Alicia en el país de los gilipollas CAPÍTULO 1
10%
Alicia en el país de los gilipollas

Alicia en el país de los gilipollas

Por Vanessa Montanes

© inepub.com

CAPÍTULO 1

BIENVENIDA AL PAÍS DE LOS GILIPOLLAS

"Girls Just Want to Have Fun" - Cyndi Lauper

"I wanna be the one to walk in the sun. Oh girls, they wanna have fun..."

Alicia Ferrer cumplió cuarenta años un miércoles de abril mientras sostenía una taza de café recién hecho frente a la ventana de su piso de Gràcia y observaba cómo Barcelona despertaba con la misma elegancia caótica con la que lo hacía cada mañana, ajena por completo al hecho trascendental de que una de sus habitantes acababa de alcanzar esa edad en la que la sociedad espera que las mujeres posean todas las respuestas, una estabilidad emocional impecable, un fondo de inversión razonable y la capacidad de doblar sábanas ajustables sin experimentar impulsos violentos.

Alicia no cumplía ninguno de aquellos requisitos.

Tenía un trabajo que le gustaba.

Una colección considerable de zapatos que no necesitaba.

Una cafetera italiana que amaba más de lo socialmente aceptable.

Y un historial sentimental tan desastroso que podría haber servido como material de estudio para varias generaciones de terapeutas.

Se apoyó en el alféizar de la ventana mientras sorbía el café lentamente.

En la calle, una pareja discutía delante de una farmacia.

Una mujer paseaba tres perros diminutos que parecían arrastrarla hacia el desastre.

Un repartidor maldecía porque alguien había aparcado ocupando media acera.

Un anciano barría la entrada de un edificio con una dedicación casi religiosa.

La vida seguía avanzando con absoluta indiferencia hacia el cumpleaños de Alicia Ferrer.

Y quizá aquello era lo más desconcertante de hacerse mayor.

El descubrimiento de que el mundo no se detenía para concederte claridad.

No aparecía ningún sabio dispuesto a explicarte el sentido de la existencia.

No recibías un diploma acreditando que por fin habías aprendido a amar correctamente.

Simplemente seguías adelante.

Con más arrugas.

Más experiencias.

Y una tolerancia considerablemente menor hacia las tonterías.

El teléfono vibró sobre la encimera.

Un mensaje. Después otro.

Y otro más.

Felicitaciones.

Audios.

Emojis.

Fotografías antiguas.

Mensajes cariñosos de amigas que llevaban décadas acompañándola.

Alicia sonrió mientras respondía algunos. Y entonces apareció el nombre que consiguió arruinarle el humor con la eficacia de un apagón general.

**David.**

Abrió el mensaje.

"Feliz cumpleaños, Ali. Espero que estés bien."

Permaneció inmóvil. Volvió a leerlo.

Después una tercera vez.

Y finalmente soltó una carcajada amarga. Porque existía una categoría muy concreta de hombres que reaparecían exactamente cuando una empezaba a reconstruirse, hombres que parecían disponer de un radar emocional extraordinariamente preciso para detectar cualquier atisbo de estabilidad femenina.

David pertenecía a esa categoría.

Habían roto hacía cinco meses.

Una ruptura larga.

Agotadora.

Repleta de conversaciones circulares que empezaban hablando sobre necesidades afectivas y terminaban analizando el miedo al compromiso desde una perspectiva pseudoexistencial que habría resultado fascinante si no hubiera sido tan profundamente inútil.

David decía cosas como:

—Necesito tiempo.

—Estoy confundido.

—Te quiero, pero...

—No sé si puedo darte lo que necesitas.

Y mientras pronunciaba aquellas frases había comenzado discretamente una relación con una instructora de yoga doce años más joven que parecía alimentarse exclusivamente de zumos verdes y paz interior.

Alicia dejó el teléfono sobre la encimera.

Después volvió a cogerlo.

Leyó otra vez el mensaje.

Y finalmente decidió hacer lo que cualquier mujer emocionalmente equilibrada habría hecho en su lugar.

