Allegra Capítulo 1
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Allegra

Allegra

Por Danielle Steel

© inepub.com

Capítulo 1

Allegra Dixon recordaba perfectamente el día en que su madre se marchó.

Ella tenía seis años. Era el día libre de Anna, la empleada doméstica.

La madre de Allegra, Isabelle, por lo general dormía hasta tarde, y su padre, Bradley, había regresado de uno de sus largos viajes.

Ella había aprendido desde muy temprana edad a no molestarlos y a hacer el menor ruido posible.

Bajaba de puntillas las escaleras cuando oyó a sus padres hablando en la cocina.

Hablaban lo bastante alto para oírlos sin necesidad de entrar.

Ante la duda de si hacerlo o no, se detuvo a escuchar.

Sus padres no gritaban. Eran respetuosos el uno con el otro.

Cuando el padre de Allegra no se hallaba en casa, su madre reía mucho.

A Allegra su risa le sonaba como cascabeles.

Isabelle era exquisita. Tenía el cabello largo y pelirrojo, los ojos verdes y unas facciones bonitas.

Se ponía vestidos y joyas elegantes, y un perfume que olía de maravilla.

Cuando el padre de Allegra se ausentaba, su madre salía casi todas las noches, y la dejaba al cuidado de la empleada doméstica hasta que regresaba.

Vivían en Washington, en una casa de George­town.

Isabelle iba a menudo a Nueva York para ver a sus amigos, en cuyo caso Anna también se hacía cargo de ella.

Los padres de Isabelle, los Vanderholt, residían en Nueva York.

Su padre era militar. Vestía de uniforme y era muy apuesto.

Se desplazaba a lugares muy lejanos, donde permanecía largas temporadas, a veces hasta un año.

Viajaba a países africanos como Libia y Liberia, y a Sudamérica.

Regresaba a casa muy de vez en cuando. Entonces trabajaba en un sitio llamado Pentágono.

Apenas hablaba con Allegra y, cuando lo hacía, daba la impresión de que nunca sabía qué decir.

Le preguntaba por el colegio, o comentaba lo mucho que había crecido desde la última vez que la había visto, siempre después de un largo tiempo.

Ese día la conversación en la cocina parecía seria.

Su madre no estaba contenta. Allegra la oyó decir que tenía intención de volver a Nueva York.

Su padre le preguntó qué esperaba que hiciera él con «la niña».

Generalmente se refería a ella de esa forma y cuando conversaban rara vez la llamaba por su nombre, de modo que Allegra asumió que la cuestión le atañía.

Según dijo él, se marcharía de nuevo dentro de dos semanas.

Isabelle respondió que Allegra podía quedarse allí, en Washington, con Anna.

Que ella no podía llevarse a una niña consigo.

Tenía previsto hospedarse en casa de unos amigos.

El padre de Allegra repuso que eso era imposible.

Que la cría necesitaba estar al menos con uno de sus progenitores, e Isabelle replicó que no iba a ser con ella.

Tras decidir que no era el momento oportuno para entrar en la cocina, Allegra se escabulló con sigilo.

Estaba asustada y confundida. El corazón le latía deprisa.

Si su madre se marchaba sin poder llevarla consigo, su padre se ausentaba de nuevo y ella no podía quedarse sola en Washington con Anna a menos que uno de sus progenitores estuviera con ella, ¿qué iba a pasar?

¿Cómo la afectaría eso? No veía a sus abuelos paternos prácticamente nunca, y eran muy mayores.

Su madre había dicho que sus abuelos maternos tampoco eran una opción.

Allegra volvió a su cuarto, en la planta de arriba, y se sentó en la cama con su osito de peluche entre los brazos.

Se llamaba George. Tenía que esperar a que le dijeran dónde la iban a dejar.

De camino a su habitación, Allegra vio el equipaje de su madre en la puerta de su dormitorio.

La había visto hacer las maletas el día anterior, después de extender sus bonitos vestidos sobre la cama.

Allegra supuso que iría a una fiesta en Nueva York.

Siempre se llevaba una gran cantidad de ropa, pero esa vez había preparado aún más.

Allegra permaneció sentada en la cama en silencio durante un buen rato, a la espera de que fueran a verla.

Se le había quitado el apetito. Entonces oyó que se aproximaba un coche, y voces en la planta baja.

A continuación oyó pasos en el descansillo.

Tras unos instantes de idas y venidas, la puerta principal se cerró.

El coche se alejó, y nadie fue a su cuarto a verla.

