Alicia en el país de los gilipollas CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

GHOSTING CON VISTAS A LA SAGRADA FAMILIA

"Torn" - Natalie Imbruglia

"Nothing's fine, I'm torn... I'm all out of faith, this is how I feel..."

Alicia Ferrer estaba convencida de que el ser humano había alcanzado su punto máximo de cobardía evolutiva el día en que alguien descubrió que podía terminar una relación simplemente desapareciendo, porque hasta entonces las rupturas, por dolorosas que fueran, exigían al menos una conversación incómoda, una llamada telefónica, una carta, una explicación absurda o cualquier otra forma de contacto humano mínimamente civilizada, mientras que el ghosting había conseguido convertir la desaparición en un arte, la inmadurez en una estrategia y la falta de responsabilidad emocional en una tendencia social aceptada por demasiada gente.

Aquella conclusión llegó una tarde lluviosa de noviembre, sentada frente a la inmensa silueta de la Sagrada Familia, mientras intentaba escribir una entrevista para la revista y, al mismo tiempo, evitar la tentación de mirar el teléfono cada treinta segundos.

No lo consiguió.

Nadie lo conseguía.

Llevaba exactamente ocho días sin noticias de Hugo.

Ocho.

No siete.

No nueve.

Ocho. Una cifra ridícula para cualquier persona adulta y, sin embargo, una cifra capaz de ocupar cada rincón de su cerebro como si se tratara de una emergencia nacional.

Lo peor no era la ausencia.

Lo peor era la contradicción.

Dos semanas antes Hugo parecía encantado con ella.

Tres semanas antes le había dicho que adoraba su sentido del humor.

Un mes antes había recorrido media ciudad para llevarle una caja de pasteles porque Alicia había mencionado de pasada que le gustaban.

Y ahora parecía haber sido secuestrado por una organización criminal especializada en hombres emocionalmente inmaduros.

Alicia observó el móvil.

Nada.

Volvió a escribir.

Nada.

Tomó café. Nada.

Miró por la ventana.

Nada.

Aquello empezaba a resultar ofensivo.

La cafetería estaba llena de turistas, estudiantes, trabajadores remotos y parejas que parecían extrañamente felices para ser reales, mientras la lluvia descendía sobre Barcelona transformando la ciudad en una acuarela gris donde las luces amarillas brillaban como pequeños refugios suspendidos en mitad de la tarde.

El teléfono vibró. Su corazón dio un salto.

Lo cogió inmediatamente.

Era Claudia.

—¿Ha aparecido?

—No.

—¿Sigue desaparecido?

—Sí.

—Entonces sigue muerto.

—No está muerto. —¿Cómo lo sabes?

—Porque ha subido una historia a Instagram.

—Ah.

—Exacto.

—Entonces no está muerto.

—Gracias por la aclaración médica.

—Para eso estoy.

Alicia suspiró.

—No entiendo nada. —Claro que lo entiendes.

—No.

—Sí.

—No.

—Alicia.

—¿Qué?

—Te está haciendo ghosting.

Aquella palabra cayó sobre la mesa con la elegancia de una piedra.

Ghosting.

La versión moderna del abandono.

La desaparición convertida en método.

El silencio transformado en mensaje.

Durante varios segundos Alicia permaneció observando la lluvia.

Después respondió.

—Quizá está ocupado.

—No. —Quizá tiene problemas.

—No.

—Quizá...

—No.

—Ni siquiera me has dejado terminar.

—Porque ya conozco el final.

—Eres insoportable.

—Y tú sigues justificando a hombres que no te llaman.

Alicia terminó la conversación poco después.

No porque Claudia estuviera equivocada.

Precisamente porque probablemente tenía razón.

Aquella era una de las partes más desagradables de la amistad verdadera.

Las amigas auténticas no siempre te dicen lo que quieres escuchar.

Te dicen lo que llevas semanas evitando reconocer.

Durante el trayecto de vuelta a casa recordó cómo había conocido a Hugo.

Había sido en una presentación literaria.

Él era arquitecto.

Alto.

Divertido.

Inteligente.

Con una sonrisa capaz de convencer a cualquiera de que el mundo era un lugar razonablemente habitable.

Habían hablado durante horas.

Después durante días.

Después durante semanas.

Todo parecía avanzar con naturalidad.

Sin juegos.

Sin dramas.

Sin complicaciones.

Y precisamente por eso había bajado la guardia.

Qué error. Porque la vida sentimental de Alicia poseía una capacidad extraordinaria para convertir la esperanza en material de demolición.

Aquella noche abrió el portátil.

Intentó trabajar.

No pudo.

Abrió un documento nuevo.

Y comenzó a escribir.

"Exposición temporal.

Sala número siete. El Fantasma.

Especie particularmente abundante en ecosistemas urbanos.

Se caracteriza por generar una falsa sensación de estabilidad antes de desaparecer sin previo aviso.

Puede permanecer activo en redes sociales durante todo el proceso.

No debe confundirse con personas realmente ocupadas.

El Fantasma siempre encuentra tiempo para publicar historias."

Alicia sonrió.

Continuó escribiendo.

Por primera vez desde que Hugo había desaparecido, la situación empezó a parecerle ligeramente ridícula.

Y cuando una situación comienza a resultar ridícula, pierde parte de su poder.

Quizá por eso siguió escribiendo durante horas.

Transformando frustración en humor.

Transformando rabia en palabras. Transformando decepción en material narrativo.

Al día siguiente la nueva columna apareció publicada.

La respuesta fue inmediata.

Miles de lecturas.

Cientos de comentarios.

Decenas de correos.

Y una conclusión casi unánime.

Todo el mundo conocía a un fantasma. Algunas lectoras conocían varios.

Otras parecían especializadas en coleccionarlos.

Aquello resultaba tan triste como divertido.

Esa misma tarde, cuando salía de la redacción, el teléfono volvió a vibrar.

Un mensaje.

De Hugo.

Después de nueve días.

Nueve. Como si nada hubiera ocurrido.

Como si el tiempo no existiera.

Como si la desaparición hubiera sido una ilusión colectiva.

"Perdona. He estado muy liado. ¿Cómo estás?"

Alicia permaneció inmóvil en mitad de la acera.

Leyó el mensaje una vez.

Después otra.

Y una tercera. Durante meses aquella situación le habría provocado ansiedad.

Durante años le habría hecho responder inmediatamente.

Pero algo estaba cambiando.

Algo pequeño.

Algo todavía frágil.

Algo que apenas comenzaba a crecer dentro de ella.

Amor propio. No mucho.

No suficiente.

Pero más que antes.

Guardó el teléfono.

Sin responder.

Y siguió caminando.

La tarde comenzaba a caer sobre Barcelona.

La Sagrada Familia se alzaba a lo lejos entre las últimas luces del día.

La ciudad continuaba moviéndose.

Los coches avanzaban.

Las terrazas se llenaban.

La gente se enamoraba.

La gente rompía.

La gente desaparecía.

La gente regresaba.

Y por primera vez Alicia comprendió que no todas las personas que vuelven merecen encontrar la puerta abierta.

Porque algunas ausencias dicen mucho más que cualquier explicación.

Y algunos silencios son, en realidad, respuestas perfectamente completas.