Llamó a Claudia.

—Dime que estás muerta. —Feliz cumpleaños para ti también.

—¿Qué ha pasado?

—David me ha escrito.

Hubo un breve silencio.

—¿Está enfermo?

—No lo sé.

—¿Ha sufrido un traumatismo craneal? —Que yo sepa, no.

—Entonces ignóralo. —No puedo.

—Claro que puedes.

—No.

—Alicia.

—¿Qué?

—El hombre está saliendo con otra persona.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué demonios quiere?

—No lo sé. —Pues hasta que lo descubras no le respondas.

—No soy capaz.

—¿Quieres que vaya a tu casa?

—¿Con croissants?

—Por supuesto.

—Entonces sí.

Media hora después, Claudia apareció cargada con una bolsa de bollería, una botella de cava y esa expresión de mujer que había asistido demasiadas veces al mismo desastre sentimental como para seguir sorprendida.

Entró en la cocina.

Observó a Alicia.

Miró el café.

Después el teléfono.

Y finalmente declaró:

—Tienes la misma cara que ponen las protagonistas de los documentales antes de tomar decisiones terribles.

—Muchas gracias por tu apoyo emocional.

—Para eso están las amigas. Se sentaron frente a frente.

Hablaron.

Desayunaron.

Se rieron.

Y poco a poco la conversación derivó inevitablemente hacia el pasado.

Hacia los hombres.

Hacia las relaciones.

Hacia los errores. —A ver —dijo Claudia—. Hagamos un ejercicio.

—Eso nunca termina bien.

—Confía en mí.

—Esa frase ha arruinado muchas vidas. Claudia abrió una libreta.

Cogió un bolígrafo.

Y escribió un título enorme en la primera página.

EL PAÍS DE LOS GILIPOLLAS Alicia empezó a reírse inmediatamente.

—No.

—Sí.

—No pienso participar en esto.

—Participarás.

Debajo del título, Claudia trazó una línea.

Después escribió:

1. El Fantasma.

—El que desaparece. Hugo. 2. El Artista Incomprendido.

—Óscar.

3. El Narciso.

—Mario.

4. El Confundido Crónico.

—David.

…

Alicia contempló la lista.

Después levantó la vista. —Creo que necesito terapia.

—Creo que necesitas mejores criterios de selección.

Durante varios segundos permanecieron en silencio.

Y entonces ocurrió.

Una carcajada.

Primero pequeña.

Después más fuerte.

Después incontenible. Lágrimas.

Risas.

Recuerdos absurdos.

Historias imposibles.

Porque de repente todo aquello que durante años había resultado doloroso empezaba a parecer ligeramente ridículo.

Y quizá ese era el primer paso hacia la recuperación.

No olvidar.

No justificar. No romantizar.

Simplemente cambiar la perspectiva.

Cuando Claudia se marchó, la libreta permaneció abierta sobre la mesa de la cocina. Alicia volvió a leer el título.

**EL PAÍS DE LOS GILIPOLLAS**

La ciudad continuaba respirando al otro lado de la ventana.

Las campanas de una iglesia cercana marcaron la hora.

Alguien reía en la calle. Una motocicleta pasó demasiado deprisa.

Y Alicia comprendió que quizá aquel cumpleaños no sería recordado por la cifra.

Ni por el cava.

Ni por el mensaje de David.

Quizá sería recordado porque había sucedido algo mucho más importante.

Había empezado a mirar sus propias historias desde otro lugar.

Con humor. Con distancia.

Con ternura hacia la mujer que había sido.

Sin vergüenza.

Porque quizá enamorarse de las personas equivocadas no era una prueba de estupidez.

Quizá simplemente demostraba que había seguido creyendo.

Y seguir creyendo, incluso después de las decepciones, exigía una valentía considerable.

Alicia cerró la libreta.

Terminó el café. Y antes de comenzar el día sonrió ante una posibilidad completamente nueva.

Tal vez había llegado el momento de abandonar definitivamente el País de los Gilipollas.

O al menos de dejar de solicitar la residencia permanente.