CAPÍTULO 5
EL HOMbrE QUE ERA UNA ALARMA ANDANTE
"Toxic" - Britney Spears
"With a taste of your lips, I'm on a ride... You're toxic, I'm slipping under..."
Si Alicia Ferrer hubiera cobrado un euro por cada vez que una amiga le había dicho "cariño, ese hombre es una bandera roja con piernas", probablemente habría podido comprarse un ático frente al mar, jubilarse a los cuarenta y dedicar el resto de su vida a leer novelas, beber vino y contemplar puestas de sol sin volver a sufrir jamás por un mensaje sin responder, aunque la realidad era bastante menos poética y mucho más absurda, porque a pesar de haber recibido todas las advertencias imaginables, ella había seguido enamorándose sistemáticamente de hombres que parecían diseñados por un comité internacional de malas decisiones sentimentales.
Aquella conclusión regresó una tarde cualquiera mientras reorganizaba unas cajas antiguas en el trastero de su piso, una actividad que había comenzado como una simple tarea doméstica y que terminó convirtiéndose en una excavación arqueológica de sus propios errores emocionales.
Todo empezó cuando encontró una fotografía.
Después otra.
Y otra más.
En cuestión de minutos estaba sentada en el suelo rodeada por restos de relaciones extinguidas.
Entradas de cine.
Billetes de tren. Postales.
Cartas.
Fotografías impresas.
Notas escritas a mano.
Objetos pequeños que en algún momento habían parecido importantes y que ahora resultaban tan ridículos como conmovedores.
Alicia tomó una fotografía entre los dedos.
Mario.
El primero de los grandes desastres. El hombre que había conseguido convencerla de que los celos eran una demostración de amor.
Aquello, visto desde los cuarenta años, parecía una barbaridad.
A los veintitrés le había parecido romántico.
Mario quería saber dónde estaba.
Con quién estaba.
A qué hora llegaba.
A qué hora se iba.
Quién la llamaba. Quién le escribía.
Quién aparecía en sus fotografías.
Quién comentaba sus publicaciones.
Quién respiraba en un radio de cinco kilómetros.
Y Alicia, que entonces confundía posesión con pasión, había interpretado todo aquello como una prueba de intensidad emocional.
La experiencia le enseñaría después que la intensidad y la salud mental rara vez comparten domicilio.
Sonó el teléfono.
Era Claudia.
Como siempre.
—¿Qué haces?
—Limpiando el trastero.
—¿Y cuántos traumas has encontrado?
—Voy por siete.
—Buen ritmo.
—He encontrado fotos de Mario. —Dios santo.
—Exacto.
—Quémalas.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque ahora me parecen divertidas.
—Eso sí que es crecimiento personal.
Alicia sonrió. Aquella era quizá la mayor diferencia entre los veinte y los cuarenta.
No la experiencia.
No la madurez.
No la estabilidad económica.
El verdadero cambio consistía en poder recordar ciertas tragedias sin necesidad de llamar a una terapeuta.
Continuó revisando cajas.
Y entonces apareció Sergio. No Sergio físicamente.
Por desgracia.
Solo una fotografía.
Sergio pertenecía a otra categoría.
Una mucho más sofisticada.
Era encantador.
Educado.
Inteligente.
Atractivo. Y completamente incapaz de asumir responsabilidad emocional alguna.
Durante dos años había convertido cada conflicto en una tesis doctoral sobre las limitaciones humanas, la complejidad de los vínculos contemporáneos y la necesidad de respetar los procesos individuales.
Traducido al castellano:
Hacía lo que le daba la gana.
Aquello también parecía evidente ahora.
Entonces no. Entonces Alicia había escuchado fascinada.
Había analizado.
Había comprendido.
Había empatizado.
Había justificado.
Hasta que un día descubrió que mientras explicaba la complejidad emocional de las relaciones modernas estaba acostándose con una compañera de trabajo.
Aquella revelación tuvo la elegancia de un ladrillo lanzado desde un quinto piso.
—¿Sabes qué es lo peor?
—preguntó Alicia.
—¿El qué?
—Que todos parecían diferentes.
—Y luego resultaban iguales.
—Exactamente.
—Eso pasa porque las banderas rojas cambian de ropa.
Aquella frase hizo reír a Alicia. Porque era verdad.
Las señales nunca desaparecían.
Simplemente aprendían a disfrazarse.
A veces llevaban traje.
A veces tatuajes.
A veces libros de filosofía.
A veces cuentas de Instagram llenas de frases inspiradoras.
Pero seguían siendo señales. Y cuanto más revisaba recuerdos, más evidente resultaba el patrón.
Siempre había una alarma.
Siempre.
Una frase incómoda.
Una incoherencia.
Una mentira pequeña.
Una ausencia extraña.
Una promesa incumplida. Algo.
Lo que cambiaba no era la existencia de la alarma.
Lo que cambiaba era la capacidad de Alicia para ignorarla.
Aquella noche utilizó todo aquel material para escribir una nueva columna.
La tituló:
"El hombre que era una alarma andante".
Y comenzó con una frase sencilla. "Todas hemos conocido a alguien que venía con instrucciones de peligro visibles desde el espacio."
Después continuó escribiendo.
Escribió sobre hombres que convertían cualquier conversación en un conflicto.
Sobre hombres que desaparecían cuando más se les necesitaba.
Sobre hombres que exigían comprensión infinita mientras ofrecían compromiso limitado. Sobre hombres que llegaban acompañados de advertencias tan evidentes que parecían subtítulos.
Y escribió también sobre algo mucho más incómodo.
La tendencia de muchas mujeres a enamorarse precisamente de esos hombres.
Porque la verdad era que el amor saludable resultaba sospechosamente aburrido cuando una estaba acostumbrada al caos.
Aquella frase le hizo detenerse.
La leyó varias veces. Y sintió algo parecido a una revelación.
Quizá aquella era la cuestión.
Quizá durante años había confundido tranquilidad con falta de pasión.
Quizá había interpretado estabilidad como rutina.
Quizá había buscado fuegos artificiales cuando lo que realmente necesitaba era una casa que no ardiera.
El pensamiento permaneció flotando en su cabeza mientras terminaba el artículo.
Mientras cenaba.
Mientras se preparaba para dormir.
Y seguía allí cuando recibió un mensaje inesperado.
No era Hugo.
No era David.
No era ningún ex.
Era un número desconocido.
"Hola. He leído tu columna. Creo que deberías añadir una nueva categoría al museo."
Alicia sonrió.
"¿Cuál?"
La respuesta llegó casi inmediatamente.
"El hombre que te convence de que eres demasiado complicada cuando el problema es que él es demasiado simple."
Alicia soltó una carcajada.
Después escribió:
"¿Y tú quién eres?"
Pasaron unos segundos. Luego apareció una respuesta.
"Solo un lector."
Y por primera vez en mucho tiempo, Alicia descubrió que una conversación podía despertar curiosidad sin despertar ansiedad.
Una sensación extraña.
Nueva.
Y bastante agradable.
Sin saberlo todavía, aquella noche acababa de producirse un acontecimiento diminuto. Casi invisible.
Uno de esos momentos que pasan desapercibidos cuando ocurren.
Un mensaje.
Una sonrisa.
Una conversación.
Y el comienzo de algo que todavía no tenía nombre.