Capítulo 1 #4
Allegra cenaba con sus abuelos una o dos veces a la semana, ratos en los que conversaban con ella sobre el colegio.
En Navidad y en su cumpleaños recibía regalos que se había encargado de comprar la asistenta, y al terminar las vacaciones agradecía regresar al internado.
Con ellos disponía de un lugar donde pasar las vacaciones y los días festivos, pero en ningún momento se sintió bien recibida ni como en casa.
Era un estorbo. Ellos cumplían con una obligación por compromiso, forzados por su yerno.
Con el paso del tiempo, Allegra se dio cuenta de que su padre los había puesto en un aprieto al pedirles que la acogieran en las vacaciones.
Ellos eran su única familia aparte de su padre, que se hallaba en la otra punta del mundo la mayor parte del tiempo, y una madre que no sentía el más mínimo interés por ella.
En resumidas cuentas, Allegra estaba sola en el mundo.
Su padre iba a verla al internado cuando volvía a Estados Unidos, pero nunca se quedaba mucho rato, ya que estaba muy ocupado en el Pentágono.
Eran extraños el uno para el otro, siempre lo habían sido.
A esas alturas, los muros que él había levantado entre ellos eran infranqueables, y Allegra aceptó los límites impuestos.
Allegra tenía dieciséis años el verano en que conoció a Shepherd Williams, un chico alto, guapo y avispado de pelo oscuro y ojos azules.
Los padres y los abuelos de Shepherd pasaban los veranos en Newport en una casa casi tan grande como la mansión donde ella se alojaba.
Sus respectivos abuelos se conocían. Shepherd procedía de una familia de Boston conservadora y muy respetable.
Tenía veinte años y estudiaba en la academia de West Point, que ella conocía bien.
Sus dos hermanos, ambos casados y bastante mayores que él, vivían en la costa oeste, así que no mantenía una relación muy estrecha con ellos.
Le dijo a Allegra que no estaba seguro de querer ingresar en el ejército, pero sus padres lo habían convencido de que West Point ofrecía una educación de calidad mientras tanto; además, su abuelo se había formado allí.
Shep era sensible, detallista y muy inteligente.
Allegra y él se hicieron buenos amigos y confidentes, y se consideraban almas gemelas.
Él jamás había tenido una amiga como ella.
Podía contarle cualquier cosa, y ella, abrirse en canal con él.
Shep estaba fascinado con ella. Allegra hablaba sin tapujos y era indefectiblemente honesta, pero nunca desconsiderada.
Era una persona de buen corazón. Conocerlo le cambió la vida.
Compartía con él las ideas y los sentimientos que hasta entonces no había tenido posibilidad de expresar a nadie.
Se escribían durante el curso, y se veían también en Navidades, en Nueva York o en Newport.
La amistad dio paso al amor el verano en que ella cumplió los dieciocho.
La habían aceptado en la Universidad de Columbia y comenzaría el curso en otoño; él acababa de graduarse como alférez en West Point y, sin saber qué otra cosa hacer, decidió permanecer en el ejército.
El padre de Allegra no asistió a la ceremonia de graduación en el instituto.
En aquel entonces estaba a caballo entre Afganistán y Sudán, pero prometió pasar la Navidad con ella.
Sus abuelos sí fueron a la graduación; a pesar de que fue incómodo, le pareció un bonito gesto por su parte.
Ahora que estaba a punto de ir a la universidad se sentía como una adulta.
Shepherd y ella se hicieron amantes ese verano, y ella volcó en él todo el amor que albergaba, amor que llevaba la vida entera a la espera de dar a alguien.
Era una relación tierna, y él, un joven sensible.
Quería ingresar en el área de inteligencia militar, como el padre de Allegra, «pero solo durante una temporada».
Se disponía a iniciar un curso de formación de liderazgo militar de un año en Washington, y luego dirigiría una unidad de inteligencia militar.
Tenía por delante cinco años de servicio activo.
Allegra le advirtió que la vida castrense y el ejército lo engullirían y lo devorarían; él prometió que no dejaría que eso sucediera.
Ella había visto lo que la carrera militar había hecho con su padre.
Era frío como el hielo, parecía casi inhumano.
Allegra había llegado a pensar que su padre era incapaz de permitirse albergar sentimientos hacia otro ser humano.
