vagón, con la mirada perdida en la noche a través de la ventanilla, le venía a la cabeza un aluvión de imágenes de las últimas semanas.
«No puedo perderlo ahora», pensó. La vida no sería tan cruel con ellos.
Cuando llegó a casa aquella noche era demasiado tarde para llamarlo, y por la mañana, al despertarse, él ya se habría ido.
Estaría de camino a Afganistán. Acarició la alianza que llevaba en el dedo y rezó para que el amor que se profesaban lo mantuviera a salvo, y que el mismo hombre que se había marchado regresase a casa con ella.