Capítulo 2
La sincronización fue perfecta. Shepherd no tenía que presentarse en Washington hasta tres días después de que Allegra se instalase en la residencia de estudiantes de Columbia, en Nueva York, donde se registraría y recibiría la charla de orientación.
La llevó desde Newport en una furgoneta llena con lo que había ido comprando a lo largo del verano.
El padre de Allegra le había mandado una asignación para que se equipara y le costearía los estudios universitarios, del mismo modo que había sufragado el internado y todos sus gastos e imprevistos.
Era lo único que había hecho por ella en su vida; consideraba su deber proporcionarle una educación, junto con lo básico para el colegio, la universidad y ahora su estancia en Nueva York.
Allegra comentó a Shep que su padre le daba ese «dinero sucio» para no tener que estar presente.
Era una especie de padre virtual que se limitaba a cubrir todos los gastos de su hija sin protestar.
Shep la ayudó a instalar el equipo de música y cargó con el baúl.
Hizo lo que hacían los padres de las demás, y por la noche salieron a cenar.
Habían pasado juntos cada minuto del verano; a ella le resultaría raro estar sin él cuando se marchara a Washington.
Los abuelos de Allegra pensaban que se trataba de un inocente coqueteo, ajenos, al igual que los ultraconservadores padres bostonianos de él, a que ya habían ido más allá.
Ninguno puso la menor objeción a que salieran juntos, asumiendo que la relación se enfriaría una vez que ella se fuera a la universidad y él a Washington, sin tener en cuenta la estrecha amistad que los unía desde hacía dos años.
Sus familias no se tomaban en serio su relación.
Opinaban que Allegra y Shepherd, con dieciocho y veintidós años respectivamente, tenían la vida entera por delante y que conocerían a las personas adecuadas con las que entablar relaciones serias.
Los mayores le restaban importancia a la suya, como si fuera una ilusión pasajera, un romance de verano; no eran conscientes de lo unidos que estaban.
Shepherd siempre se había sentido como el bicho raro de su familia.
No tenía nada en común con sus dos hermanos, que vivían lejos y rara vez iban a casa y con quienes se llevaba diez y doce años, ni con unos padres mayores, rígidos y remilgados a más no poder.
Allegra, que carecía por completo de lazos familiares, lo entendía.
Shep y Allegra habían hablado ya del futuro, y ambos estaban seguros de que se haría realidad.
No discutieron con sus familias acerca de ello.
Que no se tomaran en serio la relación que mantenían facilitaba las cosas.
De lo contrario, les habría preocupado que se distrajeran de sus obligaciones en el ejército y en la universidad.
A Shep le llevó dos días ayudarla a instalarse en Columbia, donde se quedó otro más simplemente por estar con ella. Incluso la acompañó a la charla de orientación. Allegra estaba emocionada con la universidad, y Shep, contento por ella. Ahora era libre.
—Te echaré de menos —dijo Allegra la última noche que estuvieron juntos.
Shep se hospedaba en un pequeño y modesto hotel en el West Side, donde ella pasó la noche con él, esgrimiendo al salir de la residencia de estudiantes el pretexto de que iba a quedarse en casa de sus abuelos.
Había conocido a sus dos compañeras de habitación, aunque de pasada, y no les debía ninguna explicación.
Ellas estaban ocupadas con sus padres. Por una vez, no le importó que los suyos no estuvieran allí con ella.
Su padre se hallaba en Irak y había prometido volver para Navidad.
Allegra no contaba con ello, así que había acordado con Shep que, si al final su padre no regresaba esos días, pasarían juntos las fiestas, ya fuera en Nueva York o en Newport, dependiendo de donde estuvieran sus respectivos abuelos.
Allegra y Shepherd se marcharon del hotel temprano a la mañana siguiente para que él pudiera coger el tren a Washington y ella llegar a tiempo a su primera clase.
Él le había prometido que, si podía escaparse, volvería ese fin de semana o el siguiente.
A diferencia de todas las demás personas que formaban parte de su vida, Shepherd jamás la decepcionaba, especialmente desde que habían mantenido relaciones íntimas ese verano.
Él pasaba todo el tiempo que podía con ella, y nunca le fallaba.
Ambos ardían en deseos de comenzar sus clases en otoño: Shep su curso de liderazgo y después la formación en inteligencia militar, y ella sus estudios de Literatura Inglesa en la universidad.
Con Shep destinado en Washington, se les presentarían numerosas oportunidades de pasar fines de semana juntos.
Eran buenos estudiantes, y tenían mucho que aprender, aunque Allegra debería hincar los codos con los trabajos y las tareas académicas, y también los exámenes.
Durante el primer curso universitario de Allegra lograron pasar juntos una asombrosa cantidad de fines de semana.
