Capítulo 2 #3
Permanecieron despiertos tumbados en la cama conversando durante la mayor parte de la noche, y finalmente se quedaron dormidos.
Se levantaron temprano, aún de noche, salieron y fueron en metro al centro, donde se colocaron en la cabecera de la fila para esperar a que abriera el ayuntamiento.
Entraron derechos a la oficina de licencias y rellenaron los formularios.
Cuando les entregaron el documento, Allegra lo puso a buen recaudo en su bolso.
Shep la besó, se sintieron como dos conspiradores en una misión secreta, y a continuación él cogió el metro hasta la estación de Penn para tomar el tren hacia Washington, y ella realizó el largo trayecto de vuelta a Columbia, al norte de la ciudad.
Resultaba emocionante saber que llevaba su licencia de matrimonio en el bolso.
Casarse con Shep era lo más importante que haría en toda su vida.
La cambiaría por completo. En adelante sería una mujer casada, y algún día tendrían hijos.
Lo de ahora era el principio, y, cuando él regresara, si así lo querían, podrían organizar una boda en toda regla digna de Newport en la mansión de los Vanderholt, con tal de complacer a sus familias y darle un cariz más oficial.
Sin embargo, esto le parecía mucho más auténtico.
Sería su esposa cuando Shep se marchase, y durante el resto de su vida hasta que uno de los dos faltara.
Estaba contenta de que él deseara contraer matrimonio.
Esa tarde, a la salida de clase, telefoneó a su padre, en Afganistán.
Allí tenía un despacho, donde esperaba encontrarlo si es que no estaba en una misión de campo.
El motivo de la llamada no era comunicarle que iba a casarse.
Quería decirle que a Shep lo habían destinado a Afganistán, y que estuviera pendiente de él.
A su padre le sorprendió recibir noticias suyas; Allegra nunca lo llamaba, salvo para felicitarlo por su cumpleaños, o en Navidad.
—¿Va todo bien? —le preguntó en tono formal. Sabía que el abuelo de Allegra no se encontraba muy allá últimamente.
—Sí y no —dijo ella con voz seria—. A Shep lo mandan a Afganistán dentro de tres semanas. Quería que lo supieras.
—Averiguaré dónde lo van a destinar. A lo mejor a mi oficina, o tal vez lo asignen a algún otro destacamento.
Aquí, sobre el terreno, mantienen ocupados a los chicos de inteligencia militar.
Capturamos a un buen número de espías con los que tenemos que lidiar —dijo con naturalidad, y el miedo volvió a encogerle el corazón a Allegra.
—Ojalá no lo enviaran allí. Le quedan menos de dos años.
—Todos acabamos pasando por sitios como este en algún momento. Hasta ahora ha tenido un recorrido sin sobresaltos. Afganistán lo convertirá en un hombre hecho y derecho.
Shep ya era un hombre hecho y derecho, y ella quería evitar a toda costa que siguiera los pasos de su padre.
El concepto de hombría de Bradley difería mucho del suyo.
Hablaron durante unos minutos más, y él dijo que averiguaría cuándo llegaba Shep y que lo buscaría.
A Bradley le caía mejor ahora que se había enterado de que le asignaban una misión en un destino duro en vez de un puesto de oficina en el Pentágono.
Allegra no le dijo a Bradley que su plan era casarse tres días después.
Se trataba de un asunto privado entre ella y Shep, y no tenía el menor deseo de informar a su padre.
Algún día la conduciría al altar ataviado con su uniforme de gala, cosa que era pura fachada.
La verdadera esencia de su matrimonio se gestaría en el ayuntamiento al cabo de tres días; Bradley no pintaba nada.
No había compartido nunca ni las alegrías ni las penas de su hija, y este iba a ser el momento más importante de su vida.
Ella deseaba compartirlo con Shep, con nadie más.
Era la única persona que había estado a su lado en toda su vida.
Sus abuelos habían aceptado a regañadientes acogerla durante las vacaciones, y su padre siempre se había desentendido de ella.
No le debía nada, excepto una actitud respetuosa cuando la visitaba durante unas cuantas horas una vez al año o año y medio.
Shep llegó el viernes a medianoche. Su actual puesto en inteligencia militar era un trabajo rutinario de oficina, cinco días a la semana, con las noches y los fines de semana libres.
Había cogido el tren en Washington a la salida del trabajo, como llevaba haciendo todos los fines de semana desde hacía tres años.
Todo había ido sobre ruedas hasta el momento.
Y ahora debía afrontar el traslado a Afganistán.
Se encontraban entre los primeros de la cola en la puerta del ayuntamiento.
Allegra llevaba puesto un vestido de lana blanco que ya tenía y un abrigo blanco que se había comprado esa semana con su paga; en el ayuntamiento le prestaron un ramo de flores.
Con su pelo rojo liso cayéndole por la espalda, destilaba belleza y juventud.
Incluso en aquel entorno institucional, de repente hubo un instante mágico cuando el funcionario del ayuntamiento que oficiaba las ceremonias ese día los declaró marido y mujer y Shep la besó.
No hubo nada de la parafernalia propia de la boda que habrían celebrado en otras circunstancias, pero fue un momento que ambos sabían que atesorarían para siempre.
Allegra devolvió el ramo cuando se disponían a marcharse, y acto seguido salieron al sol de octubre.
Hacía un maravilloso día de otoño en Nueva York.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó ella; tenía una sonrisa de oreja a oreja.
Por un momento olvidaron el motivo de su precipitado enlace; solo eran una joven pareja con toda una vida en común por delante.
Shep, que tenía un plan en mente, paró un taxi.
Le pidió al conductor que los llevara al hotel Plaza, donde la condujo a una calesa blanca, y, tras dar una vuelta por Central Park, el cochero los llevó por la Quinta Avenida hasta el Club 21.
Aunque ambos habían comido allí con sus respectivos abuelos en varias ocasiones, nunca habían ido juntos.
Shep había reservado una mesa y pidió champán.
Brindaron y, tras disfrutar de un opíparo almuerzo, regresaron al pequeño piso de estudiantes, al norte de la ciudad.
Pese a las circunstancias y sin nadie con quien celebrarlo, Shep y Allegra hicieron que ese día fuera especial.
Incluso al llegar al apartamento tuvieron una sensación distinta a la habitual.
Él cruzó el umbral con ella en brazos, e hicieron el amor con la ternura y la emotividad propias del día.
Luego él se quedó dormido en sus brazos, mientras ella observaba su hermoso rostro.
Shep transmitía una inocencia que la conmovía en lo más hondo.
Algunas veces se comportaba más como un niño que como un hombre.
Conservaba una cualidad juguetona, infantil, que ella adoraba y que hacía aflorar la suya.