CAPÍTULO 6
LA REVOLUCIÓN DE LAS MUJERES CANSADAS
"Flowers" - Miley Cyrus
"I can buy myself flowers, Write my name in the sand,
Talk to myself for hours, Say things you don't understand..."
Alicia Ferrer descubrió que estaba cansada un martes cualquiera, aunque la realidad era que llevaba años agotada y simplemente no se había dado cuenta, porque existe un tipo de cansancio especialmente peligroso que no afecta a los músculos ni a los huesos ni a la necesidad de dormir, sino a la esperanza, a la paciencia y a la capacidad de seguir justificando comportamientos que en cualquier otro ámbito de la vida consideraríamos completamente inaceptables.
Fue una revelación tan sencilla como devastadora.
Estaba cansada de interpretar.
Cansada de esperar. Cansada de comprender.
Cansada de perdonar.
Cansada de dar oportunidades.
Cansada de ser la versión emocionalmente más madura de todas las relaciones que había tenido.
Y sobre todo estaba cansada de la sensación permanente de que amar consistía en trabajar.
Aquella mañana había llegado temprano a la redacción porque necesitaba terminar un reportaje antes del cierre de edición, pero llevaba más de veinte minutos mirando la pantalla del ordenador sin escribir una sola línea, mientras alrededor suyo periodistas, fotógrafos, diseñadores y redactores iban y venían arrastrando cafés gigantescos y conversaciones urgentes propias de cualquier revista que intentaba sobrevivir en un mundo donde la atención de las personas duraba menos que una historia de Instagram.
—Tienes cara de querer asesinar a alguien.
La voz pertenecía a Silvia.
Alicia levantó la vista.
—No quiero asesinar a nadie. —Perfecto. Entonces tienes cara de querer esconder un cadáver.
—Eso sí.
—Mucho mejor.
Silvia se sentó frente a ella.
—¿Qué pasa?
Alicia suspiró.
—Estoy cansada.
—¿De trabajar? —No.
—¿De Barcelona?
—Jamás.
—¿De los hombres?
—Muchísimo.
Silvia soltó una carcajada.
—Bienvenida al club.
—No hablo de una persona concreta.
—Peor todavía. —Estoy cansada de todo el sistema.
—Eso ya me gusta más.
—De las aplicaciones.
—Sí.
—De los mensajes ambiguos.
—Sí.
—De los hombres que tienen cuarenta años y siguen comportándose como adolescentes confundidos.
—Sí. —De los que no saben qué quieren.
—Sí.
—De los que sí saben lo que quieren pero te hacen creer que no.
—También sí.
Silvia asintió lentamente.
—¿Sabes qué creo?
—¿Qué?
—Que no eres la única. Aquella conversación quedó suspendida en la cabeza de Alicia durante todo el día.
Y cuando llegó a casa hizo algo que llevaba semanas evitando.
Abrió el correo de la revista.
No el profesional.
No el suyo.
El de la columna.
El del País de los Gilipollas.
Y empezó a leer. Durante horas.
Sin detenerse.
Sin responder.
Simplemente leyendo.
Historias.
Historias interminables.
Historias absurdas.
Historias tristes.
Historias cómicas. Historias que parecían escritas por la misma persona utilizando nombres diferentes.
Mujeres inteligentes.
Mujeres brillantes.
Mujeres preparadas.
Mujeres independientes.
Mujeres que sostenían familias.
Empresas.
Equipos. Proyectos.
Vidas enteras.
Y que, sin embargo, seguían cargando con relaciones sentimentales donde parecían obligadas a educar emocionalmente a hombres adultos.
Alicia se quedó inmóvil.
Leyendo.
Pensando.
Observando. Hasta que algo comenzó a tomar forma.
No era una idea.
Era una sensación.
La sensación de que estaba ocurriendo algo.
Algo silencioso.
Algo colectivo.
Algo parecido a una revolución.
No una revolución política.
Ni económica. Ni cultural.
