Alicia en el país de los gilipollas CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

LA TEORÍA DE LAS SEGUNDAS OPORTUNIDADES

"Rolling in the Deep" - Adele

"We could have had it all... Rolling in the deep..."

Alicia Ferrer llevaba exactamente diecisiete días viendo a Leo cuando empezó a sospechar que algo iba mal, una sospecha que habría resultado completamente razonable si se hubiera basado en comportamientos extraños, contradicciones evidentes, silencios sospechosos o cualquiera de los síntomas habituales que habían acompañado sus anteriores relaciones, pero que en esta ocasión nacía precisamente de la ausencia absoluta de problemas, una circunstancia tan desconocida para ella que su cerebro parecía incapaz de procesarla sin buscar amenazas ocultas.

Leo respondía cuando quería responder.

Llamaba cuando decía que iba a llamar.

Llegaba a la hora acordada.

No desaparecía. No enviaba mensajes ambiguos.

No jugaba a acercarse y alejarse como si estuviera entrenando para una competición olímpica de inmadurez emocional.

Era, sencillamente, una persona normal.

Y aquello empezaba a inquietarla.

Una tarde de domingo caminaban por el barrio del Born mientras la ciudad disfrutaba de uno de esos días luminosos que hacen olvidar momentáneamente los alquileres imposibles, los problemas laborales y las decepciones sentimentales acumuladas durante décadas, cuando Leo se detuvo frente a una librería de segunda mano.

—Voy a entrar.

—¿Por?

—Porque los libros me llaman.

—Eso es exactamente lo que diría un secuestrador literario.

—Es posible.

—¿Y qué ocurre si no entras?

—Que luego pienso en ellos durante semanas. —Definitivamente necesitas ayuda profesional.

Leo sonrió.

Y Alicia volvió a notar aquella sensación.

La tranquilidad.

No euforia.

No vértigo.

No ansiedad.

Tranquilidad. Como una habitación silenciosa después de años viviendo junto a una autopista.

Entraron.

Pasearon entre estanterías.

Hablaron de novelas.

De películas.

De ciudades.

De música.

De viajes. Y durante casi una hora Alicia olvidó completamente algo que llevaba años acompañándola.

La necesidad constante de impresionar.

Con Leo no sentía obligación de parecer más inteligente.

Más divertida.

Más interesante.

Más sofisticada.

Podía simplemente existir. Y aquello empezaba a parecerle peligrosamente adictivo.

Sin embargo, los problemas no llegaron desde fuera.

Llegaron desde dentro.

Porque mientras la relación avanzaba lentamente, algo comenzó a despertar en los rincones menos agradables de su memoria.

Dudas.

Miedos.

Desconfianza. Viejas heridas.

Aquella noche, ya en casa, recibió un mensaje de Leo.

"Lo he pasado muy bien hoy."

Alicia sonrió.

Y automáticamente pensó:

¿Seguro?

La respuesta apareció tan rápido que casi la sobresaltó.

¿Y si está fingiendo? ¿Y si desaparece?

¿Y si cambia?

¿Y si resulta ser igual que los demás?

Cerró los ojos.

Aquella voz era familiar.

Demasiado familiar.

Era la voz del miedo.

La voz que aparece cuando algo empieza a importar.

La voz que intenta protegerte recordándote todas las veces anteriores.

La voz que confunde precaución con sabotaje.

A la mañana siguiente escribió una nueva columna.

No sobre hombres.

No sobre fantasmas.

No sobre banderas rojas.

Esta vez escribió sobre las segundas oportunidades.

Y mientras lo hacía descubrió algo incómodo.

La mayoría de las personas creen que una segunda oportunidad consiste en volver a intentarlo con alguien.

Pero quizá no.

Quizá las segundas oportunidades más importantes son las que nos damos a nosotros mismos.

Volver a confiar.

Volver a sentir.

Volver a abrir la puerta. Volver a creer.

Después de años protegiéndose de posibles decepciones, Alicia empezaba a comprender que también existía un riesgo en permanecer encerrada.

Porque evitar el dolor y evitar la felicidad utilizan exactamente la misma puerta.

