Capítulo 2 #2
—Para mí que piensa que mi padre es un asesino, puesto que es militar de carrera. Y es probable que tenga razón —dijo Allegra, aunque la ponía enferma pensar en ello.
Estaba segura de que si supiera las cosas que su padre había hecho, se horrorizaría.
Pero jamás lo sabría. No quería que Shep fuera por ese camino; lo destruiría.
En cambio, él decía que disfrutaba de las clases de inteligencia militar, aunque no podía hablar de ellas.
Era el único tema de su vida que no trataba con Allegra. Eran como dos cuerpos y una sola alma.
Su segundo año en la universidad fue igual de bien, y el tercero. Las clases se estaban poniendo más interesantes. Su relación con Shep se había vuelto más profunda. A principios del último curso ya llevaban tres años de noviazgo, y dos más siendo amigos íntimos.
Shep tenía otros dos años por delante antes de finalizar el servicio activo, y cuatro semanas libres en verano, que pasó en Newport.
Allegra se instaló en casa de sus abuelos a fin de estar cerca de él.
Eran inseparables. En aquel entonces ella tenía veintiún años, y él, veinticinco.
Ella apenas había visto a su padre en los últimos dos años.
Estaba en Irak como jefe de la inteligencia militar.
Tenía sesenta y cinco años, y planeaba retirarse a los sesenta y ocho.
Era teniente general, con una prórroga presidencial para prolongar el servicio activo hasta cumplir los sesenta y ocho.
Entonces tendría que retirarse. Pero el ejército era su vida, y poseía vitalidad y fuerza.
Por su pericia y experiencia, el ejército lo necesitaba.
Seguía en Oriente Medio cuando Allegra comenzó su cuarto curso en la Universidad de Columbia.
Por aquel entonces, Shepherd trabajaba a jornada completa en el servicio de inteligencia militar en Washington, un trabajo con el que disfrutaba.
No obstante, su idea era abandonar el ejército al cabo de dos años, al año siguiente de que Allegra se graduara.
Sus planes en común cuadraban a la perfección, tal y como había sucedido desde que ella estaba en la universidad.
El suceso más impactante que jamás habían vivido los dos se produjo poco después del inicio del curso en septiembre.
Se encontraban ella en Nueva York y Shep en Washington el 11 de septiembre, la mañana en la que los aviones colisionaron con las Torres Gemelas.
Las clases se suspendieron de inmediato, y Allegra se dirigió a toda prisa a su apartamento para mirar las noticias por televisión.
Al ver la crónica de la colisión contra el Pentágono en Washington, entró en pánico pensando en Shep.
Al principio temió que hubiera estallado una guerra.
Lo que estaba aconteciendo en realidad resultaba tan inconcebible que nadie le encontró explicación en un primer momento.
Observó cómo las Torres Gemelas se desplomaban y lloró mientras lo presenciaba.
Pasaron horas hasta que logró contactar con Shep, y una semana hasta que lo vio, cuando a él finalmente le fue posible desplazarse a Nueva York.
Fuera cual fuese la información privilegiada de la que él dispusiera, no podía revelársela.
El país entero se hallaba profundamente conmocionado, y en Nueva York se respiraba un ambiente sombrío y apagado.
Transcurrió un mes entero hasta que en la ciudad se reanudó una aparente normalidad y la gente pareció estar de mejor ánimo.
Shep le dijo que, tras un atentado tan devastador en suelo estadounidense, el día a día ya no volvería a ser igual.
En octubre, un mes después del 11-S, mientras hacían planes para Acción de Gracias, Shep se presentó en Nueva York un martes por la noche de improviso.
Siempre la llamaba para avisarla antes de ir.
En aquella época, Allegra vivía en un pequeño piso para estudiantes, sufragado por su padre, en las inmediaciones de la universidad.
Shep disponía de una copia de la llave y entró directamente.
Ella, que estaba estudiando, de pronto levantó la vista y lo vio allí plantado. Tenía el semblante pálido y atribulado.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó, al tiempo que se levantaba para besarlo.
Él la estrechó entre sus brazos.
—Tengo que hablar contigo —respondió mientras se sentaban.
—¿Quieres comer algo? —Él negó con la cabeza. Ella sabía que traía malas noticias, y sintió un escalofrío de arriba abajo—. ¿Qué pasa?
—Hoy he recibido órdenes. Van a enviarme a Afganistán —dijo con mirada atormentada.
—Pensaba que iban a dejarte en Washington… —Consternada por la noticia, frunció el ceño.
—Esto es lo que dijeron. Han cambiado de parecer. Pueden mandarme dondequiera que dispongan. Y cuento con la formación necesaria. —Hasta la fecha jamás lo había mencionado.
—¿Es por lo del 11-S? —le preguntó Allegra, y él asintió con la cabeza—. ¿Puedes negarte a ir? —inquirió sin aliento, al tiempo que alargaba la mano hacia la suya.
