Allegra Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Nada más entrar en Studio 54 se fijó en ella, una despampanante pelirroja que bailaba con un famoso cantante negro.

Ella también reparó en él, tan apuesto con su traje de etiqueta.

Bradley se tomó dos copas y después le pidió que bailara con él.

Tras pasar horas bailando, la dejó allí y regresó al hotel, prendado de ella.

Estuvo destinado en Washington durante unos cuantos meses, y se desplazó a Nueva York a menudo para verla.

Se casaron al cabo de seis meses. Ella tenía veintidós años y él, cuarenta y tres.

Los padres de Isabelle albergaban dudas respecto a aquella unión y la disposición de su hija para sentar la cabeza.

Al padre de Bradley tampoco le entusiasmaba Isabelle.

Todo en ella auguraba problemas: su aspecto, sus amistades, su pasado y su actitud libertina.

Tuvieron a Allegra muy pronto, un inesperado contratiempo.

A Bradley, en las raras ocasiones en las que se hallaba en casa, le sorprendía lo dulce que era.

En cuanto a Isabelle, no era de la clase de mujeres que uno dejaba tranquilamente sentadas junto a la chimenea, o con un bebé en brazos.

Pasaba más tiempo con sus amigos en Nueva York que con la niña cuando Bradley no estaba.

Él tenía muy presente que no podía controlar a su esposa y cejó en su intento desde el prin­cipio.

Durante los siete años en que estuvo casado lo habían enviado a misiones por todo el mundo, dondequiera que hubiera un conflicto: Panamá, Oriente Medio, Libia, Corea…

Isabelle moderaba su vida social, en la medida de lo posible, durante las breves visitas de Bradley y se quedaba en Washing­ton con él, pero la atracción que sentía por Warhol y su séquito, y sus otras amistades neoyorquinas, era más fuerte que ella.

A duras penas disimulaba su alivio cada vez que Bradley partía.

Cuando se conocieron, él la encandiló, pero no tardó en aburrirla.

Era un secreto a voces que no estaba hecha para ser la esposa de un militar, y en ningún momento lo intentó siquiera.

Detestaba a las esposas de los demás militares, y a ellas tampoco les caía en gracia.

Vivía y jugaba de acuerdo con sus propias reglas.

Formaba parte de un mundo distinto, más elegante y social.

De primeras, él le había parecido fuerte y sexy, y descubrió demasiado tarde lo frío que era, aunque había sido fabuloso en la cama durante los primeros tiempos.

Su hija, Allegra, fue un desafortunado error.

En cuanto Bradley se iba de la ciudad, Isabelle regresaba a Nueva York, donde se quedaba en casa de sus amigos.

Nunca aflojaba su ritmo de vida, ni él tampoco.

Estaba completamente inmersa en la vorágine neoyorquina.

El hecho de vivir en Washington nunca la retenía en casa; allí resultaba fácil dejar a la pequeña al cuidado de la criada, de una niñera o una canguro, de quienquiera que encontrase para que se hiciera cargo de ella.

Los padres de Isabelle jamás se entrometían; la conocían mejor que bien.

Isabelle hacía y deshacía a su antojo. Los padres de Bradley asumían su carácter indómito y se consideraban demasiado mayores para inmiscuirse.

Rara vez veían a Allegra, su única nieta.

Los críos les incomodaban. En aquel entonces, el padre de Bradley, ya cumplidos los setenta, seguía involucrado en el Departamento de Defensa.

La fascinación de su hijo por Isabelle escapaba a su comprensión.

Ella distaba mucho de ser esposa o madre.

A pesar de tener mil razones para lo contrario, Bradley se aferró al matrimonio.

Quería evitar un segundo divorcio, pero no pasaba en casa el tiempo suficiente para arreglar las desavenencias con Isabelle o hacerla entrar en vereda.

Poseía más capacidad para dirigir operaciones militares de mil efectivos o localizar a quinientas guerrillas en la selva que para manejar a una mujer como Isabelle.

Al principio la amaba, luego la llama fue apagándose.

Ella era como un caballo salvaje que uno adoraba poseer, pero imposible de domar.

Y Allegra se convirtió en la testigo olvidada, en la observadora del desmoronamiento del matrimonio de sus padres.

Bradley no se sorprendió cuando Isabelle anunció que se marchaba, pues ya no la quería.

El problema era la niña. Él no tenía ni idea de qué hacer con ella, e Isabelle se negó rotundamente a llevársela. Nunca había deseado ser madre.

Bradley tardó dos semanas en convencer a sus padres para que dejaran a Allegra quedarse con ellos, al menos hasta que él regresara a Washington de nuevo.

No disponía de tiempo para encontrar otra solución; ellos aceptaron acogerla durante unos cuantos meses.