Shep cenó con Allegra y sus abuelos en Nueva York el día de Acción de Gracias.
Sus hermanos mayores planeaban celebrarlo con sus familias políticas, y como sus padres habían decidido irse de crucero, estaba libre de compromisos, así que agradeció pasar la festividad con Allegra y los Vanderholt.
Había nevado con especial abundancia en Rhode Island, por eso prefirieron no ir a Newport.
A Allegra, Newport le parecía más divertido en verano, y disfrutaba de Nueva York en invierno.
Como cabía esperar, su padre no consiguió regresar de Irak para las Navidades.
A ella ni le extrañó ni le importó. En lo tocante a sus compañeras de la residencia, le caían bien, pero no había trabado amistad con ellas.
Tenía la costumbre de guardar las distancias, excepto con Shep.
Estaban más unidos que nunca. Le concedieron un permiso largo y, como sus respectivas familias se fueron a pasar las fiestas a Newport, estuvieron juntos allí y después, poniendo ambos como excusa que iban con amigos, se fueron a esquiar a Vermont.
Se hospedaron en una pequeña y romántica posada, que Shep pagó.
Ella contribuyó a los gastos en las comidas y se compró unos esquís de segunda mano a buen precio.
Para Allegra fueron unas Navidades perfectas, mejores que cualquiera de las anteriores, porque estuvo con Shep.
Su padre le prometió regresar a Estados Unidos en mayo, pero ella sabía lo difícil que le resultaba cumplir sus planes.
Si en Irak se corría la voz de que se urdía cualquier actividad subversiva, lo retendrían allí sin más remedio.
Ella nunca contaba con verlo en la fecha anunciada. Así era la naturaleza de su trabajo.
Allegra recibió una tarjeta de Navidad de su madre, junto con un cheque de doscientos dólares y una nota en la que le decía que se comprara un regalo.
Fue la primera vez. Lo usó para pagar los esquís de segunda mano.
Se preguntaba si su madre podía imaginarse que George, el osito de peluche, aún yacía sobre su cama.
Durante muchísimos años había sido el único confidente y amigo de Allegra.
Ahora tenía a Shep. Se lo contaban todo, hablaban hasta altas horas de la noche, por teléfono o en persona.
Siempre tenían algo que decirse o confidencias que hacerse el uno al otro.
La infancia de ambos había sido solitaria.
Shep había sufrido con la actitud fría y distante de sus padres.
Sus hermanos se habían ido a la universidad cuando él aún era pequeño, cuando contaba seis y ocho años respectivamente.
Sus hermanos mayores mantenían un estrecho vínculo entre ellos, no con él.
Él había llegado por accidente, y la mayor parte del tiempo le parecía que los demás actuaban como si no existiera.
Su presencia era embarazosa. Las circunstancias de Allegra fueron más extremas, con ambos progenitores ausentes y unos abuelos que nunca se encontraban a gusto haciéndose cargo de ella.
Isabelle los había agotado con su comportamiento alocado y rebelde, y el mero hecho de convivir con una adolescente en casa, aun cuando fuera modosa, se les antojaba un desagradable déjà vu .
Para ellos fue un alivio que se marchara a la universidad y no quisiera estar con ellos mucho tiempo.
Habían cumplido con su deber como abuelos durante las vacaciones a lo largo de siete años, y estaban encantados de que se hubiera hecho mayor.
Se mostraron conformes con su relación con Shepherd porque conocían a sus abuelos de Newport y procedía de una respetable familia bostoniana de banqueros.
—¿Te das cuenta de que todas las personas con las que estamos emparentados son unas esnobs? —le comentó Allegra a Shep una noche. Él se echó a reír—. Si tú procedieras de una familia normal y corriente que no tuviera una casa en Newport, mi familia te vería con malos ojos. Es un asco.
—Así es como funcionan las familias de este tipo.
Se sienten más seguras con los de su misma clase.
Y puede que tu abuela me haya dado el visto bueno, pero no me dirige la palabra.
Mi familia no es lo bastante distinguida, su casa no es lo bastante grande para impresionarla, y dudo que le guste que sea de Boston.
Allegra sabía que tenía parte de razón. Sus abuelos eran más distinguidos que los de Shep, y más ricos, lo cual también contaba para ellos.
—Y tu madre siempre menciona que mi padre es militar. Pues lo mismo que su suegro, y ahora tú.
—Ella me lo perdona todo porque soy su hijo.
Shep sonrió a Allegra. No podía evitar fijarse en lo guapa que era. Se sentía el hombre más afortunado del mundo porque ella lo amaba. Eran unos jóvenes muy atractivos y hacían una bonita pareja.