Aquella reflexión continuó acompañándola durante los días siguientes.

Hasta que una noche ocurrió algo aparentemente insignificante.

Algo pequeño. Algo absurdo.

Algo capaz de desencadenar una tormenta.

Leo tardó varias horas en responder a un mensaje.

Nada extraordinario.

Nada grave.

Nada relevante.

Una persona adulta trabajando.

Sin embargo, para Alicia aquellas horas comenzaron a llenarse de fantasmas.

Los viejos fantasmas.

Los conocidos.

Los expertos.

Los que habían aprendido a instalarse cómodamente en su cabeza.

Quizá está perdiendo interés.

Quizá está con otra persona.

Quizá se ha cansado.

Quizá... El teléfono sonó.

Era Claudia.

—¿Qué cara tienes?

—¿Cómo sabes que tengo una cara concreta?

—Porque te conozco.

—Leo no responde.

—¿Desde cuándo?

—Tres horas.

Silencio. Después una carcajada.

—No te rías.

—Tres horas.

—Sí.

—Alicia.

—¿Qué?

—Necesitas salir a tocar césped.

—No estoy exagerando.

—Estás exagerando muchísimo. —Podría haber pasado algo.

—Claro.

—¿Lo ves?

—Sí.

—Entonces...

—Pero probablemente no ha sido secuestrado por una mafia internacional.

Alicia terminó riéndose.

Porque escucharse en voz alta ayudaba. Mucho.

A veces bastaba una amiga para distinguir el presente del pasado.

Una hora después llegó la respuesta.

Nada dramático.

Nada sospechoso.

Nada extraño.

Solo una fotografía.

Un ordenador. Un escritorio.

Y una frase.

"Perdona. Reunión interminable."

Eso era todo.

Y, sin embargo, mientras observaba la pantalla comprendió algo.

Leo no era el problema.

El problema eran todas las personas que habían llegado antes.

Todas las decepciones. Todas las ausencias.

Todas las promesas incumplidas.

Todas las despedidas.

Aquellas heridas seguían hablando incluso cuando ya no eran necesarias.

Aquella noche quedaron para cenar.

Una pequeña taberna escondida en una calle tranquila de Gràcia.

Nada sofisticado.

Nada espectacular. Solo comida sencilla.

Vino.

Conversación.

Y dos personas sentadas frente a frente.

En algún momento, mientras hablaban de cualquier cosa irrelevante, Leo la observó durante unos segundos.

—¿Qué?

—Nada.

—Mientes fatal. —Estaba pensando.

—Eso siempre es peligroso.

Leo sonrió.

—Creo que llevas demasiado tiempo esperando que algo salga mal.

La frase cayó sobre la mesa suavemente.

Sin reproches.

Sin juicio.

Sin acusaciones. Precisamente por eso resultó imposible ignorarla.

Alicia permaneció en silencio.

Porque tenía razón.

Y porque escuchar una verdad en voz ajena siempre produce una sensación extraña.

Como mirarse en un espejo inesperado.

—Puede ser.

—No tienes que responder ahora.

—Menos mal. —Solo digo que no todos los capítulos terminan igual.

Alicia sostuvo su mirada.

Y durante unos segundos no dijo nada.

Porque quizá aquello era exactamente lo que necesitaba aprender.

Que las historias nuevas merecen la oportunidad de ser nuevas.

Que no todas las personas vienen a romperte.

Y que algunas segundas oportunidades no consisten en volver atrás.

Consisten en atreverse a seguir adelante.

Cuando regresó a casa aquella noche, Barcelona brillaba bajo una luna limpia que parecía suspendida entre los tejados como una lámpara antigua.

Y mientras caminaba por las calles silenciosas de Gràcia sintió algo que llevaba mucho tiempo sin sentir.

Esperanza.

No una esperanza ingenua.

No una esperanza adolescente. No una esperanza ciega.

Una esperanza tranquila.

Madura.

Consciente.

La esperanza de quien conoce perfectamente los riesgos y aun así decide caminar.

Porque después de todo, vivir también consiste en eso.

En aceptar que el corazón nunca viene con garantías. Y aun así entregarlo de vez en cuando.