Su padre no subió hasta mucho después. Allegra esperó todo el día.

Por lo visto se habían olvidado de ella.

A veces sucedía cuando estaban ajetreados.

Y por fin la puerta se abrió y entró su padre.

Iba uniformado y tenía la cara muy seria.

La miró, sentada en la cama con el osito entre los brazos.

Se quedó mirándola largo y tendido. Ella era como su madre en miniatura, con el mismo pelo rojo y los ojos verdes.

Ahora posiblemente un recordatorio poco grato. Al cabo de un rato habló.

—Tu madre se ha ido —anunció en tono grave. Tras unos instantes de vacilación, añadió—: No va a volver.

Aguardó, sin saber qué más decir, y acto seguido dio media vuelta, salió de la habitación y cerró la puerta con suavidad.

Había pasado por alto que no había nadie en la casa para dar de comer a Allegra, puesto que era el día libre de Anna.

No importaba; de todas formas, Allegra ya no tenía hambre.

Siguió sentada mirando la puerta, sujetando a George con fuerza contra su pecho.

Su padre no le había dicho adónde iría ella, o si iría a alguna parte.

La chiquilla no tenía la menor idea de qué sería de ella.

Todo cuanto podía pensar era que su madre se había olvidado de despedirse al marcharse.

Como su padre siempre le decía que fuera valiente, no lloró por si él se presentaba de nuevo en su cuarto.

Pero no fue el caso. Se hizo un ovillo en la cama, aferrada a George, hasta que se quedó dormida.

El breve y tórrido idilio entre Bradley Dixon e Isabelle Vanderholt había durado unos meses, y el matrimonio, siete años.

Estaba abocado al fracaso. Ella era una niña bien, una deslumbrante joven debutante que ingresó en la alta sociedad neoyorquina, la hija descocada de los ultrarrespetados Vanderholt.

A los dieciocho años, tras cursar el bachillerato en un exclusivo centro de enseñanza femenino de Nueva York, no entraba en sus planes ir a la universidad.

Había empezado a relacionarse con la élite alternativa de la ciudad, con Andy Warhol y su círculo.

Era asidua a las noches de Studio 54, una discoteca conocida como «la Gomorra moderna», un hervidero de drogas donde las jóvenes de alta alcurnia se mezclaban con músicos, estrellas de Hollywood y un buen número de seductores canallas.

Se respiraba un ambiente libertino y poco recomendable.

Hacía tiempo que sus padres habían desistido en su empeño de meterla en cintura; era su única hija.

El fideicomiso constituido por sus abuelos paternos le proporcionó plena autonomía a los veintiún años.

A sus padres les resultó imposible atarla corto.

Era joven, guapa y alocada, con el aire de Rita Hayworth y un cuerpo en consonancia.

La relacionaban con malas compañías, entre ellas sus amistades de The Factory de Warhol, y había hecho cameos en varias de sus películas, donde salía más bella que cualquier estrella de cine.

Conoció a Bradley Dixon a los veintiún años.

Fue en 1979, y el coronel Bradley Dixon, un héroe con numerosas condecoraciones y veterano de Vietnam, tras las escaramuzas finales de la guerra había pasado los últimos cuatro años en Laos, Camboya y diversas zonas de conflicto africanas.

Oficial de alto rango en el Cuerpo de Inteligencia Militar estadounidense, había desempeñado un importante papel en la firma de la paz en Vietnam.

Tenía cuarenta y tres años la noche que entró en Studio 54 con unos amigos, vestido de esmoquin en vez de uniformado, y vio a Isabelle.

Aquel no era el ambiente que acostumbraba a frecuentar, pero sus amigos insistieron en que los acompañara.

Según ellos, necesitaba desinhibirse. No se equivocaban.

Llevaba toda la vida viviendo en un entorno castrense.

Hijo único del general Tom Dixon, Bradley se había criado a lo largo y ancho del mundo.

Tras graduarse en West Point, había comenzado su carrera profesional formándose en inteligencia militar.

Se casó con la hija de un militar de alto rango, como él.

El matrimonio se fue al garete mientras él realizaba largos periodos de servicio en Vietnam.

Para Bradley su profesión siempre fue prioritaria e incompatible con el matrimonio.

Su esposa se había divorciado de él en su ausencia, y con el tiempo se casó con otro oficial de carrera más modesta y menos ilustre.

Bradley no tuvo hijos con ella y no volvió a casarse.

Su primer amor fue su carrera, hasta que conoció a Isabelle aquella noche.