Capítulo 1 #3
Durante su mes de permiso, Bradley tan solo tuvo tiempo de ver a Allegra en dos ocasiones.
West Point estaba lejos de Washington. Como por aquel entonces Anna se había casado y se había marchado de la ciudad, él había contratado un servicio de limpieza para que se ocupara del apartamento durante sus ausencias y no contaba con nadie que pudiera cuidar de Allegra cuando estaba en casa.
Asistía a reuniones día y noche con el fin de preparar su siguiente misión.
Isabelle seguía en Londres, y llevaba varios meses sin recibir noticias de ella.
El divorcio ya se estaba tramitando y se hallaba en la fase final; se concedería la custodia a Bradley en exclusiva, con el pleno consentimiento de Isabelle.
A esas alturas, Allegra se había aclimatado a vivir con sus abuelos.
Le encantaba estar al aire libre y vivir en el campo, y le gustaba el colegio.
No le permitían llevar a amigos a casa. No había motivos para cambiar lo que estaba funcionando, y Bradley seguía sin encontrar una solución mejor.
Los padres de Isabelle le habían dejado claro que no podían hacerse cargo de una niña de la edad de Allegra.
Allegra vivió con sus abuelos paternos durante cinco años, pasando lo más inadvertida posible en el ambiente rígido y frío de su casa.
Al principio procuró ganárselos y mostrarse cariñosa y servicial.
Las expresiones de afecto incomodaban a sus abuelos, que no las fomentaban.
Bradley la visitaba cuando se encontraba en el país, pero ella jamás volvió a vivir con su padre.
Después de que Isabelle lo abandonara lo destinaron a Libia, al golfo Pérsico, a Panamá y a Liberia, y rara vez volvía a Estados Unidos para periodos prolongados.
A Allegra le gustaba West Point cada vez que iba con sus abuelos a ver las maniobras o un desfile. Le resultaba emocionante, y le traía recuerdos de su padre. Se le antojaba que todos los hombres uniformados se asemejaban un poco a él.
Sus abuelos la llevaron a ver a su madre dos veces en cinco años, cuando Isabelle fue a Nueva York desde Londres, donde se había afincado.
Allegra pensó que su madre estaba tan guapa como de costumbre, y se quedó pasmada cuando la abrazó.
Se encontraba tan privada de afecto que al instante sintió una súbita oleada de amor por ella.
Se había habituado a la sobriedad de sus abuelos, que la trataban como a una adulta y nunca la tocaban.
Cuando abrazaba a su padre, él siempre se ponía rígido, y ella sabía que había hecho algo malo.
No tenía dónde canalizar el amor que albergaba en su interior, nadie a quien ofrecérselo.
Yacía latente dentro de ella, como un profundo pozo que se llenaba de una fuente desconocida.
Por las noches aún dormía con su osito de peluche, cosa que su abuela desaprobaba pero consentía.
Las dos veces, a Allegra le encantó ver a su madre.
Isabelle era de lo más exquisita y emocionante.
Se hacía querer y abrazar, y se lo permitía a su hija.
Era suave y delicada al tacto, y su perfume olía delicioso.
Todavía usaba el mismo; Allegra aún lo recordaba.
Pasó un día con ella, y luego, como una mariposa, su madre echó a volar y los vivos colores de sus alas desaparecieron del mundo de Allegra.
Se fue a algún sitio a ver a sus amigos, y Allegra regresó al norte de Nueva York, al mundo gris de sus abuelos.
El mayor temor de los abuelos era que la niña saliera a su madre, y hacían lo imposible por evitarlo y cerciorarse de que se convirtiera en una persona seria y responsable, con valores «normales».
Bradley también trataba de inculcarle eso en sus escasas y breves visitas.
Los cinco años de austeridad casi castrense terminaron súbitamente cuando su abuela falleció a causa de un derrame cerebral; su abuelo, en un avanzado estado senil, era incapaz de cuidar de Allegra ni de cuidarse a sí mismo.
Cuando Bradley regresó para asistir al funeral de su madre tuvo que buscar otra solución.
La única que encontró fue meter a Allegra en un excelente internado privado.
En su opinión, a los once años ya era lo bastante mayor.
El centro disponía de secciones masculina y femenina, y servía de escuela preparatoria para West Point.
Bradley había estudiado secundaria allí.
Le dijo a Allegra que le encantaría. Y, una vez más, no había otra opción.
Bradley acababa de emprender una misión en la región del golfo Pérsico y en principio pasaría fuera como mínimo un año.
