Alicia en el país de los gilipollas CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

EL MUSEO DE LAS BANDERAS ROJAS

"I Will Survive" - Gloria Gaynor

"Oh no, not I, I will survive... As long as I know how to love, I know I'll stay alive..."

La primera vez que Alicia Ferrer comprendió que estaba enamorada de un imbécil tenía veintidós años, estudiaba periodismo, fumaba demasiado, dormía poco y todavía creía que los hombres complicados escondían profundidades fascinantes cuando, en realidad, la mayoría de las veces solo escondían inmadurez, egoísmo o una alarmante incapacidad para comunicarse como adultos funcionales.

Aquella revelación no llegó de golpe.

Las grandes catástrofes sentimentales rara vez lo hacen.

Se anuncian despacio.

Como las tormentas.

Como las humedades. Como las grietas en una pared.

Primero aparece una pequeña señal.

Luego otra.

Después una tercera.

Y cuando finalmente el techo se desploma sobre tu cabeza descubres que llevaba meses avisando.

Aquella mañana de sábado, mientras caminaba por el mercado de la Llibertat con una bolsa de tela colgada del hombro y unas gafas de sol que ocultaban una resaca considerable, Alicia seguía pensando en los cientos de correos que habían llegado a la revista desde la publicación de la primera columna.

No habían dejado de llegar.

Cada pocas horas aparecían nuevos mensajes.

Nuevas historias.

Nuevas confesiones.

Nuevas pruebas de que el País de los Gilipollas tenía una población infinitamente más extensa de lo que nadie había imaginado.

Su teléfono vibró. Era Claudia.

—¿Sigues viva?

—Depende de la definición.

—Perfecto. Quedamos en media hora.

—Eso no era una pregunta.

—Claro que no.

Alicia sonrió.

Claudia poseía la extraordinaria capacidad de organizar la vida de los demás mientras mantenía la suya en un estado de caos permanente.

Media hora después estaban sentadas en una terraza de Gràcia observando a la humanidad pasar frente a ellas.

Niños.

Perros.

Turistas.

Jubilados.

Ciclistas suicidas. Parejas.

Exparejas.

Y probablemente futuros exnovios caminando hacia su inevitable destino sentimental.

Claudia dejó una carpeta sobre la mesa.

Alicia la miró.

—¿Qué demonios es eso?

—Investigación.

—Cada vez que dices esa palabra ocurre algo malo.

—Abre.

Alicia abrió la carpeta.

Durante varios segundos permaneció en silencio.

Después soltó una carcajada.

—No.

—Sí.

—No has hecho esto.

—Claro que lo he hecho. Dentro aparecían fotografías.

Capturas de pantalla.

Mensajes.

Notas adhesivas.

Esquemas.

Diagramas.

Clasificaciones.

Y un enorme título escrito con rotulador rojo.

MUSEO DE LAS BANDERAS ROJAS. —Estás enferma.

—Estoy comprometida con la ciencia.

—Necesitas ayuda profesional.

—Probablemente.

Alicia siguió pasando páginas.

Cada una contenía una categoría distinta.

La primera decía:

SALA 1.

EL HOMbrE QUE NO ESTÁ PREPARADO PARA UNA RELACIÓN.

—Este es un clásico.

—Es patrimonio cultural europeo.

—Nunca falla.

—Jamás.

Debajo aparecía una descripción.

"Afirma que no puede comprometerse debido a circunstancias personales extraordinariamente complejas. Dos meses después aparece comprometido."

Alicia volvió a reír. La siguiente sala era todavía mejor.

SALA 2.

EL ARTISTA INCOMPRENDIDO.

—¿Te acuerdas de Óscar?

—Por desgracia.

—Pues inauguró esta sección.

Óscar.

Solo escuchar aquel nombre provocaba cansancio.

Había sido fotógrafo. Poeta.

Músico.

Actor.

Guionista.

Pintor.

Y desempleado profesional.