Él se la agarró con fuerza mientras seguían sentados en el sofá. El anuncio de la misión también lo había conmocionado.
—No. Estoy en el ejército. Maldita sea, tendría que esgrimir una razón de peso, como motivos de salud, para no ir, y no la tengo. Solo van a enviarme fuera seis meses, y luego estaré otros dieciocho meses en Washington hasta finalizar el servicio activo.
—No puedes ir.
Allegra parecía desesperada. Había sido testigo de los estragos que destinos como aquel habían causado en su padre.
Para ella, Bradley era infrahumano, al margen de lo bien que se le diera su trabajo, o probablemente debido a ello.
Quería evitar que a Shep le ocurriera lo mismo.
Lo destrozarían. Era la persona más tierna que conocía.
De ningún modo sobreviviría en un conflicto bélico semejante, ni a las cosas que allí sucedían.
Por su padre, sabía lo suficiente acerca de la inteligencia militar para estar aterrada por Shep.
—No me queda otra —dijo él—. Son órdenes, no una sugerencia. Mientras esté allí, formaré parte de la unidad de inteligencia militar. En teoría se trata de un puesto estratégico de oficina.
Lo habían entrenado para una situación como esa.
—En una zona de guerra no existe tal puesto. Todo el mundo se involucra en el trabajo sucio, y, en lugares así, es sucio a más no poder. —Allegra se había informado acerca de ello—. ¿Cuándo tienes que irte?
—Dentro de tres semanas —respondió él, sin dejar de estrujarle con fuerza la mano.
Había preferido comunicárselo en persona. No podía darle semejante noticia por teléfono. Le constaba lo mucho que se disgustaría. Él también, pero nada podía hacer al respecto. No tenía más remedio que ir.
—No estarás aquí en Acción de Gracias —dijo Allegra, que se sentía tan aturdida como si se hallara sumida en una espesa niebla.
—Lo sé.
—Ni en Navidad. ¿Cuándo regresarías?
—En mayo —dijo él en tono inexpresivo.
A ambos se les antojaba una eternidad. Si es que antes no le disparaban o mataban.
—¿Y ahora qué hacemos? —le preguntó ella, aún aturdida.
Se sentía como si los hubiera golpeado una bola de demolición.
—Quiero casarme —respondió él con voz ahogada.
—¿Ahora? —Ella no se lo esperaba.
—Antes de marcharme. Me da la sensación de que me protegerá. —La declaración de Shep hizo que a Allegra se le empañaran los ojos—. Y, de todos modos, queremos casarnos.
A menudo habían comentado que no deseaban una boda de postín. Allegra asintió con la cabeza, pensando en su proposición. A ella también le atraía la idea. Así reafirmarían lo que sentían el uno por el otro desde hacía cinco años. Habían madurado juntos.
—¿Quieres organizar una boda como Dios manda y todo eso? —le preguntó ella, para cerciorarse.
Resultaría difícil de llevar a buen puerto.
Su abuelo había caído enfermo recientemente, y su abuela estaba cada vez más delicada y no se encontraba en condiciones de planificar una boda, si es que aceptaba hacerlo.
Allegra siempre había dado por sentado que tendría que organizar su boda por su cuenta algún día, aunque fuese modesta, pero tres semanas de margen no bastaban para hacerlo.
A ninguno de los dos les importaba, ni les había importado nunca, la ostentación. Lo único que les importaba era casarse.
—No, vayamos al ayuntamiento, y listo. Podríamos conseguir la licencia de matrimonio mañana, antes de que me marche, y casarnos este fin de semana. Me parece que hay que esperar un par de días después de tramitar la licencia.
Ella asintió con la cabeza.
—Me saltaré la clase de primera hora mañana. ¿Vas a avisar a tus padres? —le preguntó Allegra.
Le cabía la duda de si darían o no su beneplácito. Aún creían que ella era demasiado joven para comprometerse en una relación tan seria.
—No sé. Si se lo digo, querrán que esperemos y organicemos una boda de esas por todo lo alto en Newport. Siempre hay tiempo para planear algo así más adelante. Esto nos atañe solo a nosotros, si quieres hacerlo —dijo a modo de tímida proposición. Suponía un gran paso para ambos.
—Sí que quiero —afirmó ella con determinación. Todo estaba sucediendo muy deprisa—. Mi abuela opinará lo mismo. Dejemos al margen las opiniones de los demás y hagámoslo, sin más.
Al escuchar su respuesta, él sonrió y no se sorprendió.
Siempre coincidían en todo, como almas gemelas.
Ella abrigaba la esperanza de que el hecho de casarse lo protegiera frente a las fuerzas del mal contra las que lucharía cada día, los peligros que entrañaba una zona de guerra, especialmente en aquella parte del mundo.
Su padre estaba allí. Se preguntó si debía avisarlo de la llegada de Shep, y si le darían a este el mismo destino.
Tal vez Bradley podría echarle un ojo, aunque lo dudaba.
Carecía de instinto paternal para ella y para cualquier otro.