No era el arreglo ideal. No estaban en condiciones de cuidar de una cría ni les hacía gracia la idea, pero a su hijo le constaba que con ellos estaría bien atendida y a salvo, de modo que insistió.

Residían en el norte del estado de Nueva York, a orillas del Hudson, cerca de West Point, en un entorno saludable para un niño.

La noche anterior a la partida de Allegra, Bradley le dijo dónde iba a quedarse.

Prepararon sus maletas y la despachó allí unos días antes de que él se fuera.

Isabelle le había dejado claro que rechazaba la custodia y que lo pondría al corriente de cuándo podría organizar las visitas, pero desde luego no de momento.

A los veintinueve años, liberada de él y de Allegra por fin, habían soltado al caballo salvaje del establo y estaba a punto de retozar en libertad.

Tenía previsto poner rumbo a Londres en breve, otro escenario que encajaba con ella mejor si cabe.

Sus amigos londinenses eran igual de desinhibidos que los neoyorquinos.

El general Thomas Dixon y su esposa, Carol, recibieron a Allegra con la reserva que los caracterizaba.

No estaban acostumbrados a los niños, y en los seis años desde que había nacido, a Allegra la habían visto en contadas ocasiones.

Bradley rara vez disponía de tiempo para visitarlos entre viaje y viaje, e Isabelle jamás se tomó la molestia.

Les consternó que la madre de Allegra la abandonara y endosara a su marido la carga de cuidar de ella, dado que él pasaba en el extranjero fácilmente diez meses al año, si no más.

Se enorgullecían de la trayectoria profesional de su hijo, pero no tanto de su matrimonio.

Bradley no había recibido noticias de los padres de Isabelle desde que ella lo abandonó, ni las esperaba.

Tampoco ellos eran unos padres entregados, e Isabelle los veía muy poco.

Los había extenuado en su juventud, se les había agotado la paciencia con ella y la evitaban en la medida de lo posible.

Albergaban el constante temor de que provocase un escándalo, y no vieron con buenos ojos la perspectiva del divorcio.

Cuando el padre de Allegra la llevó en coche con sus dos maletas a la casa de sus abuelos, en el norte de Nueva York, tres días antes de la fecha prevista de su partida, ella no tenía ni remota idea de cuánto tiempo se quedaría allí.

Tampoco Bradley; sus padres dijeron que verían cómo funcionaba el arreglo.

Consideraban que era demasiado pequeña para estar separada de ambos progenitores, pero sencillamente no había otra alternativa.

Anna rehusó marcharse de Washington. Allí vivía su prometido, y por otro lado a los padres de Bradley no les hacía gracia que un desconocido rondara por su casa.

Bradley le había advertido a Allegra que tenía que portarse bien, cosa que ella solía hacer de todos modos.

Era una niña sumamente callada y respetuosa con los adultos.

La casa de los Dixon era grande, sin alegría y de estilo impersonal.

Se hallaba cerca de la academia militar.

Bradley había matriculado a Allegra en una escuela cercana.

El colegio público de la zona era bueno.

Un autobús escolar la recogería cada día.

De lo único que sus padres debían ocuparse era de proporcionarle comida y techo; no entraba en sus planes hacer mucho más.

Disponían de una cocinera y una empleada doméstica, y según la madre de Bradley, el servicio podría cuidar de Allegra cuando fuera necesario.

Ninguno de ellos se planteaba el acuerdo como algo a largo plazo.

Se trataba de una solución temporal durante el tiempo que Bradley pasara fuera.

Estaba previsto que su misión durara once meses.

A los abuelos les sorprendió que Allegra les causara tan pocos quebraderos de cabeza como Bradley les había adelantado.

Era como convivir con un pequeño fantasma.

Rara vez la veían. La niña pasaba en su cuarto la mayor parte del tiempo, lo cual era un gran alivio.

Las dos empleadas le daban de comer y le echaban un ojo.

La cocinera llevó a Allegra a ver una película de Disney en las fiestas navideñas, y la empleada doméstica compró los regalos que los Dixon tenían pensado darle por Navidad.

No eran muchos. Allegra estaba acostumbrada a las carencias afectivas ya antes de su llegada, de modo que ni exigía nada ni abrigaba ninguna expectativa.

En la soledad de la casa de sus abuelos vivía en un rico mundo de fantasía.

Leía todos los libros que podía. Su padre fue a visitarla cuando regresó de permiso; para entonces el arreglo daba la impresión de estar funcionando, y sus abuelos accedieron a quedársela a largo plazo.

Puesto que Bradley había dejado la casa de Georgetown cuando Isabelle se marchó y buscado un apartamento, el tiempo que estuviera fuera era irrelevante.