Se había mostrado cumplidor con sus padres, pero no afectuoso, ni ellos con él.
Dos mujeres lo habían decepcionado, y Allegra tenía la sensación de ser, lamentablemente, el vivo retrato de una de las dos.
Cada año que transcurría se parecía más a su madre, sin su exuberancia arrolladora y su extravagante comportamiento, pero con unos rasgos y una belleza extraordinariamente semejantes.
Volcándose en su profesión, Bradley había rehuido los vínculos profundos y duraderos, incluso con su única hija.
Parecía acongojado cada vez que la veía, y casi temeroso de que aflorara a la superficie alguna emoción con la que evitaba lidiar.
Cuando se hizo mayor, Allegra leyó sobre las guerras en las que él había participado y se dio cuenta de que seguramente su trabajo lo había hecho presenciar horrores inimaginables.
Eso era lo que temía que le pasara a Shepherd.
Él se creía capaz de lidiar con ello, pero pocos podían.
O bien se convertían en robots, como su padre, o bien se rompían por dentro en mil pedazos.
El abuelo paterno de Shepherd había sido militar, su padre se dedicaba a los negocios, y, si bien no eran personas de trato afable, se mostraban más abiertos que la familia de Allegra, y amables con ella.
Los Vanderholt habían dedicado su vida a los compromisos sociales y a los valores superficiales; eran, sobre todo, egoístas y egocéntricos.
Sus abuelos paternos, los Dixon, eran fríos como el hielo.
Para cuando cumplió dieciocho años, tras haberse pasado la vida entera observando, lo comprendió.
No quería que nada de lo ocurrido a su padre le pasara a Shepherd.
El joven era una persona muy sensible, y precisamente eso era lo que le encantaba de él.
El Cuerpo de Inteligencia Militar lo enviaría a zonas de conflicto a lo largo y ancho del mundo, lo cual podía arruinarle la vida, como a Bradley.
Ignoraba si su padre fue alguna vez una persona afectuosa, pero ciertamente ahora no lo era, al menos desde que ella podía recordar.
—No voy a seguir en el ejército tanto tiempo como para llegar a ese extremo —le aseguró Shep—. Cuando cumpla mis cinco años de servicio activo en inteligencia lo dejaré. Y luego pasaré a la reserva. Hay que permanecer en activo mucho más tiempo para que haga mella en ti.
—No siempre es así. ¿Quién sabe en cuántas guerras en lugares poco civilizados hay que participar para llegar a ese punto? ¿Por qué no intentas dejarlo antes? —sugirió ella con ingenuidad, y él sonrió.
—No sería honorable. Además, no te lo permiten. Les debo los próximos cinco años después de la formación en West Point. Y, por lo menos, el servicio de inteligencia es interesante.
—Esto es lo que me preocupa. Lo que no quiero es que estés en las últimas cuando lo dejes.
—Créeme, no lo estaré. No permitiré que eso suceda. Todo irá bien. Más o menos para cuando te gradúes estaré casi a punto de licenciarme, y a partir de ahí podremos decidir qué hacer más adelante.
Lo tenía calculado, y ella abrigaba la esperanza de que no se equivocara.
No estaba tan convencida como él de que fuera capaz de evitar el perjuicio que podía causar pertenecer al servicio de inteligencia militar, dependiendo de dónde lo destacaran.
Pero ambos aún tenían un largo camino por delante.
Ella iba a comenzar sus estudios universitarios en Columbia, y a él lo esperaba la formación en inteligencia militar y un puesto al frente de su propia unidad.
Permanecería varios años en Washington, en la Universidad George Washington, que a ella le traía recuerdos.
Aunque Allegra no había vivido en la capital desde que su madre se marchó, aún la recordaba con cariño.
Shepherd prometió a Allegra visitarla con frecuencia en Nueva York.
Eso también sería divertido. La ilusionaba la perspectiva de ser adulta, de poder tomar sus propias decisiones, en vez de que la endilgaran a familiares reacios a tenerla por medio.
Ahora anhelaba llevar su vida, y había tenido la gran suerte de conocer a un chico que la amaba de verdad.
Por primera vez desde que nació, se sentía querida.
Había acumulado una vida entera de amor para dárselo a Shep, como el dinero guardado en el banco que va acrecentándose y generando intereses.
Jamás había sido tan feliz como cuando el verano de 1998 tocó a su fin.