CAPÍTULO 7
LEO APARECE EN ESCENA
"Material Girl" - Madonna
Cause we are living in a material world, And I am a material girl..."
Alicia Ferrer conoció a Leo exactamente el mismo día en que había decidido dejar de buscar pareja, una coincidencia tan irritante que durante semanas sospechó que el universo poseía un sentido del humor bastante cuestionable, porque después de años escuchando frases como "el amor llega cuando menos lo buscas" había terminado convencida de que aquella afirmación pertenecía a la misma categoría científica que los horóscopos, las dietas milagro y los hombres que aseguraban haber cambiado.
La mañana había comenzado mal.
No catastróficamente mal.
No incendios, terremotos ni invasiones extraterrestres.
Simplemente mal. Había derramado café sobre una camisa blanca recién planchada.
Había olvidado enviar un artículo importante.
Había perdido un pendiente.
Y además había recibido tres correos distintos proponiéndole entrevistas para hablar sobre el éxito inesperado de la columna.
Lo último debería haber sido una buena noticia.
Sin embargo, Alicia empezaba a sentirse extraña respecto a aquella popularidad.
Porque cuanto más crecía el fenómeno del País de los Gilipollas, más difícil resultaba ignorar una pregunta incómoda.
¿Y si llevaba demasiado tiempo hablando de hombres?
Aquella idea comenzó a rondarle la cabeza mientras caminaba por Passeig de Sant Joan camino de una presentación editorial organizada por una pequeña librería independiente que colaboraba regularmente con la revista.
No tenía demasiadas ganas de asistir.
Era jueves. Había trabajado todo el día.
Lloviznaba.
Y la perspectiva de socializar con desconocidos resultaba aproximadamente tan atractiva como una colonoscopia sin anestesia.
Pero Silvia había insistido.
—Ve.
—No quiero.
—Precisamente por eso debes ir.
—Ese razonamiento no tiene ningún sentido. —Claro que sí.
—No.
—Confía en mí.
Aquellas tres palabras habían arruinado muchas vidas.
Aun así terminó asistiendo.
La librería estaba situada en una calle estrecha del Eixample, escondida entre cafeterías, galerías y comercios que parecían sobrevivir milagrosamente al precio de los alquileres de Barcelona.
Cuando llegó, el acto ya había comenzado.
Había unas treinta personas.
Quizá cuarenta.
Sillas plegables.
Vino barato.
Libros apilados.
Y ese ambiente ligeramente caótico que suele acompañar a los eventos culturales donde nadie cobra lo suficiente por el trabajo que realiza.
Alicia se sentó en la última fila. Escuchó.
Aplaudió.
Bebió una copa de vino.
Después otra.
Y cuando terminó la presentación decidió marcharse.
Fue entonces cuando ocurrió.
No hubo música.
No hubo cámara lenta. No hubo mariposas.
No hubo ninguna de las tonterías que aparecen en las películas románticas.
Lo que ocurrió fue mucho más simple.
Tropezó.
Literalmente.
Su bolso se enganchó en una silla.
Perdió el equilibrio.
Y una mano apareció antes de que terminara cayendo.
—Creo que esa silla te ha declarado la guerra.
La voz sonaba divertida.
Alicia levantó la vista.
Y allí estaba.
No especialmente alto.
No especialmente espectacular.
No especialmente nada.
Y sin embargo había algo.
Algo difícil de definir. Una especie de tranquilidad.
Como si fuera una persona que dormía ocho horas cada noche y resolvía conflictos hablando.
Lo cual, considerando sus antecedentes sentimentales, rozaba la fantasía.
—Ha sido un ataque premeditado.
—Lo he visto.
—¿Hay testigos?
—Puedo declarar a tu favor.
—Perfecto. —Aunque quizá cobro por mis servicios.
—¿Dinero?
—Café.
Alicia sonrió.
Aquello era inesperadamente agradable.
—Es una tarifa razonable.
—Intento mantener precios populares.
Él también sonrió.
Y durante unos segundos permanecieron allí. Hablando.
Nada importante.
Nada trascendental.
Nada que justificara lo que ocurrió después.
Porque cuando Leo se marchó, Alicia descubrió algo extraño.
No estaba pensando en él.
Y precisamente por eso siguió pensando en él durante toda la noche.
No analizaba mensajes. No repasaba conversaciones.
No imaginaba futuros.
Simplemente recordaba una sensación.
La sensación de haber estado cómoda.
Cómoda.
Aquella palabra resultaba casi revolucionaria.
Durante años había asociado la atracción a nerviosismo.
Incertidumbre. Ansiedad.
Caos.
Expectativa.
Pero comodidad.
Jamás.
A la mañana siguiente encontró una nota en recepción.
Era para ella.
Pequeña. Escrita a mano.
Muy sencilla.
"Prometiste un café.
Leo."
Debajo aparecía un número de teléfono.
Nada más.
Ni corazones.
Ni frases ingeniosas.
Ni estrategias de seducción. Ni misterios.
Solo una invitación.
Alicia observó el papel.
Después lo dejó sobre la mesa.
Continuó trabajando.
Lo volvió a mirar diez minutos después.
Después otra vez.
Y otra más.
Finalmente llamó a Claudia. —Necesito ayuda.
—¿Qué ha pasado?
—He conocido a alguien.
Silencio.
—¿Qué?
—Lo sé.
—¿Voluntariamente?
—Sí.
—¿Y estás bien? —Creo que sí.
—Eso es preocupante.
—¿Verdad?
—Muchísimo.
Alicia empezó a reír.
—No es como los demás.
—Eso también lo dijiste de Hugo.
—No.
—Sí. —No.
—Sí.
—Vale. Pero esta vez es distinto.
—¿Por qué?
Alicia permaneció unos segundos en silencio.
Buscando una respuesta.
Y finalmente la encontró.
—Porque no siento necesidad de impresionarle.
Aquello hizo callar incluso a Claudia. —Eso sí es nuevo.
—Lo sé.
—¿Te gusta?
—No lo sé todavía.
—¿Te interesa?
—Sí.
—¿Te pone nerviosa?
—Curiosamente no.
—Dios mío. —¿Qué?
—Creo que estás evolucionando.
—No exageres.
—No exagero. Estoy emocionada.
Aquella tarde Alicia escribió a Leo.
Solo una frase.
"Café aceptado."
La respuesta llegó unos minutos después. "No esperaba menos de alguien capaz de sobrevivir al ataque de una silla."
Alicia sonrió.
Y mientras observaba el mensaje comprendió algo.
No sentía vértigo.
No sentía ansiedad.
No sentía miedo.
Solo curiosidad. Y quizá aquella era la diferencia entre una historia que empieza mal y una historia que empieza bien.
Las malas historias suelen comenzar intentando convencerte de algo.
Las buenas simplemente suceden.
Mientras Barcelona comenzaba a iluminarse bajo el atardecer, Alicia dejó el teléfono sobre la mesa y continuó trabajando.
Sin releer mensajes.
Sin analizar palabras. Sin consultar el estado de conexión.
Sin inventar teorías.
Y aquello, más que cualquier otra cosa, fue lo que terminó llamándole la atención.
Porque por primera vez en muchísimo tiempo no estaba pensando en un hombre.
Estaba pensando en sí misma.
Y aun así tenía ganas de volver a verlo.
Sin saberlo, el País de los Gilipollas acababa de encontrar a su primer visitante que no parecía dispuesto a quedarse a vivir allí.