Todo al mismo tiempo.

Durante casi un año había convertido cada conversación cotidiana en una reflexión existencial sobre el sufrimiento humano. —Me decía que necesitaba libertad creativa.

—¿Y qué significaba eso?

—Que yo pagaba las cenas.

Claudia escupió el café de la risa.

—Lo siento.

—No, si ahora hace gracia.

—¿Ahora?

—En aquel momento pensaba que estaba apoyando un proceso artístico.

—Y estabas financiando a un vago.

—Exactamente.

Ambas volvieron a reír.

La mañana avanzó entre historias.

Entre recuerdos.

Entre anécdotas.

Y cuanto más hablaban, más evidente resultaba que todas aquellas señales habían estado presentes desde el principio.

No habían aparecido al final. No habían surgido de repente.

Siempre habían estado allí.

Simplemente Alicia había decidido ignorarlas.

Porque cuando una persona se enamora desarrolla una capacidad extraordinaria para justificar comportamientos absurdos.

Si un hombre tarda tres días en responder, está ocupado.

Si desaparece durante semanas, atraviesa un momento complicado.

Si evita cualquier conversación importante, tiene miedo.

Si miente, está confundido.

Si desaparece con otra mujer, está intentando encontrarse a sí mismo.

La lógica sentimental era fascinante.

Y completamente inútil.

Cuando regresó a casa aquella tarde, encontró más correos esperándola.

Decenas. Cientos.

Mujeres contando historias que parecían imposibles y, sin embargo, resultaban inquietantemente familiares.

Una hablaba de un hombre que llevaba cinco años divorciándose.

Otra describía a un novio que desaparecía cada vez que surgía cualquier problema emocional.

Otra contaba que había descubierto una segunda familia completa.

Alicia leyó durante horas. Y poco a poco algo empezó a cambiar dentro de ella.

Porque aquellas historias no solo hablaban de decepciones.

Hablaban de patrones.

De conductas repetidas.

De heridas compartidas.

Y también hablaban de algo más incómodo.

Responsabilidad.

No la responsabilidad de los hombres. Esa era evidente.

Sino la responsabilidad de quienes decidían quedarse.

De quienes daban oportunidades infinitas.

De quienes confundían potencial con realidad.

De quienes seguían apostando por personas que jamás habían demostrado merecerlo.

Aquella reflexión la acompañó hasta la noche.

La acompañó durante la cena.

La acompañó mientras se duchaba. Y seguía acompañándola cuando, ya acostada, escuchó vibrar el teléfono sobre la mesita.

Un mensaje.

David.

Otra vez.

Alicia observó la pantalla iluminada en la oscuridad.

Durante meses aquel nombre había tenido el poder de alterar su respiración.

De acelerar su corazón. De arruinarle el día.

Ahora solo producía cansancio.

Abrió el mensaje.

"Estaba pensando en ti."

Permaneció varios segundos observándolo.

Después sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Tranquila.

Casi divertida. Y por primera vez no sintió necesidad de responder.

Porque mientras contemplaba aquellas palabras comprendió algo que llevaba demasiado tiempo ignorando.

David nunca había cambiado.

Los demás tampoco.

Los únicos cambios reales siempre habían dependido de ella.

Apagó el teléfono.

Lo dejó sobre la mesita. Y antes de cerrar los ojos imaginó aquel enorme museo absurdo construido con todos los errores sentimentales de su vida.

Un museo lleno de señales ignoradas.

De excusas aceptadas.

De promesas incumplidas.

De advertencias evidentes.

Un museo que durante años había recorrido con los ojos cerrados.

Pero ya no. Porque por fin empezaba a aprender algo fundamental.

Las banderas rojas no aparecen para ser interpretadas.

Aparecen para ser vistas.

Y cuando una bandera es roja, muy roja y extraordinariamente roja, quizá la respuesta no sea buscar explicaciones.

Quizá la respuesta sea salir corriendo.