Una revolución emocional.
Las mujeres estaban cansadas.
Verdaderamente cansadas.
Y cuando millones de personas se cansan al mismo tiempo, tarde o temprano algo cambia.
Aquella noche llamó a Claudia.
—Necesito preguntarte algo.
—Dispara. —¿Tú también estás cansada?
—¿De qué exactamente?
—De todo esto.
Hubo unos segundos de silencio.
—Muchísimo.
—¿Verdad?
—Muchísimo.
—¿Y Marta?
—También. —¿Y Lucía?
—Más todavía.
—¿Y Eva?
—Eva directamente quiere comprarse una casa en una montaña y adoptar cabras.
Alicia soltó una carcajada.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Volvieron a reír. Pero después llegó el silencio.
Ese tipo de silencio donde ambas saben que están hablando de algo importante.
—Creo que está pasando algo.
—¿A qué te refieres?
—Creo que muchas mujeres han dejado de conformarse.
—Ya era hora.
—Creo que estamos empezando a pedir lo mínimo.
—Y algunos hombres lo viven como si les estuviéramos exigiendo construir una catedral.
—Exactamente.
Aquella frase se convirtió en el inicio de una nueva columna.
La más leída hasta ese momento.
La escribió de madrugada.
Con una copa de vino.
Con música sonando de fondo. Con Barcelona respirando detrás de las ventanas.
La tituló:
"La revolución de las mujeres cansadas."
Y en ella escribió sobre todas aquellas mujeres que ya no querían ser salvadoras.
Ni terapeutas.
Ni profesoras.
Ni madres emocionales de hombres adultos. Escribió sobre las que habían aprendido que la tranquilidad era más valiosa que la intensidad.
Sobre las que preferían la soledad a la confusión.
Sobre las que habían descubierto que estar solas no era un fracaso.
Y sobre las que habían empezado a construir vidas tan completas que el amor ya no era una necesidad sino una elección.
Cuando terminó el texto eran casi las tres de la madrugada.
Lo leyó. Lo corrigió.
Lo volvió a leer.
Y sonrió.
Porque por primera vez desde que había comenzado aquella columna sentía que estaba escribiendo algo que iba mucho más allá de sus propios desastres sentimentales.
Aquello ya no trataba de Hugo.
Ni de David.
Ni de Mario. Ni de Sergio.
Ni de ninguno de los hombres que habían atravesado su vida dejando más preguntas que respuestas.
Aquello trataba de mujeres.
De muchas mujeres.
De demasiadas mujeres.
Y de una generación entera que comenzaba a comprender que el amor debía sumar paz y no trabajo extra.
A la mañana siguiente la columna se publicó. Y la respuesta fue inmediata.
Miles de lecturas.
Miles.
Cientos de mensajes.
Cientos.
Decenas de mujeres escribiendo simplemente una frase.
"Gracias."
Nada más. Como si alguien hubiera puesto palabras a algo que llevaban demasiado tiempo sintiendo.
Aquella tarde, mientras abandonaba la redacción, el teléfono vibró.
Un mensaje.
Número desconocido.
El mismo lector misterioso que semanas atrás había aparecido de forma inesperada.
Alicia sonrió antes incluso de abrirlo.
"Acabo de leer tu columna." Ella escribió:
"¿Y?"
La respuesta llegó casi al instante.
"Creo que tienes razón."
Alicia caminó unos metros.
Después volvió a leerlo.
No era un mensaje especialmente brillante.
Ni seductor. Ni ingenioso. Pero tenía algo extraño.
Sinceridad.
Y en un mundo lleno de estrategias, máscaras, desapariciones y juegos absurdos, la sinceridad empezaba a parecerle una forma de belleza bastante revolucionaria.
Sin saberlo, mientras atravesaba las calles iluminadas de Gràcia, acababa de acercarse un poco más a alguien que todavía no conocía.
Y por primera vez en mucho tiempo, aquella posibilidad no le producía miedo.
Le producía curiosidad.