CAPÍTULO 4
MANUAL PRÁCTICO PARA NO ESCRIBIRLE
"Believe" – Cher
"Do you believe in life after love? I can feel something inside me say I really don't think you're strong enough..."
Si alguien hubiera preguntado a Alicia Ferrer cuál era la actividad más humillante que había realizado en sus cuarenta años de existencia, probablemente habría respondido que enviar un mensaje a un hombre que llevaba días ignorándola y después permanecer mirando el teléfono durante horas esperando una respuesta que nunca llegaba, aunque, siendo completamente sincera, tendría dificultades para elegir entre aquella opción y otras muchas protagonizadas por exactamente el mismo tipo de hombre con diferente nombre, diferente profesión y diferente peinado.
La humillación amorosa poseía una capacidad extraordinaria para reinventarse.
Cambiaban las décadas.
Cambiaban las modas. Cambiaban los teléfonos.
Cambiaban las aplicaciones.
Pero la vergüenza permanecía intacta.
Aquella mañana Barcelona amaneció cubierta por una luz dorada que parecía diseñada por algún director de fotografía obsesionado con los detalles, mientras Alicia permanecía sentada en la terraza de una cafetería cercana a la plaza del Sol intentando convencerse de que era una mujer adulta, madura y emocionalmente equilibrada.
No estaba funcionando. Llevaba exactamente cuarenta y siete minutos sin escribir a Hugo.
Cuarenta y siete.
Lo sabía porque había mirado el reloj demasiadas veces.
Claudia decía que aquello era una enfermedad.
Probablemente tenía razón.
El teléfono descansaba boca abajo sobre la mesa.
Silencioso. Inofensivo.
Y, sin embargo, parecía irradiar una energía oscura capaz de atraer toda su atención.
Era absurdo.
Había escrito artículos sobre política internacional con menos concentración de la que estaba dedicando a ignorar un simple dispositivo electrónico.
Pidió otro café.
Después otro. Y finalmente aceptó que el problema no era Hugo.
El problema era ella.
Porque Hugo ya había demostrado quién era.
Lo había demostrado desapareciendo.
Lo había demostrado reapareciendo.
Lo había demostrado escribiendo exactamente el tipo de mensaje ambiguo que llevaba veinte años recibiendo.
La verdadera pregunta era otra. ¿Por qué seguía deseando responder?
Aquella cuestión resultaba mucho más incómoda.
Mucho más peligrosa.
Y muchísimo más interesante.
Su teléfono vibró.
Alicia lo cogió inmediatamente.
Después se sintió ridícula.
Era Claudia. Otra vez.
—¿Lo has hecho?
—¿El qué?
—No te hagas la inocente.
—No sé de qué hablas.
—¿Le has escrito?
—No.
—¿Seguro?
—Sí. —¿Completamente segura?
—Sí.
—¿Quieres jurarlo?
Alicia permaneció unos segundos en silencio.
—No.
—Lo sabía.
—Solo he abierto la conversación.
—¿Cuántas veces?
—No quiero responder a esa pregunta. —¿Más de diez?
—Quizá.
—Dios mío.
—Estoy trabajando en ello.
—No. Estás observando un chat como si fuera una reliquia arqueológica.
Alicia terminó la llamada entre risas.
Pero cuando colgó volvió a quedarse sola.
Y el silencio regresó. Siempre regresaba.
Aquello era lo peor de las rupturas modernas.
No la ausencia.
No la tristeza.
No siquiera el rechazo.
Lo peor era la expectativa.
La espera.
La sensación constante de que algo podía ocurrir en cualquier momento.
Un mensaje.
Una llamada.
Un emoji.
Una explicación.
Una mentira.
Cualquier cosa.
Durante años había confundido esa ansiedad con amor.
Ahora empezaba a sospechar que no tenían absolutamente nada que ver.
Cuando llegó a la redacción encontró a Silvia revisando pruebas de imprenta.
Su directora levantó la vista.
—Tienes cara de estar pensando en un hombre.
—Qué comentario tan ofensivo.
—Entonces estoy en lo cierto.
—Por desgracia.
—¿El fantasma?
—El fantasma. Silvia suspiró.
—¿Todavía?
—Todavía.
—Alicia.
—¿Qué?
—Voy a darte el mejor consejo sentimental que he aprendido en cincuenta años.
—Eso suena peligroso.
—Si alguien quiere estar contigo, estar contigo le resulta muy fácil.
Alicia guardó silencio.
—Ya está.
—¿Ya está?
—Sí.
—Esperaba algo más complejo.
—Las verdades importantes suelen ser muy simples.
Aquella frase permaneció con ella durante todo el día.
Mientras trabajaba. Mientras almorzaba.
Mientras respondía correos.
Mientras escribía una nueva entrega de la columna.
Porque cuanto más pensaba en ello, más sentido tenía.
Había pasado demasiados años interpretando señales.
Descifrando silencios.
Analizando mensajes. Construyendo teorías.
Inventando explicaciones.
Y quizá ninguna de aquellas cosas era necesaria.
Quizá la realidad era mucho más sencilla.
Quizá quien quería quedarse se quedaba.
Y quien no quería hacerlo encontraba cualquier excusa.
Aquella noche, de regreso a casa, se permitió una pequeña ceremonia.
Una ceremonia absurda. Ridícula.
Pero necesaria.
Abrió el chat de Hugo.
Leyó los mensajes antiguos.
Las bromas.
Los planes.
Las promesas.
Las conversaciones nocturnas.
Las palabras bonitas. Todo aquello que en otro momento había parecido importante.
Después respiró profundamente.
Y eliminó la conversación.
No porque hubiera dejado de gustarle.
No porque hubiera dejado de doler.
No porque se sintiera fuerte.
Sino porque estaba cansada.
Cansada de esperar. Cansada de interpretar.
Cansada de perseguir.
Cansada de otorgar importancia a personas que parecían incapaces de otorgársela a ella.
El corazón no se rompió.
El universo no se detuvo.
No cayó ningún rayo sobre Barcelona.
Simplemente desapareció una conversación.
Y, sin embargo, aquella pequeña acción tuvo algo de revolucionario.
Porque durante años Alicia había confundido amor con permanencia.
Había creído que rendirse equivalía a fracasar.
Había pensado que soltar significaba perder.
Ahora comenzaba a comprender algo distinto.
A veces soltar era ganar.
A veces alejarse era avanzar.
A veces cerrar una puerta era la única manera de abrir otra.
Cuando llegó a su piso en Gràcia, la ciudad estaba envuelta en la tranquilidad azulada de las noches de primavera.
Las luces brillaban detrás de los balcones.
Los vecinos cenaban.
Las parejas se besaban.
Los gatos recorrían los tejados como dueños legítimos del mundo.
Y Alicia, mientras observaba aquel paisaje desde su ventana, descubrió algo inesperado.
No se sentía triste. Tampoco feliz.
Todavía no.
Pero sí ligera.
Como si acabara de dejar atrás una maleta que llevaba demasiado tiempo arrastrando.
Y mientras apagaba la luz recordó una frase que había leído años atrás.
Las personas correctas nunca exigen persecuciones.
Simplemente caminan a tu lado. Aquella noche durmió mejor que en mucho tiempo.
Y por primera vez desde la desaparición de Hugo, no soñó con él.
Soñó consigo misma.
Y aquello, aunque todavía no lo sabía, era el principio de algo mucho más importante.