Por primera vez, acudió a los padres de Isabelle en busca de ayuda.
Hasta la fecha no habían ofrecido ninguna.
Le habían enviado a Allegra regalos de Navidad por compromiso, algunos jerséis y libros, y en una ocasión una muñeca.
Pese a su avanzada edad, continuaban manteniendo una activa vida social.
Ante la insistencia de Bradley, accedieron a que Allegra pasase Acción de Gracias y las Navidades con ellos, así como los días de vacaciones que no pasara en el campamento de verano en Maine.
Pese a que los Vanderholt no se encontraban en condiciones de cuidar de una niña, cuando vieron a Allegra se quedaron tranquilos.
Era sumisa a más no poder. Por los años que había vivido con los Dixon tenía claro lo que se esperaba de ella.
Debía abstenerse de cualquier exigencia, comportarse como una adulta, mantener una distancia respetuosa y pasar desapercibida, lo cual se le daba bien.
Mientras estaba con ellos leía con voracidad y permanecía en su cuarto.
Los libros eran la única válvula de escape de su existencia carente de afecto.
Se sentía como una carga que los adultos presentes en su vida se endilgaban entre sí con renuencia y desgana.
Isabelle llevaba tiempo afincada en Inglaterra y le había dicho a Bradley que ni se le ocurriera enviarle a Allegra con ella.
No tenía tiempo para su hija, e incluso reconoció que su estilo de vida era inapropiado para una niña.
Bradley se figuraba que era cierto y no lo puso en duda ni insistió.
Bradley regresó al golfo Pérsico, y Allegra comenzó su condena de siete años en el internado.
Era una alumna aplicada y una niña brillante.
Poseía la perspicacia de su padre y el aspecto de su madre; era una combinación ganadora.
Gustaba a los maestros y, aunque hizo unos cuantos amigos, después de tantos años sintiéndose rechazada dondequiera que estuviera se mostraba retraída y tímida, y le resultaba embarazoso el hecho de no tener familia cuando los demás estudiantes hablaban de las suyas.
Ellos tenían hermanos, padres y abuelos, tías y tíos, primos y amigos, gente con quien pasar las vacaciones escolares y con quien habían compartido su vida hasta entonces.
A lo largo de toda su existencia, Allegra había tenido un padre ausente y una madre que la abandonó a los seis años.
Su abuelo paterno había fallecido menos de un año después que su abuela, cuando Allegra contaba doce años.
Cuando se fue al internado no volvió a verlo.
Asistió al funeral, celebrado con la pompa y la ceremonia que correspondían a un general del ejército.
No había manera de explicar todo lo que le faltaba en la vida.
Siempre pensó que en cierto modo debía de ser culpa suya.
Que de haberse ganado el cariño de sus padres, o si hubiera estado más a la altura de sus expectativas, o quizá si no se hubiese parecido tanto a su madre, la habrían apreciado más e incluso habrían llegado a quererla.
Era demasiado pequeña para entender que la falta de muestras de cariño por parte de su padre y sus abuelos se debía a que eran incapaces de amar a alguien.
Su madre era tan narcisista que la única persona a quien podía querer era ella misma.
Con seis años de maternidad había tenido más que suficiente.
Las cartas que Allegra recibía de ella ocasionalmente en respuesta a las suyas eran como cartas de una amiga lejana, no de una madre.
Isabelle aborrecía el rol de madre y lo evitaba a toda costa.
Sus abuelos maternos encararon las primeras visitas de su nieta con pavor, aterrorizados ante la perspectiva de que se volviera tan indomable y díscola como su hija había sido, algo que distaba mucho de suceder.
Percibiendo la renuencia de sus abuelos a acogerla, solo salía de su habitación para las comidas.
Vivían en la Quinta Avenida de Nueva York y tenían una «casita» en Newport, Rhode Island.
Era una de las residencias señoriales del lugar, una inmensa mansión revestida de mármol tan fría como ellos, pero tan espectacular que parecía un museo.
Allí pasaban las fiestas y las vacaciones.
La vivienda, repleta de objetos y obras de arte, derrochaba lujo.
Disponían de una gran cantidad de personal, y Allegra cenaba en la cocina con los criados, que la trataban con suma amabilidad, mientras sus abuelos salían casi todas las noches con sus amistades, igualmente aficionadas a la vida social.
Algunas veces organizaban veladas de postín en casa, pero ella era demasiado pequeña para participar, por suerte.